Debería estar feliz porque al fin estoy viviendo con mi novio y sin embargo estoy destrozada. Antes de mudarme con él, llamémosle Jorge, seguía viviendo con mis padres mientras trabajaba para ahorrar más dinero.
Bueno, con mis padres y con Cúrcuma, mi gatito. Lo adopté hace un par de años cuando una amiga se lo encontró en la calle. Al principio mis padres eran muy reticentes a tener una mascota ya que no les apasionan los animales, pero les convencí diciendo que sería mi responsabilidad por completo. Mi idea siempre ha sido llevarme a Cúrcuma cuando me independizara, porque por mucho que comparta casa con mis padres, es mi gato, no el suyo. Ellos lo toleran y conviven, pero no tienen el amor y el cuidado que yo le dedico.
Yo no tenía planeado mudarme, y menos sin mi gato, así que la situación en la que me encuentro me pilló de sopetón. Este año pasado conocí a Jorge, un chico maravilloso del que me enamoré enseguida. Éramos amigos de amigos y nos presentaron, lo típico, y la chispita inicial se convirtió en toda una llama en cuanto empezamos a quedar a solas. Tanto fue así, que a los meses de salir empezamos a mirar pisos para mudarnos juntos.
Jorge había estado en mi casa alguna que otra vez y adora a Cúrcuma. Es cierto que siempre que pasábamos la tarde en mi cuarto luego tenía una retahíla de estornudos alérgicos, pero nunca le habíamos dado mucha importancia porque tampoco veníamos a casa a menudo. No nos planteamos que este pudiera ser un problema de cara a vivir juntos, Jorge me decía que se tomaría pastillas para la alergia y punto pelota. El problema está en que él nunca había convivido con una mascota y no sabía hasta qué punto eso podía disparar su alergia.
Hace un mes que nos mudamos a nuestro pisito y en seguida nos dimos cuenta de la magnitud de la situación. Al par de días lo que eran unos cuantos estornudos comenzaron a convertirse en los ojos rojísimos, mucho moqueo y un malestar terrible por parte de mi novio, incluso tomándose pastillas, aspirando la habitación y no dejando que Cúrcuma se subiera a la cama. A las dos semanas Jorge me dijo que no podía más y que o se iba el gato o se tendría que ir él.
Esa noche me pegué un berrinche de campeonato. No podía soportar la idea de vivir sin Cúrcuma, pero ya habíamos pagado tres meses por adelantado del alquiler, teníamos el contrato firmado y toda la idea de vivir juntos en la cabeza. Jorge se fue un par de noches a dormir a casa de sus padres para darme tiempo para pensar y finalmente pedí a mis padres que se quedaran con Cúrcuma. A ellos no les hizo especial ilusión porque no les gustan los animales, pero como vieron mi disgusto y están acostumbrados al gato, accedieron a llevárselo.
Lloro todos los días desde entonces. Echo muchísimo de menos a Cúrcuma, y aunque mi novio me intente consolar, me parte el alma haber tenido que escoger entre él y mi gato y no sé si he hecho lo correcto. Cada vez que voy a casa de mis padres quiero quedarme allí con ellos y se me hace un mundo volver al piso. No sé muy bien si mi relación con Jorge realmente merecerá más la pena que vivir con Cúrcuma, supongo que el tiempo me lo dirá.
