Jugando con la ley. Cap. 4: Control de alcoholemia y el salto del tigre.

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  • Ilenia
    Ilenia on #227157

    Prólogo: https://weloversize.com/topic/jugando-con-la-ley/
    Capítulo 1: https://weloversize.com/topic/jugando-con-la-ley-2/
    Capítulo 2: https://weloversize.com/topic/jugando-con-la-ley-cap-2-una-no-oferta-y-una-fantasia/
    Capítulo 3: https://weloversize.com/topic/jugando-con-la-ley-cap-3-un-sirope-y-escalofrios/
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    Capítulo 4:Control de alcoholemia y el salto del tigre.

    Al llegar a la casa de Tania, me bajé del coche con ella. Le pedí que me diera un buen vaso de agua muy fría, quería despejarme lo máximo posible, pues sabía que el tramo que me quedaba hasta la casa solía estar controlado por policías realizando controles de alcoholemia. Ya había pasado bastante tiempo desde que dejamos de beber y me encontraba perfectamente, pero toda precaución ante un posible control de alcoholemia era poca.
    Me despedí de mi amiga y reanudé la marcha, quería llegar cuanto antes a la casa, comenzaba a tener sueño, algo normal teniendo en cuanta que eran casi las cinco de la madrugada.

    A lo lejos vi las luces de un coche de policía, por la fluidez del tráfico estaba segura que no se trataba de un accidente, si no de un control de alcoholemia. Me puse demasiado tensa, abrí los ojos, me puse seria y agarré el volante con ambas manos firmemente.
    Pero fue inútil, el uniformado con la luz comenzó a hacerme señas para que detuviera el coche. Mi mala suerte siempre estaba al acecho.
    –Carnet de conducir señorita–me quedé totalmente blanca. Era él, el hombre con el que había estado fantaseando en la playa.
    Quizás esa noche no era mi mala suerte quien me acechaba. A la cuarta vez que me pidió el carnet de conducir conseguí reaccionar y acto seguido me sonrojé, me había quedado embobada como la buena estúpida que era.
    Rebusqué por todo el coche, pero mi carnet no estaba. Eso era lo que me faltaba, darle motivos a ese tipo para que me sacara los cuartos con la multa que estaba segura, fuera por lo que fuera conseguiría ponerme.
    Finalmente recordé que siempre llevaba el carnet en la cartera, no sabía porque había registrado el coche, nunca lo había llevado ahí.
    Finalmente, se lo entregué y él comenzó a mirarlo de arriba abajo.
    –Alejandra. Bonito nombre–un escalofrió me recorrió la espalda. Su voz tenía un efecto especial en mí. –Dime Alejandra, ¿Te has metido en muchos problemas desde la última vez? –sonaba irónico. Tenía un mal presentimiento, pero controlaría mi carácter, debía hacerlo o quizás ese cretino fuera capaz de inmovilizarme el coche.
    –No agente, me porto bien–dije intentado esbozar una bonita sonrisa, pero creo que se quedó en un simple intento.
    –Cuanto lo dudo–dijo más irónico aún si es que se podía. ¿Qué le pasaba a ese tipo? ¿Dentro de los deberes de policía estaba el de ser imbécil? ¿O era así de fábrica?
    –Voy a hacerle una prueba de alcoholemia. Saque la boquilla, colóquela y sople hasta que yo le diga–
    –Sí, ya sé cómo se hace–cogí la bolsita que me ofrecía de mal humor.
    –Me extrañaría que no fuera así–alcé la vista para replicarle, pero me quedé muda cuando vi la media sonrisa con la que me miraba. Me puse tan nerviosa que la boquilla se me cayó al suelo y tuvo que ir en busca de otra. Para mi gran suerte la prueba de alcoholemia dio negativa, aunque según él, por muy poco, por lo que decidió hacerme otra prueba, pero para ello debíamos esperar diez minutos.
    –Está decidido a ponerme una multa–le miré desafiante.
    –Solo cumplo con mi deber, Alejandra–de nuevo mi cuerpo tembló de pies a cabeza. Era como si su voz enviara descargas directas a mi cerebro dejándome bloqueada.

    Mi cuerpo deseaba relajarse, los parpados comenzaban a pesar, pero hacía todo lo posible porque no se diera cuenta, si mostraba síntomas de somnolencia lo creía capaz de hacerme un control de estupefacientes.
    Mientras yo esperaba dentro de mi coche a que pasaron los diez minutos más largos de mi vida, él se dirigió hacía el coche policía que estaba aparcado unos metros más adelante. Observé como hablaba por la radio del coche policial, pero la distancia no me permitía escuchar la conversación.
    Sin darme cuenta estuve a punto de encender el contacto del coche para poner la radio, por suerte en el último momento me di cuenta de lo que estaba a punto de hacer y frené en seco. Lo último que quería era que pensara que me iba a dar a la fuga.

    Me quedé absorta observando la carretera. No pasaban coches, estaba completamente desierta. Al fondo se escuchaba la música de un bar que en realidad era un antro donde trabajaban chicas de compañía. La fachada del bar engañaba, pero nada más abrir la puerta había carteles colgados de chicas desnudas, a eso había que añadirle que te recibían en ropa interior que parecía más bien hilo dental.
    Lo sabía porque en una ocasión unos amigos y yo entramos por curiosidad, tardamos décimas de segundo en darnos cuenta donde nos habíamos metido, menos tiempo tardamos en salir de allí, aunque algún que otro chico quiso quedarse.
    Miré el reloj, ya habían pasado diez minutos y ese policía no se dignaba a volver para hacerme de nuevo la estúpida prueba. Bajé la ventanilla para llamarlo, hubiese salido del coche, pero desde el principio me advirtió que no lo hiciera.
    Seguía allí plantado al lado del coche hablando por la radio, no gritaba, pero por las facciones de su cara podía entender que estaba discutiendo con la persona que estaba al otro lado de la radio muy acaloradamente.
    –¡Oiga! Es tarde, tengo sueño, sed, incluso un poco de hambre ¿Va a tenerme aquí todo lo que queda de noche? –Por fin lo vi caminando hacía mi coche con el aparato para la prueba. Resoplé y me enderecé.
    –No me grite. Estará aquí hasta que tenga que estar–se veía muy enfadado, tanto que no me atreví a replicar, aunque me hubiera encantado hacerlo, pero era un agente de policía, no era un cara a cara proporcional, yo tenía las de perder.
    Me dio la boquilla por la que debía de soplar de mala manera, sin decir nada. Además, daba golpecitos en el suelo con el pie derecho, mostrando su impaciencia, aquello solo ayudaba a que yo me pusiera más nerviosa, tanto se me volvió a caer al suelo. Él me atravesó con la mirada, y a mí sin saber muy bien por qué, me dieron ganas de echarme a reír.
    Fue en busca de otra boquilla. De nuevo a esperar.
    – ¡Alejandra! ¡Alejandra! –escuché gritar mi nombre. Me gritaba a la vez que corría hacía mí desesperado.
    – ¡Sal del coche!, ¡Sal ya! –por unos segundos mi cerebro se bloqueó. No entendía nada de lo que estaba pasando, pero a pesar de ello salí del coche lo más rápido que pude. Al volverme hacía él lo vi abalanzarse sobre mi cuerpo y unos segundos más tarde escuché un gran estruendo.
    No podía ver nada, habíamos caído al suelo y sentía uno de sus brazos tapándome la cabeza. Me tenía totalmente inmovilizada y asustada. Me dolía el cuerpo a causa de la fuerte caída sobre el asfalto.
    Me ofreció su mano y me ayudó a ponerme en pie con cuidado. La cabeza me daba vueltas y sentía algo correr por mi brazo derecho. Era sangre, al caer me había raspado el codo provocándome una herida considerable.
    – ¿Estás bien?
    –No la verdad ¿Qué ha pasado? –pregunté algo aturdida. Quise ir hacía mi coche para coger unos cuantos pañuelos con los que limpiarme la sangre de mi pobre codo, pero me quedé inmóvil nada más girarme. ¡La parte izquierda de mi coche no estaba!
    – ¡Mi coche! –grité con toda la fuerza que mis pulmones me permitieron. Ese había sido el gran golpe que había escuchado hasta de que él me derribó con su salto del tigre.
    A lo lejos había otro coche totalmente siniestrado, cerca de él había piezas del mío, puertas, tapicería, ruedas…
    El agente no estaba a mi lado, se encontraba informando de lo sucedido por la radio. Apenas acabó con esa labor se dirigió a la zona del accidente, supuse que, a comprobar el número de heridos y la gravedad de la situación, aunque a simple vista era bastante clara.

    Estaba totalmente inmóvil, si hubiese tardado un par de segundos más en bajar del coche o si no se me hubiera caído la boquilla al suelo, él no habría escuchado el aviso por radio de sus compañeros. Me daban escalofríos solo de pensarlo. Un par de lágrimas cayeron por mis mejillas. La muerte acababa de pasar por mi lado rozándome con delicadeza.
    Aquello se llenó enseguida de coches policiales y ambulancias.
    Sentí un escozor horrible en mi codo herido. El hombre que acababa de salvarme la vida había sacado un botiquín del coche policial y me estaba curando la herida. Volví a quejarme y aflojó la presión sobre mi codo magullado. Estaba segura de que eso dejaría cicatriz.
    –La grúa se llevará los restos de tu coche.
    – ¿Cómo está el conductor del otro vehículo? –Le interrumpí. Mi coche era lo que menos me importaba. Él me miró directamente a los ojos y no necesité palabras. Volvió la vista a mi herida y se limitó a seguir curándomela. Su silencio confirmó mis sospechas, esa pobre persona había muerto.

    Uno de sus compañeros le hizo señas para que fuera a su encuentro.
    Quise acercarme al coche siniestrado, pero alguien me agarró del brazo justo cuando estuve a punto de entrar en la zona aislada, intenté soltarme, pero no me lo permitió. Era un paramédico.
    –Vamos ven conmigo, ver esto no te hace bien, además tengo que curarte esa herida. Finalmente me realizó un fuerte vendaje y me aseguro que no era nada grave, pero debía mantener la herida limpia y no mojar el vendaje.
    Al salir de la parte trasera de la ambulancia, me encontré al agente que tenía la culpa de que yo estuviera involucrada en todo ese maldito asunto hablando con uno de sus compañeros. Me había salvado la vida, pero igualmente tenía la culpa de que yo estuviera allí.
    –Agente Ross ocúpate de la chica, aquí todo ha acabado–su compañero intentó marcharse rápido, como si supiera que el protestaría, y así lo hizo.
    –Pero Carlos tengo que ir a comisaría.
    –Daniel por favor, ha sido una noche horrible, no la compliques más.
    Con un gesto me indicó que le siguiera hacía su coche. No sabía en qué asiento subirme, ante la duda y debido a que no era un caso de detención, opté por el asiento delantero, debí acertar porque no me dijo absolutamente nada.

    De vez en cuando le miraba de reojo, parecía una estatua al volante, miraba fijamente la carretera sin expresión alguna en el rostro. Solo me había hablado para pedirme la dirección de mi casa, la tecleó en el GPS y comenzó a conducir.
    Dentro de una hora amanecería. Todo el sueño que mi cuerpo había tenido durante los minutos anteriores al accidente desapareció. Me sentía mal, triste, todo aquello había sido un duro viaje al pasado, un pasado al que odiaba regresar. Intentaba recomponerme de ello, pero mi mente no estaba preparada para ello, antes necesitaba descansar y analizar correctamente todo lo que había pasado.
    Me parecía increíble como las cosas podían torcerse en un abrir y cerrar de ojos. Yo, que volvía de una muy agradable noche de chicas, había acabado envuelta en un terrible accidente que había acabado con la vida de una persona.

    Él tenía la culpa de aquello. Me hubiera encantado gritárselo a la cara. Si me hubiese dejado marcharme en cuanto la prueba dio negativo quizás nada hubiera pasado, al menos no a mí.
    En realidad, no podía culparlo de lo que había pasado, ese conductor triplicaba la velocidad permitida en aquella curva tan cerrada, que perdiera el control del coche fue solo su culpa, si no se hubiese estrellado contra mi coche, lo habría hecho contra cualquier otra cosa.

    –Podrías darte un poco más de prisa.
    –No me tutees–dijo muy serio sin apartar la vista de la carretera. ¿Cómo podía ser tan arrogante? Ser policía no lo convertía en un ser superior. Si no me daba la gana hablarle de usted no lo haría.
    A pesar de todo, pareció comprender el error en su comportamiento, pues por el rabillo del ojo vi como serenaba la expresión de su cara y aceleraba. Se me escapó un largo suspiro de agotamiento.
    Un par de metros antes de llegar a la entrada de la casa, detuvo el coche. Dirigió su mirada hacía mí, no sabía cómo actuar, si bajarme del coche, mirarle o preguntarle qué diablos hacía.
    –Lo siento–dijo finalmente. –La prueba era válida. No hacía falta una segunda prueba, pero me apetecía molestarte. Por mi culpa podrías haber acabado muy mal esta noche–bajó la mirada. De verdad parecía arrepentido y dolido.
    Sabía que debía sentirme furiosa, llamarle de todo e incluso amenazarlo con quejarme a sus superiores para que le abrieran un expediente, pero no podía. Se veía tan mal, tuve un impulso de abrazarlo, pero no lo hice, no debía hacerlo. No debía tener esos sentimientos hacía alguien que se había comportado como un idiota conmigo.
    –Adiós–me limité a decir, intentado que mi voz no temblara. Tenía que salir de allí antes de que mis sentidos se nublaran más de lo que ya estaban y cometiera una locura. ¡Dios mío! Habría hechos tantas cosas.
    Hasta aquella noche no había tenido ese tipo de deseos hacía él, incluso había llegado a pensar que estaba consiguiendo sacármelo de la cabeza, a pesar de las fantasías, es decir, ¿Quién no fantasearía? Pero parecía ser que Daniel Ross quería poner mi vida patas arriba, con lo que me había costado volver a organizarla.

    Entré haciendo el menor ruido posible, sabía que debería explicarle todo lo sucedido a mi padre cuando preguntara por el coche o que me había pasado en el codo, pero mucho más tarde, en esos momentos solo deseaba dormir unas largas y tranquilas horas.

    Me desperté un poco mareada y aturdida, no estaba segura de sí todo lo que había sucedido la noche anterior había sido un sueño o la dura realidad. El vendaje en mi codo acabó con cualquier duda.
    Había llegado tan cansada que ni siquiera me había cambiado la ropa por el pijama, tampoco me había desmaquillado. Todo ello me convirtió en un horrible mapache.
    Después de una buena ducha y ponerme ropa cómoda me sentí bastante mejor. Tuve que cambiarme el vendaje de la herida que tenía buen aspecto. El paramédico no me había mentido al decirme que era una herida superficial.

    Olía a comida, pronto el almuerzo estaría listo, lo que significaba comenzar con las explicaciones y sinceramente no sabía por dónde empezar ni porque estaba tan nerviosa. No tenía culpa de nada, pero sabía perfectamente cómo iba a afectar la noticia de que había estado involucrada en un accidente de tráfico.
    Por un momento pensé en mentir, pero no se me ocurría ninguna excusa lógica para explicar la desaparición de mi coche. Mi padre era demasiado terco, si decía que me habían robado el coche no lo dejaría pasar e investigaría hasta dar con la verdad.
    – ¿Qué te ha pasado en el codo? –pegué un saltito ridículo por el susto que había dado mi padre. Estaba tan sumergida en mis pensamientos que no le oí llegar por detrás. La sorpresa fue mayor cuando me giré y vi que habían llegados los dos juntos. Me padre parecía sonriente. De verdad que no quería contar nada de lo sucedido la noche anterior, pero a mi modo de verlo, era imposible no hacerlo.
    –Anoche…–no sabía por dónde empezar, quería decirle todo lo que había pasado, pero sin asustarlo–me paró la policía para hacerme un control de alcoholemia y hubo un accidente–por supuesto mi padre no se iba a conformar con la versión corta, me estuvo haciendo preguntas hasta que consiguió sacarme todo lo que había pasado.
    Tras relatar mi versión de los hechos, en la que eludí que ya conocía al policía que me había parado y unos cuantos detalles más que sabía que le enfurecerían hasta el punto de ir a poner la comisaría de policía patas arriba, se hizo un incómodo y doloroso silencio.

    No probó la comida a pesar de ser su plato preferido. Nada más terminar de hablar la primera que se levantó de la mesa fue mi madre. No supe cómo interpretar su reacción, quizás no le importaba y le aburría el tema de conversación o quizás, aunque no quisiera demostrarlo le dolía un poco saber que por unas milésimas de segundo no estaban lamentando la muerte de la hija que les quedaba. Mi padre no se marchó, pero si se tapó la cara con las manos durante un largo tiempo.
    –No hay porque lamentar lo que no ha pasado–fue lo único que se me ocurrió decir para acabar con la tensión.
    –Lo sé, pero… es muy difícil–no continúo, le costaba hablar. Creo que, en ese instante, al verle tan débil, todo resto de rabia hacía él desapareció.
    –Es mejor no pensarlo. Estoy aquí.
    Sin decir nada más abandoné el comedor, dudé entre salir de la casa o ir a mi habitación. Preferí salir y tomar un poco el aire, la luz del sol me ayudarían a relajarme y quizás una vuelta por aquel lugar me vendría bien.

    Había olvidado por completo que, en la parte trasera de la casa, en esa zona había una piscina y todo estaba acondicionado para hacer barbacoas familiares y fiestas con amigos. Siempre fue mi parte favorita, la mía y la de mi hermano. Allí hicimos un montón de reuniones donde reíamos y contábamos todo lo que habíamos hecho durante el invierno. Era un sitio genial, nuestro sitio.
    Cuando crecimos y mis padres ya pensaban que éramos lo suficiente maduros como para controlar una fiesta en casa, nos permitieron realizar fiestas en la piscina con nuestros amigos, en muy pocas ocasiones nos dieron una negativa.

    No estaba descuidado, pero la piscina vacía, los barrotes de la barbacoa un poco oxidados y otros pequeños detalles más, fueron suficientes para darme cuenta de que hacía mucho desde la última vez que se celebró algo en aquella casa.
    Allí me quedé durante horas, con la mirada pérdida, dejándome invadir por todos mis recuerdos.

    Respuesta
    Marieta
    Marieta on #227239

    Me gusta como escribes, ya estoy enganchada a la vida de Alejandra!

    Respuesta
    Sct
    Sct on #229550

    Me encanta!!!!

    Respuesta
    Itziar
    Itziar on #229559

    Escribes muy bien y me encanta la historia. Sigue asi!! Tienes instagram o fb o alguna web para poder saber que dia publicas un nuevo capítulo?? 😘😘

    Respuesta
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