Desde que pedí la reducción de jornada en mi ofi me han ninguneado. Yo antes era la que tiraba del carro, la que se quedaba hasta tarde, la que solucionaba marrones. Ahora soy «la de las tardes libres». Como si me tocara la lotería cada día a las dos y no me fuera a mi casa a hacer deberes, dar cenas y fregar platos.
Lo que más me duele no es que me hayan apartado de los proyectos importantes, que también. Lo que me destroza es ver cómo compañeras que siempre me han apoyado ahora me tratan como si estuviera de vacaciones. Como si no tuviera ambición. Como si ser madre y curranta fueran dos mundos incompatibles.
Y lo peor es que empiezo a pensar que tienen razón. Que quizá he renunciado a más de lo que creía. Que me he vuelto invisible. ¿Alguna más se ha sentido así con la media jornada?
