Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Bueno a ver, lo cierto es que mi suegra tergiversa todo lo que dice todo el mundo: todo se lo toma a mal, a todo le busca segundas intenciones y todo son ataques velados a su persona. Sin embargo, la cruzada que tiene iniciada contra mí llega ya a unos niveles absolutamente grotescos, hasta al más mínimo comentario le saca punta.
Llevo casi un año sin ir a su casa precisamente porque exploté cuando me echó en cara haber dicho que no quería trabajar, cuando lo que dije fue que no quería trabajar en una empresa determinada porque conocía de buena tinta sus malas prácticas. Llegué a pensar, tonta de mí, que cuando viera las consecuencias de sus actos echaría el freno, pero nada más lejos: hace poco vino a vernos, porque por respeto a mi novio aún no he llegado al punto de prohibirle entrar en mi casa. Avisó con poco tiempo, mi novio no estaba y yo estaba preparando la comida corre que te corre porque me tenía que ir a trabajar. Cuando subió me disculpé por no tener nada preparado para ofrecerle, aunque aun así la invité a quedarse a comer aunque yo tuviera que irme antes. Ella me dijo que no me preocupase, que no tenía hambre y que no tardaría en irse. Pues bien, ¿sabéis lo que le dijo a su hijo? Que ya nos vale, que ella no le ha educado así, que no tenemos decoro y que se había ido a su casa con hambre porque no la había invitado a comer. Cuando mi novio me lo contó estuve a punto de presentarme en su casa y preguntarle que de qué coño iba, suerte que él la conoce y a estas alturas no se cree ni media de lo que dice.
Otra de las últimas ha sido la siguiente: llegué a casa del trabajo y me la encontré en uno de los sofás del salón sentada junto a mi gato, que estaba dormido como un leño. Ella nunca ha sido especialmente amante de los animales y por norma general pasa del gatete, pero en esta ocasión estaba dándole palmaditas en el costado y diciéndole que se despertase. La verdad es que me sentó fatal y estuve tentada de decirle que iba a darla yo palmaditas en las narices cuando estuviese durmiendo, a ver qué tal le sentaba; en lugar de eso traté de serenarme y le dije que le dejase dormir al pobre, que había estado pachucho y necesitaba descansar. Pues agarraos que vienen curvas, ya que la muy arpía, que no tiene a estas alturas otro calificativo, escribió a mi novio para decirle que manda narices, que nunca toca al gato y para una vez que le hace caso voy y le digo que no le toque.
Como si encima tuviera que darle las gracias o algo.
Menos mal que cuando ocurrió todo mi novio estaba delante y vio lo que pasó y cómo me dirigí a ella.

Lo que más me jode de todo esto es que me doy perfecta cuenta de que está tratando de buscarme las vueltas para hacerme quedar a mí como la mala: ya tuve que poner el límite de no volver a pisar su casa y estoy viendo que si sigue así voy a tener que prohibirle venir a la mía. Eso, o irme yo cuando venga.
Lo más turbio es que, tras tantos años, he llegado a la conclusión de que no es que me odie a mí y quiera que su hijo y yo cortemos por ese motivo: más bien diría que se siente muy cómoda en el papel de pobre víctima que lucha sola contra un mundo que confabula contra ella para dejarla sola y que lo que está intentando es que mi novio regrese a su lado, rescatarle de las garras de una malvada mujer que quiere robarle a su querido hijo.
Menos mal que su querido hijo es el primero que se da cuenta de todo esto, y lo siento por ella, pero al final va a conseguir cumplir sus propias profecías y quedarse más sola que la una.
Anónimo
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