Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Siempre he intentado recordar el día que me rompí. Que mi cabeza dejó de funcionar como las demás.
Pero soy incapaz de recordar muchas cosas… Yo pensaba que era por mi mala cabeza, pero la depresión también es eso…
Quizá fue cuando cumplía 6 y nadie quiso venir a mi cumpleaños. Mis padres se esforzaban mucho, pero el dinero no llegaba para llevar a todos mis amigos al cine y fuimos a un parque de bolas. Lloré. No recuerdo mucho más, 3 niños vinieron obligados por sus padres.
Quizá fue cuando mi padre se iba de casa y no aparecía hasta 5 o 6 días después, sin noticias de el, con planes colgados y sin saber cuándo volvería. También lloraba. Yo no entendía por qué papá nos decía que íbamos a ir a nosequé sitio y cuando llegaba el sábado, no estaba…
Quizá fue cuando en el colegio me hicieron bullying durante años. Me llamaban Mowgli, Ricitos de oro, paella… Me robaron la agenda, me metían basura en la mochila. Pasé de ser una niña alegre y con ganas de estudiar, a no querer pasar la puerta del colegio.
Quizá fue cuando empecé el instituto. Cuando me apodaron «niña triste» incluso los profesores. Cuando en el recreo todos podían bajar a la cafetería a comprarse un bocadillo y yo me conformaba con un sándwich de casa, porque no teníamos dinero suficiente. Mis padres se habían separado y ninguno de los dos queria cargar conmigo.
Quizá fue cuando conocí al que sería mi primer novio de instituto. Un chico con una familia problemática y desestructurada, que lo dejó en la calle y, a marchas forzadas, mi madre tuvo que hacerle un hueco en mi casa para que no tuviese que dormir en un banco. Recuerdo que su padrastro le dejó sus cosas tiradas en el portal de la que era mi casa en bolsas de basura.
Quizá fue cuando mi madre acogió al que en ese momento era mi noviete y lo «adoptó» como un hijo más. Sentí envidia, rabia, tristeza… Porque a mí jamás me había tratado como lo hacía con el. Desde regalos que a mí se me negaron siempre a un trato de favor más que evidente.
Quizá fue cuando, con apenas 15 años, empecé a consumir cocaína. Quizá para evadirme de la realidad o para, por primera vez, encajar en algo. Terminé en urgencias varias veces. En mi casa las cosas seguían igual… Con 17 años me fui de casa, con un tiparraco 10 años mayor que yo, que se aprovechó de la situación.
Quizá fue cuando, con 18 años, entré en el mundo de entretenimiento para adultos. Un mundo turbio en el que una niña, y si, digo NIÑA, no debería entrar jamás.
Quizá cuando conocí a mi primer novio serio, cuando invertí todo mi dinero y tiempo en el y el día de su cumpleaños, la sorpresa me la llevé yo descubriendo una doble vida con un niño de 6 meses en brazos de otra mujer. Perdí mi casa, mi trabajo y todo lo que había construido para formar una familia junto a el, pero un aborto espontáneo, que pase sola en mi casa mientras el «estudiaba» en otra localidad fue lo que desencadenó su doble vida. Esa fue su explicación. Quizá conmigo nunca podría haber tenido hijos… Yo solo me rompí un poco más.
Quizá fue cuando tuve que volver al piso de mi madre, con las orejas gachas y hecha pedazos, a una casa en la que nunca se me había valorado y que solo trajo desgracias…
Ahora, diré por suerte, conseguí salir con vida de una relación toxica donde normalicé el maltrato y las palizas eran la norma y razón. Ahora tengo mi propia casa. Un trabajo que me consume, una vida rota. 33 años y sigo intentando pegar los trozos y llenar esos huecos de las piezas que perdí por el camino. Y no es fácil. El suicidio ha sido mi vía de escape en muchas ocasiones, por desgracia o suerte, se quedaron en intentos.
La terapia ayuda, pero no es suficiente cuando tienes que elegir entre pagar una hipoteca y comer o charlar con la psicóloga 45 minutos…
Ahora no soy la niña triste. Soy una mujer de apariencia casi normal, con un círculo (escaso y en ocasiones nulo) de personas a mí alrededor y que no consigue mantener una relación estable, ni conmigo ni con nadie.
Jamás, jamás, JAMÁS juzguéis a alguien. No forceis a nadie, no asumais nada. Porque nunca sabréis por lo que ha pasado o está pasando una persona.
Y este es solo un ejemplo más de los muchos que existen y de las vidas tan diferentes, difíciles o fáciles, duras o caminitos de seda que podemos llevar cada uno de nosotros.
Yo seguiré en mi empeño de llegar a ser feliz, con pastillas o sin ellas, sola o en compañía… Y espero algún día poder escribir que lo logré.