A ver si soy yo la loca o aquí alguien me da la razón. Hace unos meses, una antigua amiga me pidió que fuera su testigo de boda. No somos íntima pero tuvimos una época en la que quedábamos bastante, y aunque ya no hablamos casi nunca me hizo ilusión. Le dije que sí, claro.
El problema viene cuando empieza a exigirme cosas que ni mi hermana me pediría. Que si me tengo que encargar de la decoración del salón, que si tengo que viajar dos fines de semana a su ciudad para preparativos, que si yo me encargo de coordinar a los invitados y los buses porque confía mucho en mí….
Vivo a 300 km. Trabajo jornada completa y por cosas personales ahora mismo me pilla como el culo.
¿Y sabéis lo que me contesta? Que si he aceptado ser testigo tengo que estar a la altura. Que no es un favor que es un honor. Un honor que me va a costar gasolina, hotel, vestido, peluquería y regalo. Pues qué honor más caro, oye.
Total, le dije que no. Que no puedo. Y desde entonces silencio absoluto. Me he enterado de su despedida por Instagram. Le escribí un mensaje bonito deseándole que se lo pasara genial. ¿Contestación? Cero.
Así que estoy en un punto en el que me planteo no ir a su boda. Y no por despecho (bueno, un poco sí), sino porque sinceramente me parece todo tremendo por no ser su organizadora gratis.
Lo siento pero no. Ser amiga no es ser empleada. Y si decir NO me convierte en la mala, igual es que la película que tenía en la cabeza sobre nuestra amistad era solo mía.
¿Estoy siendo egoísta? ¿O es que estoy aprendiendo por fin a poner límites? Gracias.
