Os lo digo con la mano en el corazón: he vivido en los dos lados y puedo asegurar que existe. Y da miedo. Mucho miedo. Porque cuando te das cuenta de cómo cambia el trato que recibes simplemente por encajar en un cuerpo normativo te preguntas cuántas cosas en tu vida podrían haber sido diferentes si siempre hubieras sido así de aceptable para los demás.
Toda mi vida he sido gorda. Y cuando digo toda, es toda. Crecí siendo la amiga gorda, la chica de la que se reían en clase, la que entraba a una tienda y notaba cómo la dependienta le hacía un escaneo de arriba abajo antes de decir “aquí no tenemos tallas para ti”.
He sido la que iba en el metro y veía cómo la gente prefería quedarse de pie antes que sentarse a mi lado. La que pedía un menú en un restaurante y notaba esas miradas de juicio. La que en el médico sin importar el motivo de consult, siempre recibía el sermón de “tienes que perder peso” como si fuera la causa de todos mis males.
Y ahora con 35 años después de perder peso estoy en un peso normativo. Peso 60 kilos. Y no es que haya cambiado mi personalidad. Sigo siendo yo.
Pero la gente no es la misma conmigo.
Ahora me aguantan la puerta. Ahora los desconocidos me sonríen por la calle. Ahora cuando subo al metro se sientan a mi lado sin mirarme de reojo. Ahora cuando voy al médico me miran a los ojos y me tratan como una persona, buscan el origen de mi dolor y no lo achacan todo al peso (aunque el dolor era el mismo, gorda y delgada). Ahora en las entrevistas de trabajo noto una diferencia brutal en cómo me reciben, en cómo me escuchan. Es como si el mundo se hubiera suavizado, como si la vida fuera menos áspera.
Y da puto miedo. Porque no es que yo haya mejorado como persona. Es que ahora ocupo menos espacio. Ahora encajo. Ahora “valgo”.
Y lo que más me duele es recordar que cuando era gorda todas esas puertas que ahora se abren ni siquiera me veían llegar. Que había que esforzarse el triple para que te consideraran válida, inteligente, atractiva, capaz. Que se asumía que no me cuidaba, que no tenía fuerza de voluntad, que estaba ahí porque algo en mí estaba roto.
Así que sí. Existe el thin privilege. Lo que pasa es que quienes lo niegan nunca han estado al otro lado… o no se han querido dar cuenta de cómo funcionan las cosas.
No estoy buscando que me digan “enhorabuena”. Lo que me gustaría es que no hiciera falta adelgazar para sentirme vista, tratada con respeto o simplemente como una persona más.
Y lo peor es que sé que si mañana recuperara el peso que perdí todo eso desaparecería otra vez. Porque el respeto que me dan ahora no es mío. Se lo dan a mi cuerpo normativo. No a mí.
