Para empezar, no me siento orgullosa de lo que voy a contar. Y para terminar, lo estoy pasando muy mal.
Todo empezó hace dos años, cuando mi primer novio se puso en contacto conmigo después de 18 años. Empezamos a hablar con normalidad, él contándome su vida y yo la mía. Él estaba (y sigue) casado, yo soltera. Con los días, me decía que no era feliz, que nunca lo fue, que seguía en su matrimonio porque no tenía nada mejor… Día tras día empezó a cortejarme, a decirme que lo hizo muy mal conmigo en el pasado, que la distancia, la diferencia de 8 años y su trabajo nuevo le hicieron tomar la decisión de dejarme por mensaje.
Los días pasaron y al final consiguió meterme en medio. Me habló con promesas, todo muy bonito, porque en realidad durante nuestro noviazgo nunca discutimos. El caso es que vino, tras 17 años nos reencontramos, todo fue un sueño. Promesas de divorcio, de que yo era la mujer de su vida, de que con conmigo todo encajaba… Pero cuando regresó a su ciudad empezaron los problemas.
Pidió el divorcio. Su mujer no lo aceptó, le amenazó con quitarse la vida, su hija de 16 años le pidió que no se fuera. Y lo más fácil para él fue desaparecer. Me dijo que lo sentía, que no podía, que no había hecho bien las cosas, que su mujer no se merecía esto, ni su hija… y que necesitaba tiempo.
Yo me quedé rota. Solo podíamos hablar por Telegram, y solo cuando él quisiera. Me quedé hundida, sin entender nada. Un día me dice que se divorcia, que su mujer lo ha entendido… y cinco días después me dice que no, que han pasado cosas y que no puede. Que ella le ha amenazado.
Pasaron tres meses y me escribió para pedirme perdón. Me dijo que no sabía cuándo ni cómo, pero que lo iba a hacer, que su matrimonio estaba roto, que necesitaba tiempo… y volvió a desaparecer.
Apareció otros tres meses después. Me dijo que iba a ir al abogado, que esta vez sí, que la cosa no iba a mejorar, que iba a peor, que entendía si yo no quería saber nada, pero que él vendría a mi ciudad a reconquistarme. Que aunque tuviera que vivir bajo las piedras, esta vez daría el paso. Y yo le creí.
Le aconsejé que, por favor, se fuera a un hotel, a su caravana, que no se quedara en casa bajo el mismo techo, ni en el sofá, porque su mujer no está bien y lo iba a utilizar. Además, él tenía miedo de que ella le pusiera una denuncia falsa, como alguna vez le había dicho. Y él es funcionario.
Pasaron junio, julio y llegamos a agosto, mes en el que los abogados están cerrados. Ella aprovechaba todos los días para pedirle perdón, otra oportunidad… y él aguantaba. Hasta que un día, tras un enfado, fue a comprar cajas para meter su ropa y, al volver a casa, ella estaba en la cocina atrincherada con un cuchillo. Otra amenaza más. Fue la Guardia Civil, forcejearon, le quitaron el cuchillo y la llevaron al médico. ¿El resultado? Él se echó para atrás en el divorcio.
Y desapareció de nuevo, hasta febrero. Me dijo que quería venir, que lo estaba pasando mal, que necesitaba contarme por qué no había podido seguir adelante con el divorcio (refiriéndose al día del cuchillo), que me echaba de menos. Le pregunté por qué me hacía eso, por qué desaparecía. Me contestó que a veces piensa que es mejor que yo no sepa nada de él, pero que luego le pueden los sentimientos.
En abril ha vuelto. Nos vimos. Y caí. Sabía que iba a pasar, porque estoy muy vulnerable con el tema de mi madre, que tiene Alzheimer. Pero caí. Y la historia se ha repetido.
Desde que volvió a su ciudad lo noté raro. Me escribía menos, no lo notaba igual. Pero lo peor fue anoche.
A las doce de la noche me escribió. Me dijo que no tenía un buen día, que a veces pensaba qué pensaría su hija de 17 años si supiera lo que estaba haciendo. Le dije que si quería terminar con esto, que lo dijera, que no quería rodeos. Me dijo que no quería dejarlo, pero que a veces piensa que debería hacer las cosas bien. Que no cree que llegue a poner fin a su matrimonio porque las dos veces que lo intentó se rindió. Que ahora mismo está dejándose llevar.
Le pregunté entonces qué pasa con lo nuestro. Y me contestó: “¿lo nuestro?”. Ahí me hundí. Porque sí, está casado, pero yo tengo corazón. Tengo sentimientos. Y tengo mucho dolor. Le hablé de nuestros sentimientos, de lo que había pasado. Me dijo que yo no lo puedo entender, que su vida no es fácil y que nadie lo entiende. Que si algún día soluciona lo suyo, querrá estar conmigo, pero que a saber si lo solucionará…
Perdonadme por todo este rollo. Sé que no debería haberme metido en esto, pero me dejé llevar por las ilusiones, los proyectos. Y aunque ya me la había jugado, le di otra oportunidad. Pero lo de anoche no me lo merecía.
Cuando estuvo aquí hace dos meses, le pedí sinceridad. Le rogué que fuese claro. Me dijo que no se veía con ella, pero que no tenía fuerzas. Que necesitaba tiempo. Pero ayer todo era un no.
Y esta mañana se justifica diciendo que tiene derecho a tener un mal día. ¿Y yo qué?
Sé que esto no me compensa. No compensan las migajas, el dolor, el sufrimiento. Solo pido que me ayudéis. Que me deis algún consejo. Sé que tengo mucha culpa por haberlo permitido. Pero ahora mismo estoy en el trabajo, sin dormir en toda la noche y con unas ganas de llorar tremendas, de la impotencia. Porque él sabe lo que estoy pasando con mi madre… y aún así, ni tacto, ni cuidado. Nada.
Solo le importa él. Porque yo creo que no quiere a nadie.
Gracias por leerme. Y, por favor, no seáis muy duros conmigo.
