Carolina era una amiga del barrio de toda la vida. Nos conocíamos desde chiquitinas y aunque nunca habíamos llegado a ser realmente íntimas, habíamos tenido bastante convivencia en la calle y el cole desde que no levantábamos ni un palmo del suelo.
Carolina, con los años, pasó de ser una niña flacucha, desgarbada, con los dientes torcidos y poco agraciada -aunque, eso sí, simpática como ella sola- a convertirse en lo que conocemos como un pibón, un mujerón de los pies a la cabeza: había pasado de patito feo a cisne del cuento como por arte de magia.
Carolina, además de estar físicamente tremenda, seguía conservando el carisma y la chispa de su personalidad con la que nos deslumbraba desde que era una niña. Y cuando me la encontraba por el barrio, me daba muchísima alegría.
Aunque ahora nuestras vidas eran mucho más ajetreadas, me encantaba encontrar el hueco para pararme diez minutos y fumarme un cigarro con ella, o escaparnos improvisadamente y sentarnos en un banco a comer pipas y contarnos nuestras vidas, como en los viejos tiempos…
Hacía bastante que no la veía porque yo había empezado a trabajar bastante retirada de la zona y ya paraba bastante poco por allí, pero un día, después de casi dos años, nos cruzamos en la esquina de su calle, donde yo había terminado aparcando.
Nos dimos un abrazo gigante y yo, como siempre, salté interiormente de alegría sabiendo que su sonrisa me iba a contagiar de buenas energías para el resto del día.
Carolina no llevaba prisa y me dijo que me acompañaba a casa. Yo, más feliz que una perdiz, me fijé mientras caminábamos en que había cosas distintas en ella: nunca he sido súper observadora, pero era evidente que en ese tiempo se había hecho algún que otro retoque y su ropa y complementos, además, parecían haber subido bastante de nivel.
Me entró curiosidad, pero a pesar de la relativa confianza, me dio bastante reparo preguntar directamente qué había cambiado. Y no hizo falta, pues enseguida me lo contó todo ella misma.
Lo primero que hizo fue pedirme que no dijese nada a mis padres para evitar que esa información llegase también a los suyos: la novedad era que se había hecho «modelo» de Onlyfans y se estaba ganando muy bien la vida con eso.
Yo, aunque algo me sonaba, directamente no sabía exactamente qué era eso y cuando me dio detalles de sus labores mis ojos se debieron abrir como platos.
No le dije nada del otro mundo, básicamente porque no sabía qué pensar. Solo sabía que yo sería totalmente incapaz, que me moriría de vergüenza y de asco, pero también era verdad que ella siempre había sido muy echada para adelante a diferencia de mí.
Pareció sentir en mi mirada que la cuestionaba porque enseguida se empezó a justificar:
Me dijo que ganarse la vida de esa manera la empoderaba como mujer, que ella decidía qué hacer con su cuerpo y también me habló de las facilidades y comodidades que le daba este empleo.
Me estuvo hablando de feminismo durante un buen rato y me dijo que teníamos que apoyarnos y luchar por alcanzar la libertad total y esta era una de las mejores maneras que ella estaba empleando.
Yo seguí callada, simplemente sonriendo y asintiendo. Verdaderamente, no sabía que decir: si ella estaba contenta y no hacía daño a nadie, efectivamente olé por ella, pero no sé… había algo en su discurso que no me terminaba de convencer.
Nos despedimos con otro abrazo gigantesco delante del portón de mis padres y ella continuó camino hacia su casa, no sin antes haberme dicho la típica frase de que teníamos que quedar más tranquilamente para un café.
Y ladeó la cabeza haciendo que su preciosa melena rizada bailase sobre sus hombros mientras me guiñaba un ojo a la vez que hacía el gesto de silencio, poniendo su dedo índice sobre sus labios.
Lo único que me salió decirle en esa despedida, de todo corazón, es que se cuidase mucho.
Hace un tiempo de todo esto y no me la he vuelto a encontrar, aunque estoy deseándolo. Espero que Carolina esté bien y ese empoderamiento del que presumía, realmente lo siga sintiendo.
