Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Conocí a dos hombres amigos una vez. Me llamó la atención uno, pero me enamoré del otro.
Éste, el que me sacó la sonrisa cuando ni yo misma la encontraba, estaba lleno de complejos. El otro los alimentaba para sentirse él mismo más seguro.
No era una buena amistad, todo el mundo lo notaba. Pero como cualquier relación de maltrato, se retroalimentaba: «alguien me elige en su vida», frente a «alguien aguanta mi narcisismo, no soy malo».
En las relaciones de amistad, también existe el abuso, sólo que reconocernos en una relación así, implica mucha valentía, pues hay que reconocerse como débil para poder empezar a crecer en tu fortaleza.
Mi corazón se rompió. El manipulador utilizó sus comentarios en uno y otro lado alimentando inseguridades. Y yo fallé, caí en la trampa, me dejé convencer, y entré en su círculo de ambición y deslealtad.
Ojo, no es su responsabilidad, sino la mía, dejarme invadir la mente, pero eso lo sé ahora.
Es obvio que eso rompió todo. Relacionarme con esta persona me hizo ver de cerca su crueldad, lo que le hacía a su propio amigo. Y yo había colaborado en dañarle.
Pasaron los años, mi amor seguía intacto. La vida nos cruzó de nuevo los corazones. Pareció incluso, que conseguíamos recuperar la confianza; ya no éramos los mismos, habíamos aprendido. Tiempo. Un atisbo de felicidad.
Por algún motivo, el amigo narcisista hizo aparición de nuevo en la vida de él.
Al verlos juntos en una foto, lo supe: nunca florecen las flores en campo envenenado.
Quizás debo aclarar que este «psicópata», durante esos años, incluso salió con amigas mías que le dejaron porque sólo quería hablarles de mí. Su obsesión era tal, que hasta convenció a mi familia sin mi consentimiento.
Ahí estaba nuevamente el titiritero: manejando hilos como marionetas, salvaguardando su propia infelicidad en el hecho de no quedarse al margen, aún a coste de otras felicidades.
Mi persona favorita volvió a cambiar. Sólo ahí me di cuenta de que nunca se trató de una relación entre él y yo. Siempre fue una guerra por él, entre su supuesto amigo, y yo.
Y entonces lo entendí: Siempre le amaré, pero nunca podré salvarle.