Conozco a mi mejor amiga desde hace 20 años. Hemos pasado muchas cosas juntas, y aunque siempre fuimos muy diferentes, supimos mantener la amistad con respeto, comunicación y límites. Pero últimamente eso se ha roto.
Por ejemplo, ella siempre fue de salir. Pero a mí nunca me gustó la fiesta, ni con 20 años ni ahora con casi 40, pero eso nunca fue un problema: ella me preguntaba si salía, yo decía que no, y listo. Ni insistía, ni se molestaba. Hacíamos otra cosa juntas.
Todo cambió después de que, hace tres años, la dejaran el mismo día de su boda. Pasó una etapa durísima: estaba deprimida, dejó de hacer lo que le gustaba, hasta que fue al psicólogo y empezó a mejorar. Me alegré mucho por ella. Pero entonces entró en otra fase: yoga, autoayuda, influencers que venden vidas perfectas, rutinas interminables… y decidió imitarlo todo. Eso sería su elección y no me importaría, si no fuera porque ahora intenta imponerme ese estilo de vida como si el mío no valiera nada. De repente mi vida entera con mis ideologías, y mis costumbres en general, parecen no ser saludables.
Antes, me habría dicho “haz lo que quieras” y seguiría con lo suyo tan feliz como antes de preguntarme. Ahora, en cambio, me machaca. Si se levanta a las 6 a meditar, me persigue durante días para que yo haga lo mismo, porque a ella le cambió la vida y yo debo hacerlo. Pero mi trabajo es casi nocturno, no puedo acostarme a las 12 de la noche y levantarme a las 5 para a las 6 hacer su rutina. Pero me dice que no le pongo ganas y que si quiero, puedo.Si ella desayuna un polvo milagroso con probióticos, yo también “tengo” que hacerlo porque me estoy descuidando. Si no lo hago, es que no me cuido. Si logra encajar yoga, running, trabajo, gimnasio, cine, familia y lectura en un mismo día, entonces yo debería aspirar a lo mismo. Da igual que yo no quiera, ella no acepta un no y además me dice que no pongo de mi parte, que no quiero mejorar y que quizás necesite ir a psicólogo.
Las conversaciones ya no son conversaciones: solo giran en torno a lo que tengo que leer, comer o practicar para “mejorar mi vida”. Si intento hablar de mí, lo convierte en una recomendación más de su rutina. Dice que lo hace porque se preocupa por mí y por mi salud, como si yo no me cuidara. Pero siento que en realidad lo que hace es invalidar mi forma de vivir y tratar de imponer la suya.
No estoy celosa de que esté bien. Al contrario, me alegra que ya no esté deprimida. Pero me resulta insoportable que no respete que yo no quiera o necesite cambiar nada de mi. Ya no me apetece quedar ni hablar con ella, porque se ha vuelto absorbente, insistente y obsesiva.
Y lo peor es que no sé si tiene arreglo. A veces pienso que el problema es suyo, por no aceptar que yo no quiero lo mismo que ella. Pero otras me pregunto si quizá soy yo, por cerrarme a sus consejos y no dejar que me “mejore” la vida. Y ahí me quedo, sin saber si estoy perdiendo a una amiga… o si ya la perdí hace tiempo.
Quizás la amistad ha llegado hasta aquí.
