Vengo a contaros la historia del trabajo más turbio que he tenido en mi vida. Durante un par de años trabajé como camarera en el bingo de mi ciudad. Llevaba años dedicándome a la hostelería y creía que trabajar allí sería como hacerlo en cualquier bar o restaurantes, pero no.
El bingo es un local con luces de neón y olor a rancio donde la gente pasa horas apostando su dinero y perdiendo su salud mental.
Al principio, me parecía un trabajo sencillo: servir bebida y comida a los jugadores. Sin embargo, pronto me di cuenta de que el bingo era un mundo aparte, con sus propias reglas y un ambiente que, cuanto más lo conocía, más me incomodaba, sobre todo, me disgustaba mucho ver día tras día las mismas caras.
Había jugadores que venían buscando un rato divertido y no los volvías a ver. Algún grupito de amigos o parejas que venían un sábado o domingo a echar la tarde entre números y a ver si cantaban alguna linea. Pero también estaban los clientes fijos, aquellos que venían a diario y que se gastaban cantidades desorbitadas de dinero. Algunos se dejaban cientos de euros cada semana, y lo peor era que en su mayoría eran personas mayores que, según me enteré, gastaban casi toda su pensión en el bingo.

Al cabo de unos meses, comencé a ir a trabajar a disgusto. Me costaba mirar a la cara a los jugadores habituales sin gritarles “¡¿Pero qué haces con tu vida?!”. No podía entender cómo alguien podía lucrase con la enfermedad de otros, porque la ludopatía, es una enfermedad.
La gota que colmó el vaso
Una noche, estaba sirviendo bebidas cuando vi a uno de mis clientes habituales. Pedro, un señor mayor al que atendía siempre y que ya me había contado pinceladas de su vida. Era viudo y vivía con su hija y su yerno. No tenía nietos y siempre me decía que echaba mucho de menos a su mujer. De hecho, fue al morir ella cuando empezó a jugar. Me confesó un día que, además de venir al bingo, las máquinas tragaperras de los bares eran su perdición.
Aquella noche, estaba al borde de las lágrimas tras perder casi todo lo que tenía. Yo llevaba viéndole perder dinero varios días seguidos; sabía que se gastaba su pensión en el bingo y me daba una pena tremenda.
Al ver su cara de desesperación, no pude evitar acercarme y, en un impulso, le dije: “¿Por qué no se va a casa con tu familia? Déjelo ya, al menos por hoy”. Intenté convencerlo de que se fuera y no volviera.
No sé si en ese momento pensaba en mi trabajo o en lo que me podrían decir, pero sentí que no podía mirar hacia otro lado mientras esta persona se arruinaba delante de mis ojos.
No es que fuera una charla extensa, pero al parecer alguien me oyó y se chivó a mi encargado. Al día siguiente me llamaron para decirme que estaba despedida. La razón: “No podemos permitir que los empleados desalienten a los clientes de jugar”.
En el fondo fue un alivio que me despidieran porque ya trabajar allí me resultaba incómodo. Me sentía mal conmigo misma, como si por mi culpa aquella gente estuviera perdiendo los ahorros de su vida.
Personas a las que no debes acercarte
Mi historia con aquel hombre no fue lo único raro que me tocó vivir en el bingo. Además de las constantes peleas por dinero, los clientes borrachos y puestos de farlopa, había personas a las que era mejor no acercarse, a veces ni a preguntarle qué quería tomar.
Eran clientes que, si estaban perdiendo, mejor no pasarse por su mesa. Tuve una vez un problema con uno que me acusó de gafe, decía que me había acercado a distraerle y por eso había perdido. Yo tan solo había ido a tomarle nota de su comanda. Llegó hasta a amenazarme si no le daba yo el dinero que había perdido. Lo pasé fatal.
Desde aquel día aprendí que lo mejor era esperar pacientemente a que terminara una partida y, antes de que comenzara la siguiente, pasar por las mesas a ver qué querían de beber o de comer.

Porque en los bingos también se come. Antes de trabajar allí pensaba que era un lugar donde la gente iba a jugar y a consumir alcohol, pero como hay clientes que se tiran diez y doce horas allí, así que al final les entra hambre. Pero eso sí, nada de platos elaborados ni de precios desorbitados: el jugador quiere su dinero para los cartones, no para gastárselo en un chuletón o en una hamburguesa gourmet. En un bingo se consumen bocadillos, pinchos, sándwiches y alguna tortilla francesa. La gente allí no va a cenar, va a jugar.
Después de ver tantas historias personales en aquel bingo, era difícil no empatizar y querer ayudarlos, pero el sistema estaba diseñado para aprovecharse de ellos, y como trabajadora, ni siquiera podías hacer el más mínimo comentario al respecto.
Quizás fue ingenuo por mi parte pensar que podía hacer algo por aquel anciano, porque, seguramente, ese señor volvió al día siguiente a seguir jugando y yo no pude volver a mi puesto de trabajo porque me despidieron, pero también sé que no me arrepiento de lo que hice.
Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.