En España es muy difícil meter la cabeza en la Universidad. Te pasas la vida estudiando, haces tu doctorado, tus estancias fuera, renuncias a un sueldo digno y a una estabilidad. Y todo lo haces por amor a la docencia, por tus ideales, porque quieres cambiar las cosas. Pero la vida no es así: te das de bruces con una institución rancia en la que o tienes un padrino o no eres nadie. Y es así como decides que no es lo tuyo ir lamiendo culos durante toda tu vida para poder trabajar. 

Estaba en ese punto cuando me ofrecieron un contrato a tiempo parcial en una conocida universidad privada a distancia. Seamos sinceros: el sueldo era una verdadera mierda pero, en mi ingenuidad, pensaba que si lograba meter la cabeza, podría ir aumentando mis horas lectivas y estabilizar un poco mi situación. 

Desde luego, no era mi idea de profesora universitaria y menos acompañada de esa precariedad, pero, al menos, tenía tiempo para investigar en mi media jornada libre sin cobrar y, al fin y al cabo, era mejor que nada. Estaba contenta y lo veía como un oportunidad. 

Empezaron las clases y la modalidad online me quitaba más tiempo del que esperaba: había que grabar las clases, estar disponible, tener tutorías y, además, tutorizar a alumnos de Trabajo de Fin de Máster. Junto a esa labor, que no me pagaban por entrar en mi sueldo, estaban las defensas de los trabajos en las que formaba parte del tribunal. 

Contado así, es todo idílico. Con apenas mil euros de retribución al mes, es una verdadera locura. 

El primer año fue duro, le eché muchas horas de más pensando en ese futuro posible en el que me dieran una jornada completa, más horas lectivas y me cubriesen parte de la investigación. Y lo hice de mil amores pensando en que todo esfuerzo conlleva su recompensa. 

El segundo curso fue exactamente igual: mucho trabajo, poca remuneración y ningua expectativa de mejora. Pero tenía algo y lo compaginaba con clases particulares que me daban para sobrevivir. 

El tercer año la dinámica siguió. Ya estaba cansada, quemada y sabía que no iba a mejorar la situación. El colmo llegó cuando, tras ser tribunal en una de las defensas de Trabajo de Fin de Máster de enero me dejaron a deber los 20 euros que me daban. ¡20 euros por leer un trabajo de cien páginas, analizarlo, preparar preguntas para el autor, escuchar una hora de defensa y después deliberar como tribunal, subir las notas e informar al alumno! Es tan triste como más de 6 horas de trabajo por 20 euros. 

Os lo creáis o no, de los tres tribunales que tuve, hubo uno que no me pagaron. Lo reclamé y me dijeron que ya me lo pagarían. Lo volví a reclamar y me dieron largas y ya en junio, cuando no me lo habían pagado después de mil emails, decidí dejar la universidad. 

Cada alumno paga un dineral y al profesor le llega una miseria. Hablé con mi coordinadora y se lo comenté, me dijo que no me preocupara, que me lo pagaban, pero que no me fuera. Pero, si de algo estaba, y estoy, convencida es de que el mundo así no funciona. Habrá otro que coja mi puesto, incluso puede que lo haga mucho mejor y ascienda. Pero yo ya estaba completamente desmotivada. 

Tras firmar mi renuncia, me quedé en paz. A día de hoy, más de un año después, no he percibido mis veinte euros que no es una cantidad baja o alta, es el símbolo de la miseria a la que me querían someter por buscar mi lugar en un sitio que yo consideraba el mío. Sin duda, no lo era. 

Hay veces en las que soñamos con ser cosas que, llegado el momento, no son como esperábamos: un trabajo, una pareja, la maternidad… Y no pasa nada. Es un paso en el camino, un traspiés, un bache o, simplemente, una rotonda que nos ayuda a encaminarnos a otro. 

Anónimo

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