¡CORRED, CORRED, SALVAOS VOSOTRAS!

Corrían los finales de los noventa cuando dos de mis mejores amigas y yo nos dedicábamos a pelar la pava en la plazoleta de delante de casa durante las noches de verano. Sí, amigas: vosotras dos, las que os vais a reconocer en cuanto sigáis leyendo. ¿Me vais a maldecir? Probablemente. Pero el arte exige sacrificios.

Pasábamos horas allí las tres: cotilleando sin piedad, filosofando como si hubiéramos leído a Nietzsche, y quitándonos pelos del sobaco con unas pinzas. Todo muy femenino, muy espiritual y muy del final del milenio. Teníamos rituales sagrados: cenar y, después, reunión oficial en la plazoleta. En vacaciones o fines de semana, por las tardes quedábamos con más gente o con nuestras parejas. Creo recordar que en aquella época las tres estábamos emparejadas… o no. La memoria bloquea lo que no le interesa.

Lo que sí recuerdo perfectamente es que una de ellas salía con un chico tres o cuatro años mayor que nosotras y, además, vecino de mi bloque. Un bloque de tres plantas, de esos donde todo el mundo sabe cuándo meas y por qué. Éramos amigas de toda la vida, rozábamos la mayoría de edad y nos sentábamos en aquellos bancos infernales que te dejaban el culo plano como una tabla de planchar. Pero como no hacía frío, aguantábamos horas. ¡Que conste que teníamos plan de invierno! Solo que en invierno éramos menos surrealistas. Seguramente porque con el frío se nos congelaba el cerebro aún sin terminar de formarse.

Una noche cualquiera de vacaciones, estábamos las tres en la plazoleta cuando mi amiga —llamémosla Marta— pega un salto del banco y dice:

—¡Sht! ¡Callaos! ¿Ese es el coche de Nacho?

Nacho era su novio. Mi vecino. Nadie entendía qué le veía Marta, porque ella es (sí, sí, todavía lo es) un pibón de proporciones bíblicas y él era una especie de tapón con complejo de CEO: metro sesenta raspado, medio calvo, fumador como si le pagaran por ello y con aires de importancia injustificados.

Como os imaginaréis, su coche compensaba. Su coche era GRANDE. Porque ya sabemos que cuando el ego es pequeño, el coche crece. Así que conducía una especie de híbrido entre todoterreno enorme y Hummer que hacía un ruido que lo flipabas y era fácilmente reconocible… si estabas atenta. Yo, como el tipo ni me iba ni me venía, no lo estaba. Pero Marta, con su audición en modo alerta máxima, había captado el motor del peazo de coche de Nacho el Pequeño. 

—¿Ese es el coche de Nacho? —vuelve a preguntar.

Laura y yo afinamos el oído. Se escucha un motor acercándose. Vivíamos en una zona tranquilísima, donde siempre había sitio para aparcar y todos sabíamos cuándo alguien estaba en casa. Sherlock Holmes versión barrio. Los móviles existían, sí, pero eran esos Alcatel con serpiente y llamadas perdidas porque los SMS costaban un ojo de la cara. El Pleistoceno digital.

—¡Es el coche de Nacho! —sentencia Marta.

Y acto seguido:

—¡CORRED, CORRED!

Sale disparada hacia unas escaleras que suben a la calle de arriba, llena de arbustos. No tengo ni idea de por qué, pero Laura y yo saltamos del banco y corremos detrás. Marta gritaba “corred” y yo corría. No necesitaba más argumentos.

Marta iba primera, subiendo escalones como si la persiguiera la Interpol. Yo iba detrás, sin entender nada, y Laura cerraba la expedición como podía. Me giro un segundo y veo a Laura en el suelo.

—¡Laura se ha caído! ¡Laura se ha caído! —grito.

Marta se para. Miramos a Laura, desparramada entre dos escalones, que levanta un brazo en plan película bélica y dice:

—¡Corred! ¡Corred! ¡Salvaos vosotras!

Y nosotras, fieles a la amistad moderna y funcional, obedecimos. Evidentemente.

Llegamos a escondernos detrás de unos setos. Medio segundo después aparece Laura cojeando. Yo ya estoy al borde del colapso: la escena se repite en bucle en mi cabeza. Recordemos el contexto: casi adultas, huyendo del novio de una de nosotras. Absolutamente normal.

—¿Por qué nos escondemos? —pregunto en voz baja.

—Porque no quiero verlo. Es muy pesado —dice Marta.

Ah. Pues claro. Motivo más que suficiente para montar una operación encubierta.

Desde los setos vemos pasar el coche hacia su bloque. A mí me entra la risa nerviosa, esa que viene con amenaza de mearte encima. Laura se queja de la rodilla y Marta, convertida en teniente O’Neill, nos ordena movernos para asegurarnos de que Nacho ha entrado en casa.

Ni una duda. Misión aceptada.

Espiamos. No vemos a Nacho.

—Vale, habrá entrado. Ya ha pasado el peligro…

¿El peligro? Que es TU NOVIO, tía. Esto ya era Salvar al soldado Ryan, pero versión cutre y sin presupuesto.

Bajamos de vuelta, riéndonos como hienas, y al girar el seto… ¡PATAPAM! Cara a cara con Nacho.

Nos quedamos blancas.

Él levanta el dedo índice y suelta:

—Os he visto huir. Marta, que sepas que la mierda flota… y tú, TÚ ESTÁS FLOTANDO.

Se da la vuelta y se va. Silencio dramático. Oscuro. Fin de escena.

Yo ya no puedo más. Empiezo a reírme como una loca. Laura se une. Marta, mirando cómo se aleja, pregunta:

—¿Qué dice de la mierda?

Y ahí explotamos. Risas de llorar, de no respirar, de agujetas al día siguiente.

A día de hoy aún nos reímos al recordarlo. Laura descubrió años después por qué se cayó aquella noche: no ve en tres dimensiones. Ahora lleva gafas especiales y se cae bastante menos.

Marta acabó dejándolo con Nacho el Pequeño (no sin vivir alguna que otra aventura más). Él ha ido empeorando con los años. Y yo sigo aquí, riéndome sola mientras os cuento el día que creímos que nos salvamos… aunque, visto lo visto, flotábamos todas un poco.

Parvaty