Me vengo haciendo con argumentos para justificar la no-maternidad desde los 30 o antes. Por reforzar mis posiciones y porque, en mi entorno, a nadie le basta con un simple “porque no quiero”. Como sucede en este mismo foro, la decisión de ser o no serlo va apoyada en una lista de argumentos a favor o en contra.
Recientemente he tenido que convivir con una niña pequeña y, en menos de 72 horas, me ha dado otra razón por la que yo ni puedo ni quiero ser madre: la imposibilidad de mantenerlos con vida. Me explico.
Mi sobrina tiene 4 años y, en menos de tres días, ha estado a punto de cruzar al otro lado bastantes veces. Ha habido que tirarle de la camiseta cuando estaba a punto de cruzar una carretera comarcal corriendo y sin mirar. Ha habido que sacarle un cacahuete de la garganta que la estaba asfixiando. Ha habido que interceptar su alegre trayectoria hacia un perro desconocido que estaba suelto en las inmediaciones de una finca, y que ella quería acariciar. Y la hemos tenido que llevar prácticamente con correa en la visita a un mirador, temiendo que se despeñara por un barranco.
No es su condición, es su edad. Mi sobrina es una niña despierta, que comprende todo lo que se le dice y que sorprende a propios y extraños por el modo en que se expresa. Ni siquiera es especialmente aventurera o temeraria. Lo que pasa es que los cachorrillos de la especie humana tienen un instinto de supervivencia nulo. He visto a gatitos recién nacidos, aún ciegos y llenos de fluidos maternos, mostrar más deseos de estar vivos que cualquier niño de menos de 6 o 7 años.

No quiero que se me mueran
Sinceramente, no me veo capaz de mantener con vida a un niño que atenta contra su propia vida sin saberlo desde que se despierta hasta que se vuelve a dormir.
Resulta que tengo una peligrosa tendencia a sobreestimar sus capacidades. Por ejemplo, siempre que he ido a la zona de juegos con mi sobrina, he considerado que era suficiente con observar sus peripecias desde el otro lado de la vallita. Da igual si tiene que escalar una estructura de metro y medio y quiere pasar de lado a lado al llegar arriba. Da igual si se tiene que tirar por un tobogán que no pasaría un control de seguridad en Guantánamo. Yo pienso: “Si está aquí para que jueguen los niños, y todos están jugando, por algo será”.
A su abuela, en cambio, le falta tirarse con ella en brazos. Donde quiera que la niña va dentro del parque, sin importar cuánto se aleja de su posición, ella tiene que tener al menos una mano posada en su cabeza o su brazo. Debe sentir que puede agarrarla en cualquier momento. Por eso, aunque la niña me escoja a mí para acompañarla mientras los demás están tomando algo en un velador, y me dé la manita para guiarme hasta la zona de juegos, siempre viene un adulto más con nosotras. Al parecer, necesitamos vigilancia tanto ella como yo.
Vistas mis dotes de crianza y cuidados, que están al nivel de ofrecerle frutos secos a un niño de menos de 3 años, creo que mis hijos tendrían una esperanza de vida muy muy por debajo de la media. Menos aún que la última macetita de cactus que me compré, que me duró un mes.

¿Es antes la necesidad de protección o la sobreprotección?
Ironías aparte (aunque no he escrito ninguna hasta el momento), en los días que conviví con mi sobrina y resto de familiares adultos me di cuenta del miedo intenso e irracional que vive dentro de cada abuelo. Es increíble.
La abuela dio un grito de advertencia que dejó a todo el bar mirando cuando la niña estaba a punto de cruzar una calle… peatonal. El abuelo casi llora entre súplicas viendo a la niña bailar demasiado cerca de una pared, pensando que se iba a dar un golpe en la cabeza. Surrealista. Y es curioso, porque él era el menor de tres hermanos en los años 60, y quizás se escapara de casa por primera vez con 15 meses.
Eso me hace pensar en qué fue antes en la evolución de nuestra especie: ¿la mínima capacidad de los niños para sobrevivir o una sobreprotección que los tiene aletargados ante la vida? Dejo los estudios científicos a los sucesores de Darwin, pero una cosa tengo clara: no volveré a sorprenderme al ver a madres que optan por sacar a sus hijos al parque con una cuerda. Están cumpliendo lo mejor que pueden con la exasperante tarea de mantenerlos con vida.