Mi amiga Laura y yo nos reencontramos, después de muchos años, en una cafetería del barrio. Fuimos al colegio juntas y éramos inseparables, pero después de la universidad nuestros caminos se separaron y hacía mucho tiempo que no nos veíamos.

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Ella estudió empresariales y empezó a trabajar en una gran empresa antes de acabar la carrera. Yo, estudié periodismo y jamás ejercí. Llegó la crisis del 2008, aquella del ladrillo, no sé si os acordáis, el caso es que desaparecieron periódicos y medios de comunicación, además de puesto de trabajo en la construcción y otros ámbitos. Mi sector se vio muy afectado, así que terminé la carrera y empecé a trabajar como dependienta en una tienda mientras me seguía formando.

Laura se mudó a Londres y empezó a viajar por el mundo. Yo me casé con mi novio de toda la vida, nos compramos un piso en nuestro barrio de siempre y tuvimos dos hijos.

Ella estaba impecable. Vestía un traje de chaqueta, el pelo suelto, las uñas con una manicura francesa. Estaba muy elegante. Mientras yo lucía mi look habitual: un jersey viejo, con una mancha en la manga del desayuno de mis hijos de esta mañana, el pelo recogido en un moño improvisado, y unas ojeras que me llegaban hasta el suelo.

Me contó que había venido unos días la barrio a ver a sus padres. Que pensó en llamarme, pero que había perdido mi número, pero que se alegraba mucho de haberme encontrado por casualidad en la cafetería.

¡Qué curioso! Ella estaba de vacaciones y fue a tomarse un café mientras contestaba emails, y yo acababa de dejar a mis hijos en el colegio y había decidido ir a tomarme un café caliente y disfrutar de un ratito de paz, antes de irme a casa a poner lavadoras y recoger el salón.

Delante de dos café, comenzamos a charlas y a ponernos al día. Pronto los cafés se quedaron fríos de todo lo que teníamos que contarnos.

—Estoy en una multinacional ahora, llevo el departamento de expansión. No paro. La semana pasada estaba en Singapur, antes en Nueva York… dentro de dos semanas me voy a São Paulo.

Yo asentía, fascinada. La escuchaba hablar de aeropuertos, hoteles, reuniones, decisiones importantes. De su agenda llena, de su equipo, de sus logros. De una vida que sonaba a plenitud y felicidad.

Y entonces, yo le hablé de mis hijos, de cómo el pequeño no duerme del tirón desde que nació y tiene casi tres años, de las mañanas caóticas, de preparar mochilas y almuerzos, de los berrinches en el supermercado. De no tener ni un momento de intimidad, de tener que ir acompañada hasta al baño a hacer mis necesidades. De lo difícil que es a veces, de lo agotada que estoy siempre.

—¿Trabajas? —Me preguntó ella.

—No, dejé mi trabajo cuando nació el pequeño para dedicarme en cuerpo y alma a mi familia.

—¡Oh! Me das mucha envidia. Tiene que ser precioso levantarte por la mañana y que dos pares de ojos te miren como si fueras lo más grande de su vida. Que en realidad lo eres. Yo no he sido madre, renuncié a ello por mi carrera profesional, y hay días que me arrepiento…

Eso me dijo. Y hablaba en serio. Fue en ese preciso instante cuando me di cuenta de que el ser humano es caprichoso. Nunca estamos contentos con lo que hemos conseguido. Yo la escuchaba hablar de viajes, de Roma, de Paris, de dinero, de compras, y pensaba que era la persona más afortunada del mundo, que ojalá mi vida hubiera tirado por ese camino.

Sin embrago, ella, hermosa, elegante, forrada, me envidia a mí, que voy con ropa del mercadillo y despeinada, porque tengo un marido y unos hijos que me idolatran.

Seguimos hablando un rato más. Ella me contó que hay días en los que se pregunta si ha sacrificado demasiado por su carrera. Yo le confesé que hay momentos en los que siento que me he perdido a mí misma entre pañales, rutinas y listas de la compra.

Pagamos la cuenta y salimos a la calle. En la puerta de la cafetería nos dimos un largo y sincero abrazo.

—No dejemos que pasen otros diez años —dijo.

Mientras caminaba hacia casa, entendí algo que no había sabido poner en palabras hasta ese momento. No es que una tuviera la vida que la otra quería. Las dos habíamos construido vidas distintas… y ambas tenían sobras y luces.

Yo envidiaba su libertad, su independencia, sus logros. Ella envidiaba mi caos lleno de amor, mi familia.

Si de algo me he dado cuenta es de que no se puede tenerlo todo en esta vida, y que siempre vas a echar de menos lo que no tienes. Pero hay que valorar lo que has conseguido y ser feliz.

A la mañana siguiente, mientras intentaba hacer mis necesidades en soledad, mi hijo pequeño entró en el baño y me abrazó. No pude evitar emocionarme. Creo que hasta se me cayó una lagrimita.

Y por primera vez en mucho tiempo, no pensé en todo lo que me faltaba. Pensé en todo lo que tenía.