Llevaba ocho meses con Diego cuando fui por primera vez a una comida familiar en su casa.

Nos habíamos conocido en el cumpleaños de una amiga en común. Yo tenía 21 años y él 25, trabajaba con el novio de mi amiga. Yo me fijé en él desde el primer día, siempre me habían gustado los chicos mayores que yo.

En pocas semanas ya estábamos juntos. Nuestra relación era perfecta: nos queríamos mucho, nos entendíamos a la perfección, nunca discutíamos. A pesar de mi juventud, yo sentía que estaba enamorada y que quería pasar el resto de mi vida con él.

Cuando me dijo que quería que conociera a su familia, sentí que era un paso importante, una señal de que las cosas iban en serio. Aprovechamos las fiestas navideñas para hacer las presentaciones oficiales y el día de Navidad, sus padres me invitaron a merendar.

El recibimiento fue súper cálido. Su madre me abrazó como si ya fuera parte de la familia. Su padre me miraba con orgullo, sus ojos expresaban su satisfacción por la elección de su hijo. Desde el primer momento me sentí súper a gusto en aquella casa.

Al principio estábamos nosotros y sus padres, esperábamos a su hermano y a su cuñada que estaban al llegar. Cuando Álvaro, el hermano mayor de Diego, entró por la puerta y lo vi por primera vez, algo se sacudió dentro de mí.

 

Álvaro era el tipo de hombre que siempre me había llamado la atención. Alto, seguro de sí mismo, y con una sonrisa que iluminaba la habitación. Se parecía mucho a su hermano, pero con ese toque de madurez que dan los seis años de más que le sacaba.

Foto de Pexels
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Con él venía su mujer. Era hermosa y elegante. Venía vestida con un traje de chaqueta gris y unos zapatos de tacón. El pelo, perfecto. No sé por qué en ese momento pensé “jamás la dejaría por mí”. Me sonrojé. Me dio mucha vergüenza eso que se me acababa de pasar por la cabeza. Acababa de conocer a ese hombre, que era el hermano de mi novio, además casado, y de manera inconsciente había deseado estar con él.

La tarde fue bien. Todos se volcaron conmigo, querían caerme bien: me hacían bromas, me contaban anécdotas, me hablaban de las bondades de Diego. Y yo sólo podía mirar, casi sin parpadear, a su hermano mayor…

Los días pasaron, y me obsesioné con Álvaro. Empecé a sugerir a Diego que quedáramos con él y su mujer, que me habían caído muy bien. Pero, al parecer, los dos hermanos nunca se habían llevado del todo bien. Se querían, porque eran familia y tenían que quererse, pero eran muy distintos.

Mientras Diego era tímido y comedido, Álvaro era extrovertido, inteligente y atractivo.

El caso es que, con el paso de los meses, en las reuniones familiares, empecé a notar cosas. Álvaro era cada vez más simpático conmigo, notaba miradas, bromas fuera de tono, y me abrazaba y tocaba mucho. Yo me convencí de que eran imaginaciones mías, que él sólo trataba de ser agradable porque, al fin y al cabo, era la novia de su hermano.

Pero llegó el verano, y en agosto coincidimos todos en la casa de la playa: sus padres, nosotros dos, Álvaro y su mujer. Verlo en bañador fue demoledor. No sólo era carismático y divertido, además tenía un cuerpazo.

La última noche hicimos una cena especial, bebimos, más de la cuenta, y lo pasamos genial los seis. Pero a la hora de dormir, todos se fueron yendo a la cama hasta quedarnos solos Álvaro y yo.

Nos servimos otra copa de vino y salimos al porche a charlar. No sé muy bien que pasó, como os digo, el alcohol había hecho efecto en mí, sólo sé que de repente, sus labios se encontraron con los míos. Fueron unos besos, nada más, pero besar a Álvaro fue mucho más excitante que cualquier acto sexual que yo hubiera hecho ya con su hermano.

 

A la mañana siguiente volvíamos a casa. Pensé que aquello se iba a quedar en una anécdota, pero pocos días después, empezó a mandarme mensajes por WhatsApp.

Pasamos del “me encantó besarte” al “necesito poseerte” en pocos mensajes. Al final quedamos directamente en un hotel y fue el sexo más alucinante de mi vida.

Los encuentros con Álvaro continuaron. Hasta nos llegamos a escapar un fin de semana juntos a otra ciudad. Para mí era más sencillo, yo aún vivía con mis padres, con decirles a ellos y a Diego que me iba con amigas era suficiente. Pero él estaba casado, mentir a su mujer y que no sospechase nada empezaba a ser complicado.

Un buen día, tras meses de citas a escondidas y alguna que otra escapada, me dio la peor noticia del mundo. Su mujer estaba embarazada. Aquello fue como si me arrancaran el corazón. Me dijo que esteraban a su primer hijo, iban a ser una familia y que debíamos dejar de vernos.

En el fondo siempre supe que esto tendría un final, desde el primer momento en que los vi juntos, ya sabía que no dejaría a su mujer por mí. Y así fue. Yo era diez años menor que él, aún estaba estudiando y, aunque era mona, no me podía comparar. Su mujer era espectacular, bella por dentro y por fuera, y encajaba perfectamente con su estilo de vida.

Les desee lo mejor. Dejamos de quedar. Bloqueé su número de WhatsApp. Pero había un pequeño problema, mi novio era su hermano, y si continuaba con él tendría que seguir viendo a Álvaro en momentos puntuales y reuniones familiares.

Así que decidí dejar a Diego. Es muy fuerte, lo sé. Dejé a Diego porque me mataba seguir viendo a Álvaro. No quería estar presente cuando se convirtiera en padre y verlo feliz con su recién estrenada familia. Yo a Diego lo quería, pero me había enamorado perdidamente de su hermano.

No le dije a Diego el verdadero motivo de nuestra ruptura, simplemente le dije que necesitaba buscarme, que no tenía claro lo que quería. Que no era por él, que él era una persona maravillosa, pero que no podía seguir con lo nuestro.

No volvía a verlos. Diego ni siquiera intentó volver conmigo, como pensé que haría. Me enteré de que Álvaro había sido padre de un niño, pero no quise saber mucho más. No sé si Diego o la mujer de Álvaro se llegaron a enterar en algún momento de lo nuestro. Supongo que no.

Yo me quedé rota de dolor. Me costó mucho salir de aquel agujero. Al final me había enamorado de un hombre casado que, aunque creo que me correspondía, no iba a dejar su vida por mí.

A veces, cuando estoy sola, pienso en Álvaro. Me pregunto si alguna vez me recuerda, si siente el mismo vacío que yo cuando piensa en lo que podría haber sido. Pero también sé que la vida sigue, y que hay heridas que, aunque no desaparecen por completo, aprendes a llevar con dignidad.

 

 

Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.