Tenía 46 años y dejó tres niñas. Un cáncer. Nunca bebió, ni fumó, llevaba una vida super sana… pero le tocó el páncreas y ahí se acabó todo. No es que yo sea especialmente religiosa, pero el cura que le dio los últimos óleos también habló conmigo “cuando esto le sucede a una persona tan joven, tienes la sensación de que la vida te ha estafado”, me dijo. Él había perdido a su hermana menor cuando la chica apenas tenía 16 años. “Ella no querría que tú murieses con ella. Querría que tú vivieses todo lo que ella no pudo. Hazlo. Y siéntete bien por hacerlo”. 

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Se decía muy fácil. Durante semanas no salí de casa, para nada. Tenía la baja por depresión (su partida puso una piedra más sobre mi espalda) y vivía con mis padres, a quienes intentaba acompañar y “animar” -qué estúpida suena esa palabra en semejante contexto- a la vez que trataba de hacer lo mismo con mis sobrinas. Pasé los primeros días funcionando en automático para después tratar de tirar del carro del ánimo, cuando me di cuenta de que, si no lo hacía así, moriríamos todos de tristeza detrás. Era el hombro donde padres y niños podían llorar, que siempre tenía una palabra de consuelo, los brazos abiertos y la escucha atenta a todo cuanto quisieran contarme, ya fueran sentimientos o maldiciones. Mientras tanto, yo me escondía por las noches en mi cuarto a llorar tan silenciosamente como podía porque, claro, yo estaba para ofrecer consuelo, no para pedirlo. Mi deber era ayudar, no podía ser yo quien pidiese ayuda a mis padres que estaban destrozados, ni menos a unas niñas que la mayor tenía ocho años y ahora sólo nos tenían a nosotros. Rara era la noche que lograba dormir sin vomitar, porque los sollozos acababan por producirme ese efecto. 

Mis amigos me visitaron, me sacaron de casa y fueron el apoyo que no podía pedir a mi familia (quien diga que los amigos no son familia, es imbécil), gracias a ellos pude ir dando pasos hacia delante, tan necesarios para mí como para quienes me rodeaban. Y apenas dos meses  después de su partida, dijeron de organizar la fiesta de Halloween, como hacíamos todos los años. En un principio pensé que no tenía cuerpo para fiestas, pero casi en el acto me dije “sí que lo tengo. Y voy a desfasar como nunca”. 

Siempre he sido una persona muy prudente para beber o cualquier tóxico más o menos legal, me daban un respeto inmenso. Esa noche previne a mis amigos que venía dispuesta a pasarme de la raya. Lo habían supuesto. Comí pasteles de “chocolate”, me dejaron beber y fumar cuanto quise, se me trabó la lengua, canté La Ramona, reí hasta que me dolió el estómago,…  hasta que, por primera vez en meses, vomité alcohol y risas en lugar de desesperación y llanto. 

A la mañana siguiente, después de beber mucha agua, un desayuno fuerte y un analgésico, me sentí mejor. No bien, el duelo no desaparece así, pero mejor. “Por eso el alcohol tiene tantos fans”, me dijo uno de mis amigos “es como la tila emocional. Tienes un entripado, te tomas una tilita, y así lo echas todo y duermes como un rey. Tienes algo atravesado en el corazón, te tomas un par de copazos, y así lo echas todo y duermes como un rey”. También me dijo que sólo servía para esa vez, que no había que convertirlo en costumbre, claro. No, no lo convertí en costumbre. De hecho, lo pienso a día de hoy y creo que sin duda habría otras maneras más positivas y menos tóxicas de hallar algún consuelo que coger un melocotón como un piano. Pero me sirvió. Vaya si me sirvió. 

Delice.