Poco se habla de que un día eres joven y al otro tienes la agenda repleta de cumpleaños infantiles. Llega un momento en el que planes tuyos tienes alguno, pero el noventa por ciento restante, son de tus hijos. Lo cual es directamente proporcional al número de hijos que tengas, claro.

Suena el WhatsApp y hay una invitación de cumpleaños. Ay, Dios mío. Tiene su cosa. Porque si invitan a tu niño o niña, es un coñazo, pero si te enteras que hay algún cumple cercano y no los han invitado, también te rallas y piensas que pobrecito tu peque que se ha quedado fuera. Es muy bipolar la cosa.

Después, regalo si o si, con lo que implica de gasto y sobre todo de comerse el tarro. Yo en los tres primeros años de infantil, lo vi claro. Las primeras veces, de novata, me compliqué la vida. Después me di cuenta de que en Carrefour vendían unas Barbies básicas a muy buen precio y me di cuenta de que cada equis las ponían en 3 x 2. El plan no tenía fisuras, las niñas encantadas y mi hija también. Y yo poco gasto y menos complicación. Cada vez que ponían la muñeca en 3×2 allá que iba la doña a comprar unas pocas. No sé la de muñecas iguales que regaló mi hija, a todo el curso de 3 años, creo. Ya no les hacía falta ni romper el papel de regalo para saberlo. 

Para los niños, algo parecido, un juego famoso de cartas que les gusta a los chiquillos y también igual para todo quisqui. En 4 años les tocó a los Pin y Pon. Y Pin y Pon para todas, ¿qué es eso de un regalo personalizado para 24 niñas? Ni que tuviese tiempo. 

En cuanto a la fiesta en sí, están los padres que llegan, dejan a los hijos y se piran. Esos son los más listos. Los recogen a las tres horas y se quitan ese rato del medio, pero he de confesar que no soy yo de irme, porque de momento no son tan mayores y me da cosa. Después lo pienso y mi madre no ha venido en la vida a un cumpleaños conmigo, quizás porque se hacían en casa de la vecina con cuatro amiguitos. En cambio, nuestra generación tiene un máster en cumples infantiles.  

Hay algunos más entretenidos que otros, sobre todo si van madres o padres con los que tienes trato y al final te tomas un refresco con ellos y charlas un poco. Otras veces en cambio estás allí con cara de culo más sola que la una mientras que los niños saltan en las camas elásticas o juegan en las bolas.

Eso sí, también se da la vertiente del cumpleaños fantasma, que ese es un dolor. Un día llega tu hijo y te dice que hoy es el cumple de Pepito, que Pepito le ha dicho que lo ha invitado, pero tu sabes que a ti su madre, que la muy hija de puta te ve todos los días en la puerta, no te ha dicho nada. Con lo que te toca hacerle entender a tu peque que no, que aquí los que parten el bacalao son las madres y los padres y que para ir a un cumple hace falta que nos haya invitado un adulto. 

Y poco se habla de que a veces son mini comuniones con su photocall, sus animadores y sus pintacaras.

En fin, que no. Que hay que volver a instaurar el cumpleaños en casa con sándwiches, tres amiguitos y chimpún, que bastantes cosas llevamos encima las madres como para tanta historia.