Un fantasma voyeur
Siempre he sido una persona con una sensibilidad muy aguda. Noto cambios de presión, de humedad, hormonales o de estado de ánimos en otras personas antes de que éstas sean conscientes. Y alguna que otra vez tengo la sensación de estar acompañada, aunque esté sola.
Mi abuela siempre me había dicho que yo era idéntica a su abuela, tanto en el físico como en el carácter. Y que seguramente también había heredado su don, aunque aún no se me había manifestado abiertamente del todo y yo no sabía de lo que era capaz de hacer. ¿Adivináis? Sí, mi tatarabuela era médium. La médium de la zona. Muy famosa en su época, por lo visto. Yo no creo en estas cosas, así que cuando mi abuela me hablaba de ella y de mis “síntomas”, yo callaba por educación.
De vez en cuando quedamos con los amigos para pasar findes rurales. Alquilamos una casita en el campo, hacemos excursiones, convivimos en buena harmonía, porque nos queremos un montón, y comemos, bebemos y reímos hasta decir basta.
Ok, pues, toca finde rural. Yo llevaba unos días que no me hallaba. ¿Sabes como Santa Teresa de Jesús? ¿Vivo sin vivir en mí? Pues un poquito así. En resumen, estaba necesitada de estar con mi gente, mi colchón de vida, mi zona de confort, la familia que yo elegí. Sabía que, estando con ellos, se me pasaría todo.
La primera noche decidimos cenar barbacoa. Ya estábamos acabando de comer y habían caído unos cuantos litros de cervezas y cava para ahogar las penas, así que la cabeza no estaba excesivamente clara y la vejiga bastante llena. Cuando estuve segura de que ya no aguantaba más y de que no me podía levantar con dignidad y llegar hasta el cuarto de baño más cercano, pedí ayuda a mis amigas. Como soy de gran envergadura, dos ellas de se ofrecieron a acompañarme. Una me cogió de un brazo, la otra del otro, y vamos que nos vamos.
Después de algún que otro traspiés, y dada mi urgencia, decidieron llevarme al lavabo de la primera habitación al lado de la entrada, en la que había dos pre-adolescentes durmiendo. Para no molestar, decidí no abrir la luz del cuarto de baño. Mis amigas me preguntaron si me podían dejar sola y yo les dije que sí, que yo controlo tías, que tampoco voy tan mal. Ellas decidieron quedarse al otro lado de la puerta, por si oían ruidos de precipitación y tenían que entrar a levantarme del suelo.
Consigo llegar al inodoro, bajarme pantalón y bragas y sentarme. Empiezo a vaciar mi vejiga con enorme alivio. De repente, me parece notar una presencia. Se me escapa un peo. Digo uy, en voz un poco alta. Mis amigas al otro lado de la puerta, se empiezan a reír bajito. No, no es sólo una presencia. Son dos. Se me escapa otro peo y vuelvo a decir uy. Mis amigas, descojonadas, me preguntan si todo va bien.
Yo no quiero confesar lo que estoy notando así que digo que sí. Sigo meando, pero ahora creo ver dos pares de ojos que me están mirando. Otro peo. Otro uy. A ver si los peos son que me estoy cagando de miedo literal.
¿Tendrá razón mi abuela? ¿Seré yo médium también como mi tatarabuela? ¿Era eso lo que me pasaba estos días, que me notaba rara, diferente? ¿Qué se me estaba despertando de una vez por todas mi poder en todo su esplendor y es hoy, justo ahora, meando y con una papa importante, cuando voy a experimentar mi primera aparición?
Otro peo. Otro uy.
Chicas, no os quiero preocupar, les digo susurrando.
¿Te has caído?
No.
¿Tenemos que entrar a subirte las bragas?
Eeehh, no.
¿Qué te pasa?
¿Sabéis los que os conté de mi tatarabuela?
¿Que era médium?
Sí, y que mi abuela cree que yo también lo soy.
Sí.
Creo que lo soy.
¿Qué dices?
Que lo soy, tías, que no estoy sola, que aquí dentro hay alguien. Y creo que les gusta mirarme hacer pipí. No sé por qué.
Estás borracha.
Que no, que no, que lo soy. Que me están vigilando.
A ver, ¿has acabo ya? Vamos a entrar.
Abren la puerta sin hacer mucho ruido. Me ven, sentada en el wáter, señalando una esquina.
Ahí, tías, ahí hay dos presencias.
¿Qué estás diciendo?
Y abren la luz.
Aún puedo oír sus risas, que irremediablemente despertaron a las pre-adolescentes, después de tantos años.
En una esquina del cuarto de baño, encarados hacia el inodoro (vete tú a saber por qué) había dos figuras de dos enanitos barrigones horrendos (vaya gusto decorativo el de la dueña de la casa rural), “mirándome”.
No, por ahora siguen sin despertarse mis súper poderes. Gracias a Dios. Para qué nos vamos a engañar.
Morticia Adams

