Hace poco tiempo pasé uno de los momentos más bochornosos para mí rodeada de familias de amigos y amigas de mis hijos.
Estaba esperando la llegada de mis niños y un papá se me acercó a preguntar si tardarían mucho en llegar y, sin que tuviera nada que ver con mi respuesta, me empezó a hablar de su trabajo.
La conversación fue algo así como:
Yo: –No creo que tarden, deberían de estar aquí en cinco o diez minutos.
Él: – Si, eso como en mi trabajo, que se suponen muchas cosas pero luego no son.
Y con esa introducción que no venía a cuento de nada, me empezó a contar que trabajaba en una empresa desde hacía poco tiempo, exactamente desde que su mujer lo había dejado, y que en la empresa en la que trabajaba antes estaba mucho más contento, pero que ahora los horarios eran incompatibles con la custodia compartida de los niños.

Me dijo que donde trabajaba antes estaba menos estresado (supongo que el no hacerse cargo de los niños más que los domingos que libraba tenía algo que ver también), que las tareas eran más de su gusto y en esta nueva se sentía más encasillado. Pero, a pesar de eso, aunque pudiera volver a su antiguo empleo, no lo haría, por algo más que obvio. La gerencia había cambiado y entonces me miró (pero obviamente no vio mi cara porque si no no seguiría hablando) y me dijo “Ahora tienen una nueva jefa, y ya se sabe, cuando manda una mujer se va todo a la mierda”. Y con una risotada y un codazo, como si fuera yo su amigote del bar, siguió su argumento.
Me dijo que aquella nueva jefa estaba llevando la empresa a la ruina, que tenía ahora mucho más personal a su cargo, se veía que necesitaba más ayuda para compensar sus deficiencias como mujer. Yo, que estaba con mi madre, la miré incrédula de lo que nos estaba pasando, ella se dio la vuelta porque, según me dijo más tarde, mis caras eran tan expresivas que le estaba dando la risa. Yo, sin querer oír más de aquella basura, con la misma falta de educación que él me estaba mostrando, me di la vuelta dándole totalmente la espalda y me dirigí a una chica que estaba detrás de mí diciendo que la chavalada se retrasaría en su llegada.

Me giré a decirle a mi madre que todavía tardarían en llegar y aquel señor, al que acababa de dejar con la palabra en la boca, parecía no haber entendido mi mensaje, así que volvió a la carga.
-“Se retrasan un poco, parece. Y yo aquí, y eso que no me toca a mí estar con ellos”.- Y entonces empezó la segunda parte de aquella conversación que yo no había pedido. Me empezó a contar cómo ayudaba a su ex cuando le tocaba estar con los niños y cómo, sin embargo, cuando él se presentaba en su casa a verlos sin avisar ella lo amenazaba con denunciarlo. Porque “ya sabes cómo son las mujeres ahora, que a la mínima que le sigues el juego, te denuncian”. Mi boca se abrió de un palmo, mi madre soltó una carcajada sin disimular ni un poco y, sin mirarle a la cara, dije “Nos vamos de aquí”.

Me alejé de aquel lugar un poco, dirigiéndome a una cafetería que había en una esquina para esperar allí a una amiga. Nos habían informado ya oficialmente que tardarían 20 minutos en llegar y no iba a pasar ese tiempo aguantando a aquel orangután. Vi cómo se acercaba a la chica que estaba detrás de mí. Ella le habló con gesto amable y, a los dos minutos vi cómo si gesto se modificaba entre la incredulidad y el asco. A saber qué le estaría diciendo.
Poco tiempo después coincidí con un papá que lo conocía. Me contó que de siempre había pasado de los niños, que su ex tenía más cuernos que un ciervo adulto y que además, había serios rumores de vecinos de que no la trataba muy bien el poco tiempo que pasaba en casa. Ella se cansó y se separó.
Ahora se pasa la vida contando a todo el mundo los sacrificios que tuvo que hacer por sus hijos y cómo su ex lo dejó sin previo aviso amenazando con cosas que no tenían sentido, solo que las mujeres de ahora ya no aguantamos como hacían nuestras abuelas, que sí eran mujeres de verdad.

No voy a hacer más comentarios al respecto. Me quedo con la parte en la que mi madre le contaba a mi marido y a mis hermanos días más tarde cómo el tío impertinente, machirulo asqueroso, no paraba de vomitar patriarcado a borbotones y las caras que se me ponían a mí por no querer discutir. La tía se meaba de risa diciendo que parecía que se me saldrían los ojos de las órbitas y que vio cómo me mordí la lengua a pesar del veneno que con ello estaba tragando.
Porque no me importa hablar y discutir con alguien que tiene respeto y la mente medio abierta, pero me niego a intercambiar ni medio argumento con un cromañón.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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