Voy a empezar fuerte: he sido mamá helicóptero.

No siempre. No de forma permanente. Pero sí he sobrevolado. Y lo peor es que lo he hecho con buena intención. Que es como empiezan todas las historias peligrosas.

Tengo dos criaturas universitarias y, además, soy profesora asociada. Es decir: vivo el fenómeno desde los dos lados. Desde el “mamá, me ha ido fatal” y desde el “Buenos días, soy la madre de…”. Y creedme, cuando un correo empieza así, el profesor ya sabe que no es una duda. Es una misión diplomática.

El fenómeno suele concentrarse en primero de carrera. Ese año en el que nuestros hijos, que ayer aún olvidaban el tupper en casa, de repente se convierten en “adultos autónomos” que viven en pisos compartidos donde nadie sabe muy bien de quién es la sartén. Es el año del vértigo y también, digámoslo sin drama, del primer gran error: muchos se matriculan en algo que luego descubren que no les convence. Lo eligieron con diecisiete años, entre notas de corte, orientación dudosa y un “esto tiene más salidas”. Y a los pocos meses dicen: “Creo que esto no es lo mío”.

Y ahí estamos nosotras, con el Excel mental abierto.

—¿Cómo que no es lo tuyo?
—¿Pero si siempre te había gustado?
—¿Y ahora qué hacemos con la matrícula?

Respira. Cambiar de carrera no es un fracaso. Es información. Es ajustar el rumbo con datos reales. Pero, para una madre protectora, suena a terremoto académico.

Yo, como profesora, he visto la otra cara: madres preguntando si se puede “revisar” una nota, si el trabajo realmente pesa tanto, si el examen no podría valorarse de otra manera. Y no lo hacen por maldad. Lo hacen por amor. Pero hay un momento en que el amor necesita aterrizar.

Porque la universidad no es solo para aprender contenidos. Es para aprender a elegir mal, a suspender, a cambiar de opinión, a descubrir que aquello que parecía perfecto no encaja contigo. Y eso también es crecimiento.

Las madres solemos ser protectoras por naturaleza. Detectamos el peligro antes de que exista. Queremos evitar la frustración. Durante años, eso ha sido imprescindible. Pero llega un momento en que evitarles toda caída empieza a impedirles aprender a levantarse.

Y aquí viene la parte incómoda: a veces intervenir demasiado no les protege; nos tranquiliza a nosotras. Escribimos el correo, hacemos la llamada, revisamos el plan docente, y durante diez minutos sentimos que volvemos a tener el control. Hasta que recordamos que no va de nosotras.

Yo también he tenido mensajes escritos y no enviados. He cerrado pestañas de cambio de carrera. He dicho: “Habla tú con el profesor”. Y luego me he sentado sobre mis propias manos para no intervenir. No es fácil.

Sobre todo cuando tu hijo pequeño te cuenta que no se relaciona con casi nadie del curso. Bueno… con casi nadie no. Se relaciona con un par de personas. Y ha formado un grupo de trabajo absolutamente random.

En ese grupo está él; una chica china que va con el traductor del móvil porque no entiende español; la amiga de la chica china, con la que también se comunican a través del traductor; una compañera diez años mayor que él, que cursa la misma carrera como segunda titulación en su currículum y que le trae croissants de la panadería donde trabaja; y un señor —porque no encuentro otra palabra— que lleva un maletín de madera.

 

Todo muy estándar. Todo muy tranquilizador para una madre equilibrada.

Cuando me lo contó, mi helicóptero interior arrancó motores. ¿Ese es su grupo? ¿De verdad? ¿No había nadie “normal”? ¿Alguien que no organizara el trabajo final con Google Translate y bollería industrial de apoyo emocional?

Y, sin embargo, ahí está él. Tan tranquilo. Encajando en su microecosistema improbable. Gestionando conversaciones multilingües y croissants estratégicos como si nada.

Y yo, desde tierra, respirando. Recordándome que lo extraño no es necesariamente un problema. Que lo diferente no es un error. Que quizá ese grupo tan poco normativo es exactamente el que tiene que ser.

Porque cuando no intervenimos, cuando confiamos un poco más de lo que controlamos, pasan cosas sorprendentes. Hablan con el profesor. Buscan soluciones. Cambian de carrera. Se reorganizan. Espabilan.

Y vuelven a casa diciendo: “Ya lo he resuelto”. Ese momento compensa todas las ganas de sobrevolar.

No se trata de desaparecer. Si hay angustia real, bloqueo serio o señales de que algo no va bien, claro que estamos. Siempre estaremos. Somos madres, no espectadores.

Pero si solo es el vértigo natural de crecer, quizá podamos apagar un poco las hélices. Sobre todo en primero. Que prueben, que se equivoquen, que cambien de rumbo. No se hunde el mundo. Se afina el mapa.

Así que sí, confieso: he sobrevolado. He tenido el correo abierto. He escrito el asunto. Lo he releído. Incluso he añadido un “solo es una duda rápida” que todas sabemos que nunca es solo una duda. Y luego lo he borrado.

Porque estoy aprendiendo que no todo lo que me inquieta necesita intervención. Que a veces lo que para mí es “situación alarmante” para ellos es simplemente “vida”. Que un grupo de trabajo con traductor simultáneo, croissants estratégicos y un señor con maletín de madera no es una amenaza académica, sino una experiencia universitaria bastante más interesante que la mía.

Estoy aprendiendo que primero de carrera no es una línea recta, es un ensayo general. Que cambiar de estudios no es hundirse, es recolocar el timón. Que sentirse un poco perdido es casi obligatorio si quieres encontrarte.

Y que nuestra función, cuando ya han despegado, no es pilotar desde la torre de control. Es estar en tierra. Disponibles. Atentas. Pero con las hélices apagadas.

Porque sí, por naturaleza somos protectoras. Y menos mal. Pero también somos capaces de algo todavía más difícil: confiar. Confiar en que podrán espabilarse. Y si no pueden, entonces sí, les damos indicaciones. Pero no antes.

Dejadles probar. Dejadles equivocarse. Dejadles formar grupos extraños. Dejadles cambiar de carrera. Dejadles descubrir que no eran quienes pensaban ser.

Porque crecer no es un vuelo sin turbulencias. Y nosotras no necesitamos sobrevolarlo todo para quererlos bien.

Yo sigo aprendiendo a aterrizar. Y, de momento, ningún profesor asociado ha recibido un correo mío.

Eso, amigas, es evolución.

Parvaty