DE CUANDO NO LE HICE CASO A MI PADRE Y CASI LE DA UN PACHUSQUE
Andaba yo rondando los cuatro o cinco años de edad, como mucho, por aquel entonces. Siempre he sido una persona “intensita”, usando intensa como eufemismo, claramente está. Me movía bastante, saltaba como una cabritilla por todos lados y, sobre todo, hablaba. Hablaba sin parar.
Mi padre decía que era como una radio, aunque lamentablemente ni me apagaba ni me encendía cuando él quería: yo iba por libre.
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Hablaba de las cosas de la escuela, de las cosas de la no escuela, de las amigas del barrio y de las no amigas del barrio; hablaba de razas de perros, de colores de perros, de comidas de perros y de besos de perros. Aclaro que nunca habíamos tenido un perro y nunca lo íbamos a tener, pero me encantaban los perros. De hecho, ahora que soy una mujer hecha y derecha tengo dos… ¡aunque he llegado a tener hasta cuatro!
También hablaba de caballos: colores de caballos, caballos que corrían, caballos que andaban, caballos que volaban, pequeños ponis, olores de los pequeños ponis… Cómo iba a ser mi caballo, cómo se iba a llamar mi caballo, dónde tendría mi caballo. Todo sobre el mundo del caballo.
Podía preguntarte sobre el universo y el concepto de infinito, hablar sobre las montañas y los minerales, comentar lo muy tonto que me parecía el fútbol… La cosa es que hablaba sin parar. Era como una metralleta de palabras.
Mi padre temía el momento en que me recogía de la escuela y me preguntaba cómo me había ido el día, porque yo distaba mucho de ser una de esas criaturas que siempre contestan “bien” y siguen mirando por la ventanilla. O de las que, cuando los familiares les preguntan qué han hecho en el cole, responden “nada”.
Yo podía explicarte todo lo que me había pasado en esas siete horas de colegio como si de una pequeña Tolkien se tratara. Podía crearte un relato infinito, empalmando frases y conceptos sin parar, mientras sacaba la cabeza entre los asientos delanteros (¿os acordáis de la seguridad en los coches en los años ochenta, no?).
Mi señor progenitor iba contestando cosas del tipo: “Ajá”, “oh, qué bien”, “mira tú por dónde”, “¿ah, sí?”, “mmm…”. Y así hasta que llegábamos a casa.
Por las mañanas abría un ojo y, a los tres segundos, se abría mi boca. El día empezaba siempre con dos preguntas:
—¿Qué haremos hoy?
Y:- Papá, ¿sabes qué…?
Y se acababa cuando mi padre me obligaba a cerrar la luz y la boca, todo a la vez.
Por aquella época, mi padre y yo vivíamos en nuestro piso (su piso). Un piso antiguo, grande, en una gran ciudad. Allí estábamos aposentados los dos: él con su dormitorio y su estudio, y yo con mi habitación, viviendo tranquilamente. Como era un piso antiguo, a veces había cosas que se escacharraban, claro está.
Recuerdo odiar profundamente la cortina de la ducha, que me atacaba cuando me duchaba y se me pegaba al cuerpo. ¡Qué asco me daba! O el interfono, del que no se escuchaba nada cuando descolgabas; la calefacción ruidosa… esas cosas.
Un buen día mi padre se dio cuenta de que la puerta de la cocina no cerraba bien. Se había roto el mecanismo de la manilla y la puerta no cerraba. Como buen padre mañoso y con el dinero justo, decidió que una buena opción era arreglarla él mismo, así que en algún momento —estando yo en el cole— compró lo necesario.
Una tarde se armó de valor y decidió desmontar el mecanismo para instalar uno nuevo y poder cerrar la puerta de la cocina. Era la típica puerta de madera con una cristalera grande, de cristal granulado: dejaba pasar la luz, pero no veías lo que se estaba cociendo dentro.
Yo, que lo perseguía por toda la casa, me metí en la cocina con él para darle la chapa sobre algún tema inconcreto que ahora mismo no recuerdo, pero que estoy segura de que empezó con un:
—Papá, ¿sabes qué…?
Y empecé a disparar palabras.
El pobre hombre, sudando mientras desmontaba la manilla de la puerta y yo taladrándole el cerebro con mis historias, decidió encargarme un trabajo “muy importante”, tal y como me hizo saber:
—Debes vigilar que la puerta no se cierre. ¿Lo has entendido? Que no se cierre, porque si no nos quedamos encerrados. ¿Sí?
A lo que le contesté que obvio, que yo iba a vigilar que la puerta no se cerrara; que estuviera tranquilo, que yo me ocupaba de eso, que era una ayudante magnífica y que la puerta se iba a quedar abierta para que él pudiera arreglar el mecanismo de la manilla, gracias al cual podríamos volver a abrir y cerrar la puerta de la cocina, que tanto me gustaba porque el cristal estaba frío.
Todo esto sin casi respirar y pensando en lo bien que hacía mi trabajo de vigilante de puertas, mientras lo seguía hacia el tendedero que daba a la cocina.
Obviamente, creo que no hace falta que os cuente lo que pasó, ¿verdad?
Spoiler: la puerta se cerró.
¡Patapam! Corriente de aire. Puerta cerrada.
Mi padre me mira. Yo me callo. ¡ME CALLO!
Os juro que mi cerebro hiperactivo se quedó paralizado: en blanco, sin sonido, sin palabras. No os asustéis: duró unos treinta segundos. Solo hizo un reset. Se reinició.
Mi padre, blanco como la cera, me dice con esa voz que ya sabéis que parece tranquila pero que en realidad quiere decir “no te mato porque eres mi hija”:
—Has dejado que la puerta se cerrara. Nos hemos quedado encerrados en la cocina. No podemos salir.
Las palabras empiezan a amontonarse en mi pequeño cerebro parlanchín haciendo asociaciones imposibles: no tenemos teléfono, vamos a morir de hambre… ah, no, que estamos en la cocina, hay comida. De hecho, la comida está aquí. Todo controlado. Pero seguimos sin teléfono y no podemos avisar a nadie para que nos saque. Vamos a morir aquí y van a encontrar nuestros cuerpos inertes y descompuestos.
Hay una ventana. Puedo deslizarme por la ventana, bajar hasta el suelo y pedir ayuda. Ah, no, imposible: está demasiado alto. Pero papá siempre me dice que tengo voz chillona, que parezco Dolby Surround, así que puedo empezar a gritar y alguien nos va a oír. ¿Y cómo vamos a dormir, en el suelo? ¿Y si tengo pipí, dónde meo?
Aquí empiezo a mearme porque, claro, lo piensas y te entran las ganas.
Yo, en estado de mutismo excepcional, con la cabeza a doscientas revoluciones, meándome e inventando mil maneras de morir encerrados en la cocina, tenía un miedo que te cagas en las bragas a abrir la boca, porque me veía venir el broncazo de mi padre. Así que los labios se me sellaron cual momia.
Y en medio de este remolino de autodialogo poco elocuente veo que mi señor padre coge un cuchillo bien afilado y, poco a poco, va cortando la silicona que mantenía el cristal grumoso encajado en la puerta.
No sé cuánto tiempo pasó, pero creo que fue uno de los pocos momentos de mi vida en los que me mantuve quieta y callada, sin mover una ceja ni abrir la boca. Solo respiraba silenciosamente por la nariz… porque, si no, me moría.
Muy lentamente, mi señor papá saca el cristal de la puerta y… ¡oh, Dios mío, somos libres! Se abre ante mí un universo de escapatoria para no recibir la bronca del siglo.
Él deja el cristal con una delicadeza y una dulzura que a mí me parece más que impostada, porque creo que en realidad lo que quería era estampármelo en la cabeza, aunque nunca en la vida mi padre me hubiera pegado. Nunca. Gritar y resoplar, mucho. Pegar, no.
Una vez depositado el vidrio en el suelo, me mira y me dice:
—Sal por el agujero de la puerta.
En ese momento no sabía si salir cual atleta saltando vallas, si hacerlo de puntillas y medio arrastrada, o si pasar por todos los ángulos posibles de nuestra cocina cuadrada para hacerme lo más diminuta posible.
Así que finalmente opté por la dignidad.
Anduve digna pero silenciosa, respirando profundamente. Salté por dentro del marco de la puerta de la cocina con una gracia de cervatillo natural y, haciendo un gran esfuerzo por no huir, me encaminé hacia mi cuarto con millones —no, millones no: trillones, miles de millones— de palabras rebotando en mi cabeza.
Pero no abrí la boca. Y con cuatro o cinco años entendí que, en ese momento, lo último que necesitaba mi padre era que yo enchufara mi radio personal.
La verdad es que no recuerdo si hubo bronca. Ni si hubo consecuencias. Recuerdo estar unos cuantos días entrando y saliendo por el agujero de la puerta de la cocina. Me entristeció cuando volvieron a poner el vidrio granulado. Pensaba que ese agujero hacía mi casa un poquito más especial.
Nunca se volvió a hablar del tema. No se mencionó que no cumplí con mi gran deber de vigilar que no se cerrara la puerta.
A las pocas horas, mi radio volvió a encenderse y, haciendo la croqueta por la alfombra del salón-comedor, volví a mi habitual:
—Papá, ¿sabes qué…?
A lo que él siempre respondía:
—¿Qué, hija?
Y ahí ya se desconectaba de mis soliloquios, cosa que a mí me daba igual, porque, total, tenía bastante conmigo misma y con mi mismidad.
Parvaty