*Relato de una colaboradora basado en una historia real
La primera vez que oí hablar de los juguetes sexuales fue allá por los dosmiles, cuando se viralizó la noticia de que David Beckham había regalado a su mujer, Victoria, un vibrador de oro y diamantes.
Curiosamente la mayor parte de los comentarios que escuché en su día no se refirieron al dispendio económico, o a lo incómodo que puede ser usar algo metálico y con piedras incrustadas en según qué zonas, sino a que menudo complejo debía tener David para regalar un juguete sexual a su mujer: que si seguro que la tenía pequeña, que si igual no se le levantaba y en fin, lindezas falocentristas y cuñadiles de todo tipo.
A día de hoy, en pleno 2023, por suerte la mentalidad ha cambiado mucho y si bien aún hay señoros que temen ser sustituidos por el Satisfyer, lo cierto es que los juguetes sexuales cada día están más normalizados y presentes en nuestras vidas, tanto en solitario como en pareja.
Yo nunca había tenido juguetes sexuales, a excepción de una bala vibradora bastante cutre que me regalaron hace años por la compra de un lubricante; vivir con mis padres no me permitía la intimidad necesaria como para disfrutarlos, y la verdad es que mis anteriores novios, por desgracia, eran de ese tipo de hombres más preocupados por alimentar su ego mediante el sexo que por el placer mutuo.
Así, iba viendo las novedades de los distintos sex-shop, tanto físicos como online, tan cerca pero a la vez tan lejos…hasta que llegó Lucas de la mano de mi actual pareja.

Y es que no, Lucas no era una persona, nada más lejos: Lucas es una maravilla de vibrador que me regaló mi chico en uno de mis cumpleaños. Estoy segura de que lo habréis visto, o al menos algún juguete similar: tiene una parte en forma fálica que se inserta en el chumi y un apéndice más pequeño que se ajusta perfectamente al clítoris, y lo mejor es que cada una de estas partes tiene un motor independiente, lo que permite una cantidad de velocidades y variaciones de movimiento increíble. Lo ‘’malo’’ es que cuando mi pareja me lo regaló yo aún vivía en casa de mis padres, con lo cual no tenía ni dónde ni cuándo usarlo.
Así que le pedí que me hiciera el favor de guardarlo él, consternada por no poder disfrutar de mi cacharrito, ya que a pesar de ser una mujer hecha y derecha me daba un poco de miedo que mis padres o mi hermano lo encontrasen, más por el cachondeo que acarrearía por su parte que porque pudieran regañarme.
En lo que no había caído yo, queridas amigas, es en que los juguetes sexuales en pareja dan mucho juego; así, mi chico y yo empezamos a incluir a Lucas en nuestras relaciones, ya fuera en su casa, de escapada, en el asiento trasero de su coche o incluso en la bañera.
Y es que, al fin y al cabo y aunque al principio me costara verlo, había vivido toda mi vida condicionada por la imagen de mujer solterona cuya única compañía son el vino, sus gatos y el Satisfyer o cualquier otro juguete sexual, una imagen que por otro lado no tiene nada de malo pero que tanto desde medios de comunicación como desde las redes sociales se empeñan en pintar como el mayor fracaso para una mujer, la insatisfacción en todos los aspectos de su vida, y qué va, caris, para nada.

Además, y volviendo al ámbito de la pareja, el hecho de que mi novio me hubiese regalado a Lucas, siendo además de lejos el único de los novios que he tenido con el que he alcanzado la plenitud en mis relaciones sexuales, me hizo darme cuenta de otra cosa, algo que puede parecer sólo aplicable a temas de fornicio pero que yo considero que puede aplicarse a la vida en general: un hombre que te regala un juguete sexual es, en primer lugar, un hombre seguro de sí mismo, y en segundo lugar, una persona a quien le importas.
Porque si no teme ser sustituido por un juguete no va a temer ser sustituido por nadie, ni va a sentirse amenazado porque disfrutes de tu sexualidad sin él, eso por un lado; por otro, porque un hombre que se preocupa por tu placer sexual, por norma general, se preocupa también de tu bienestar, te escucha y te tiene en cuenta.
Cabe señalar que después de Lucas llegaron más juguetes, nuevas fantasías, mil y una maneras de disfrutar juntos y, sobre todo, la liberación de un montón de prejuicios y tabúes que de manera inconsciente habían condicionado mi manera de vivir mi sexualidad.
Y tras cinco años de relación y casi un año viviendo juntos puedo confirmar que, una persona que te escucha y te cuida en la cama, lo hace también en la vida.