Yo siempre he sido una espíritu libre: he salido, he entrado, he viajado, estudié la carrera que yo elegí, he estado con quien he querido y nunca me importó lo que me dijeran los demás. Hasta que me convertí en madre, entonces empecé a ver como todo lo que hacía era puesto en duda.

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Da igual lo que hagas por tus hijos, siempre estará mal hecho. Si das biberón, deberías dar teta; se haces colecho, el niño debería dormir solo en su cuna; si trabajas fuera de casa, deberías estar más horas con tu hijo, que te lo está criando la abuela o la guardería.

Pero si hay una cosa por lo que más he sido juzgada y sentenciada, fue por dejar de trabajar para quedarme en casa con mis hijos.

Soy madre de dos niños y ahora mismo no trabajo fuera de casa. Cuando nació mi segundo hijo, mi marido y yo nos sentamos a hablar. Hicimos números, valoramos horarios, conciliación, cansancio y salud mental. Y decidimos que lo mejor para nuestra familia era que yo dejara mi trabajo y me quedara en casa. Una temporada, quizás hasta que los niños fueran más grandes, no se sabe.

No fue una decisión impulsiva, fue meditada. No fue porque me apeteciera “vivir del cuento”, cómo me han llegado a decir. Pero no contábamos con ayuda de nadie, y para pagar a alguien que se encargara de mis hijo, prefería encargarme yo.

Tengo que reconocer que mi trabajo no me gustaba, no era el trabajo de mis sueños. Había un ambiente tóxico, muchas veces me obligaba a ir sin ganas. Así que dejarlo fue un alivio. Pero no por eso soy una vaga que no quiere trabajar o una inútil, como, repito, me han llegado a llamar…

Sí, me han llamado vaga e inútil. Gente de mi entorno. Se pensarán que me paso la mañana tumbada en el sofá, o tomando café en el bar, mientras mis hijos están en el colegio o mi marido trabaja.

“Mantenida” es otro de los adjetivos que me ponen.

Sí, mi marido trabaja sus ocho horas diarias fuera de casa, a veces son diez. Y yo no. No aporto un sueldo a la economía familiar. Pero aporto mi trabajo como madre y ama de casa.

Soy yo quien se levanta cada mañana para preparar desayunos, mochilas y llevar a los niños al cole. Mi marido llega del trabajo y ya está la casa recogida, los niños duchados y la cena lista. Así que lo de ser una vaga, como que no… Mantenida puede, por la sencilla razón de que no tengo ingresos, pero vaga, nunca.

– Yo jamás dependería económicamente de un hombre. – Me soltó un día una amiga – Pero yo no te juzgo, cada uno hace lo que quiere.

Pues con esa bonita frase ya me estás juzgando, querida. Disfrazando tu comentario de opinión, denota una superioridad moral por tu parte. Así que no me digas que no me juzgas, porque sí que lo haces.

Se nos llena la boca de feminismo y de lucha de la mujer, sin darnos cuenta de que se nos ha vendido la moto. Los sueldos entre hombres y mujeres siguen siendo desiguales, los altos cargos los siguen ocupando los hombres. Al final, acabamos siempre renunciando las mujeres cuando llega la maternidad.

Si en el momento de plantearnos formar una familia, mi marido hubiera tenido un trabajo de mierda, y yo hubiera sido jefa, pues a lo mejor habría sido él quien habría dejado de trabajar. Pero las circunstancias me lo ponían a mí más fácil para dejar mi trabajo.

Otra me dijo una vez que cómo mi marido me deje a ver qué hago…

¿Y por qué me va a dejar? Que, oye, en esta vida no se puede poner la mana en le fuego por nadie. Pero a día de hoy nos queremos, somos felices, y mi marido es una buena persona que valora el trabajo que estoy haciendo por él y por mis hijos.

Si, por él también. Porque si yo no hubiera dejado de trabajar, quizás él habría tenido que pedir una reducción de jornada para poder acoplar horarios y encargarnos de nuestros hijos.

Yo le brindé la oportunidad de seguir creciendo en tu empresa, de desarrollarse profesionalmente. Renunciando yo a mi vida laboral. Esa a la que quizás, cuando quiera volver, no pueda, porque estar fuera del mercado unos años te penaliza para las empresas. Y todo esto lo valoré, pero prioricé el bienestar de mis hijos.

Y mi frase favorita: “Ojalá yo también pudiera estar sin hacer nada.”

¿No hacer nada? De verdad me fascina esa frase. Porque me encantaría saber en qué momento exacto la gente decidió que criar hijos, llevar una casa y sostener el día a día de una familia es “no hacer nada”. Te lo sueltan así, como si su propia naturaleza les impidiera quedarse en casa, como si les picara el cuerpo por estar con sus hijos.

Yo dejé de trabajar para ocuparme de sus hijos, pero hay otras que prefieren echar horas extra con tal de estar más tiempo fuera de casa. Hay muchos tipos de maternidad, yo no juzgo. Pero entonces no me hables como si yo fuera una floja.

Bastante difícil es ya criar hijos como para encima soportar juicios constantes sobre cualquier decisión que tomes. Recuerda esto: lo estás haciendo bien. Y si un día te equivocas, pues rectificas, y no pasa nada.