Voy a cumplir treinta y cinco años. No sé cómo he llegado hasta aquí ni en qué momento han pasado décadas sin que me haya dado apenas cuenta.

Recuerdo cuando tenía doce, quince, veinte años, y me imaginaba mi vida pasados los treinta. Con pareja, claro. Viviendo los dos en una casa luminosa y acogedora. Los dos siendo escritores, seguramente. Una vida perfecta, como la que nos enseñaban las series y las películas.

Cuando recuerdo estos castillos en el aire que me hacía, o me echo a reír o a llorar, en función del momento del ciclo menstrual en el que esté.

Porque no hay novio. Ni casa. Ni carrera exitosa. Ni vida perfecta. No hay nada de eso, a pesar de que pensaba que estaba dando los pasos que tenía que dar para hacer realidad esas ilusiones.

Así que ahora, con casi treinta y cinco, sigo viviendo con mis padres y soportando frases de mi entorno como “no sé cómo puedes seguir ahí” o “madre mía, jamás pensé que te iría así de mal”. Pues, ¿sabéis qué? Que sí, me da un poco de vergüenza seguir viviendo con ellos, pero gracias a eso he aprendido a valorar todo esto:

  • Tus padres te juzgan, pero en realidad no. Ellos sólo quieren que seas la mejor persona posible y que sólo te pasen cosas buenas. Por eso, sí, juzgan cada decisión que tomas y suelen fijarse en lo menos bueno… Pero, en realidad, esos juicios se quedan ahí y, si te vuelves a equivocar, ellos te volverán a apoyar.

vivir con padres

  • Las cosas se hacen solas. A ver, no penséis que soy la típica gorrona que no colabora en nada. Pero debo admitir que, siempre que vuelvo del trabajo, un plato de comida me está esperando, la ropa sucia y arrugada está limpia y planchada y mi cama, hecha. No hay dinero, abrazos ni besos en el mundo que puedan pagar a una madre y un padre que se ocupan de todas estas cosas. Gracias.
  • No te desangra una hipoteca. En serio, tener una casa propia está sobrevalorado. Todo es papeleo, impuestos, reuniones de vecinos y preocupaciones. Viviendo con mis padres, que se compraron la suya cuando la vida te permitía formar una familia y tener un hogar siendo joven, puedo ahorrar bastante dinero al mes y después invertirlo en formación o en invitarlos a cenar a sitios top.
  • Os hacéis mayores juntos. Y eso da pena, pero también es precioso. A ellos les llegan los primeros achaques y ahí estás tú para ayudarlos y hacer que se lo tomen con humor. Tú por fin has madurado -no del todo, pero casi- y ya no discutes con ellos por tonterías. Entiendes que son de otra época y lo que consiguen los rifirrafes es uniros aún más.

vivir con padres

  • Estás siempre en casa. Con ellos, siempre te sientes en tu HOGAR, con mayúsculas. A lo largo de nuestra vida podemos habitar muchos espacios diferentes a los que llamamos “casa”, pero nuestra verdadera casa siempre estará allí donde estén papá y mamá.

Gracias por todo. Os quiero.