Sí, lo digo. La vida está hecha para vivir en pareja o para ser pobre como una rata. No hay más, salvo que seas sobrina de Amancio Ortega, heredera de una importante colección de arte a lo Tita Cervera o hayas sido agraciada con un Euromillones premiado. Al margen de contadas excepciones, aunque tengas un sueldo “digno” o incluso “muy digno”, NO TE LLEGA.
Parece que las personas solteras vamos encontrando poquito a poco nuestro lugar en la sociedad. Si bien antes una mujer como yo era tratada como una suerte de despojo humano que no había conseguido “agarrar” a nadie, ahora poco a poco se nos va otorgando nuestro sitio, se entienden nuestras razones, se empieza a normalizar el hecho de que existan diferentes formas de vivir, y aunque llevemos muchos años sin pareja, no se nos juzga, o al menos no como antes. Sin embargo, en la esfera de lo económico resulta harto complicado encontrar nuestro sitio.
Mi salario no es malo. Rondo los 1600 euros y tengo dos pagas extraordinarias. Soy plenamente consciente de que existen muchas personas en situaciones infinitamente peores que la mía. Sé que soy muy afortunada. Sin embargo, la idea que pretendo transmitir es que con un único sueldo todo se acaba destinando a pagos. 800 euros de hipoteca, 80 de luz, 30 de agua, 25 de gas, 75 de comunidad y un sinfín de facturas más.
Ninguna de estas facturas se reduce a la mitad, ni muchísimo menos, por tratarse del consumo de una persona sola. Sin embargo, sí tienen que satisfacerse al completo saliendo del mismo bolsillo. Y no hablemos de la temida cesta de la compra.
Aquí es cuando más de una me soltará la manida frasecita: “Una persona sola come cualquier cosita y ya está, sale del paso….”. Pues mira, chica, NO. Me gusta comer bien, y tres veces al día. Llámame loca, llámame exigente. No quiero «comer cualquier cosa», no subsisto a base de pizzas precocinadas y latas de atún. Gasto alrededor de cien euros en mi compra semanal, por no mencionar aquellas veces en las que bajo al súper a por un par de cositas y me pregunto, estupefacta, como es posible que 1,5 +2,3 +0,68 + 2,7 sumen 59,3.

Intento optimizar, no comprar nada que no vaya a gastar, ser ecológica, no tirar comida… pero Mercadona me vende el puñetero jamón cocido de oferta en paquetes gigantes y, si no quiero que se estropee, tengo que pasarme dos días echándole jamón de york hasta al yogur. El pescadero dice que no despacha menos de medio kilo de boquerones.
Si opto por hacer la compra online, se me obliga a comprar como mínimo un kilo de pimientos. ¿Por qué, señores del Carrefour? ¿Por qué no permitís que pida mis dos pimientitos?
Muchas diréis que si los hijos, que si eso sí que es un gasto, que si tal, que si Pascual. No lo discuto, por supuesto que eso es así, pero estoy cansada de escuchar que yo “sí que vivo bien”, como si me pasara la vida de fiesta en fiesta o bañándome en topless entre champán y billetes. Como si mi vida fuera un continuo sexo, drogas y rock and roll. Lo cierto es que prácticamente toda la nómina se me va en pagar y que no es lo mismo asumirlo todo entre una persona que entre dos.
Ese momento en que vas con tus amigos y tú os vais de escapada y a ti te toca pagar una habitación individual completa (que sale mucho más cara que la doble) o ser siempre la que duerme en el sofá-cama. Por no hablar de los platos compartidos o las paellitas. Hosteleros del mundo… ¿Cuándo empezaréis a no limitar el arroz a un mínimo de dos personas? Quiero comerme una paella en condiciones sin tener que pedir un crédito a COFIDIS y sin tener que llevarme tuppers con el sobrante para comérmelo en casa recalentado con mayonesa, mayonesa que, por cierto, también se me suele echar a perder porque no me da tiempo a consumirla antes de que perezca.

Si quiero irme de cañas, cenar en un restaurante, arreglar el mueble roto de mi salón o hacer una escapadita (que no solo de trabajo vive la mujer), tengo que tirar de las pagas extraordinarias. Eso por no hablar de cuando llega una derrama gorda de la comunidad o se rompe una tubería… todo lo tengo que pagar sola, a tocateja.
Tengo un sueldo digno y no comparto piso (que ya es mucho) pero no tengo la más mínima capacidad de ahorro, no guardo nada de cara al mañana y en el momento en que la vida me sorprenda con un imprevisto que se salga un poco del tiesto, no tendré posibilidades de afrontarlo. En ocasiones el banco me escribe invitándome, amablemente a “regularizar mi situación” porque acabo en números rojos a final de mes. Increíble, pero cierto.
A veces bromeo diciendo que voy a tener que buscarme un novio por economía y renunciar a mi modus vivendi de soltera empedernida en pos de poder salir a comer a un buen restaurante un par de veces al mes, sin tener que hacer una hoja de Excel para encajarlo en mis finanzas. La alternativa es continuar sola, pero volverme ermitaña, anacoreta, que toda mi vida social se reduzca a un par de cervezas en un cien montaditos. Así estamos, así está la vida. Dramitas del primer mundo, lo sé, pero me apetecía contarlo.