Se acerca el mes de junio y en mi comunidad de vecinos ya hemos aprobado en junta la apertura de la piscina. Cuando nos compramos este piso, mi marido y yo pensábamos que éramos unos privilegiados por tener piscina en Madrid, una ciudad donde el calor aprieta en verano, el asfalto quema y la playa más cercana está a casi cuatro horas de coche.

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Nos creíamos que íbamos a bajar a nuestro pequeño oasis de paz entre edificios, a disfrutar del agua fresquita y a leer un buen libro mientras tomábamos el sol. No habíamos contado con el factor vecinos. O mejor dicho: hijos de los vecinos.

Al principio de vivir aquí, éramos casi todos parejas jóvenes, de edades similares y con ganas de empezar una nueva vida en nuestras viviendas. Pero esas parejas empezamos a procrear y en menos que canta un gallo, la comunidad se llenó de niños. Y por ende, también la piscina se llenó de niños.

Al principio, todos eran bebés. Bajábamos a la piscina las mamis con nuestros peques en los carritos, gorritos, bañadores de manga larga con protección UV y crema de protección solar del 50. Nos metíamos todas juntas en la piscina infantil, esa que te cubre por el tobillo, pero es ideal para que tu bebé de diez meses chapotee.

Todo era maravilloso. Hasta que esos bebés empezaron a crecer y pasaron de chapotear grácilmente a salpicar a todo dios tirándose a bomba.

Tú bajas a la piscina, que todo sea dicho, pagas religiosamente cada mes en tu cuota de la comunidad, y no puedes ni tirarte en el césped a descansar porque, en ese preciso instante, aparecen dos niños con una pelota y convierten tu tumbona en una portería de futbol improvisada. Que del balonazo no te salva nadie.

Y olvídate de hacerte unos largos. Te pones a nadar y tienes que ir esquivando niños que ya están en el agua o que caen como del cielo.

El concepto de espacio personal es algo que los niños no entienden. Estás tú tranquilamente sentada en el borde de la piscina y, de repente, ¡zas! Un cuerpo mojado se te tira encima. Te empapa y encima sueltas un “¡Uy! ¡Qué fría está el agua!” con una sonrisa falsa.

Y el niño, que ha debido de entender “¡Mójame más, que me encanta!”, se sigue tirando repetidas veces a tu lado. Hasta que ya no puedes más y le dices: “cariño, intenta no salpicar, por favor”. Y entonces aparece la madre desde la otra punta, que está a su bola con él móvil, pero a ti te ha escuchado perfectamente decirle algo a su hijo, y te suelta: “¡es un niño! ¡está jugando!”. Ya, ya. Y yo soy adulta y madre, y les enseño educación a mis hijos.

Que te callas y no se lo dices porque es la pedorra del quinto —perdón, vecina del quinto­­— y no quieres movida con ella. Ya bastante tengo con aguantar los gritos de sus tres criaturas cuando bajan a jugar a las zonas comunes.

Yo no odio a los niños. Tengo dos hijos a los que intento educar en el respeto a los demás. Que no digo que sean santos, pues también salpicarán a algún vecino de vez en cuando, pero si ven que han molestado a la otra persona, piden disculpas y se van a otra zona de la piscina. Sin más.

A mí me encantaría que mis hijos bajaran a juzgar con otros niños a la piscina. Pero viendo la jungla que hay, me da miedo que me los ahoguen o algo peor.

Y no lo digo por decir, lo digo porque el verano pasado dejé bajar al mayor con sus amigos-vecinos a darse un chapuzón, y me lo tuvo que sacar del agua el socorrista porque no paraban de hacerle aguadillas, que estaba el crío que había tragado más agua que un besugo.

Desde ese día, bajo siempre con ellos y con mil ojos porque no me fio. Que aquel día no bajaron solos, que ya sé por donde vais a tirar… Bajaron con la mamá de uno de los niños, pero debía de estar a por uvas la madre, porque si no llega a ser por el socorrista, me lo ahogan.

Yo creo que pocas cosas pasan. Hay niños corriendo descalzos y mojados por un suelo que resbala, otros tirándose de cabeza donde cubre medio metro, y niños pequeños que apenas saben flotar sin un chaleco, unos manguitos o algo que impida que se hundan.

No sé las piscinas de vuestras casas, pero la mía parece Los Juegos del Hambre.

Y lo peor no son los niños. Lo peor son los padres, que han decidido que la piscina comunitaria es una especie de guardería al aire libre donde no hay reglas. Y si las hay, no está hechas para ellos.

Sueltan a los niños a las once de la mañana y vuelven a por ellos cuando ya están arrugados como pasas. Mientras tanto, algunos en casa en casa con el aire acondicionado y los vigilan desde la ventana del salón. Vigilar por decir algo.

Otros si que bajan a la piscina con sus hijos, pero la mayoría del tiempo están de cuerpo presente, con los ojos en el móvil y pasando de los críos.

Al final, tener un piso con piscina parece muy guay, pero no lo es tanto.