Me pasa una cosa muy curiosa, espero no ser la única y es que, aunque soy madre, me molestan los niños ajenos. Parece ser que cuando te conviertes en madre, de repente, todos los bebés y niños pequeños te parecen adorables angelitos. El gen de la maternidad te hace querer achuchar y jugar con todos los niños que te encuentras a tu paso. Pues va a ser que no.
Antes de ser madre no era yo muy niñera, pues ahora que tengo hijos me gustan los míos, y solo a veces. Pero cuando salgo de casa, lo que menos me apetece es estar aguantando a los hijos de los demás.
Pero pasa una cosa muy curiosa, cuando dices en voz alta que los niños no te gustan especialmente, te miran cómo si acabaras de confesar que guardas cadáveres en el congelador. Igual que cuando te quejas de lo dura que es la maternidad, que te sueltan cosas como “pues no haber tenido hijos”.

“Pero ¿cómo puede ser?”, me preguntan. “¡Si tú tienes hijos!” Sí, tengo dos hijos. Pero eso no significa que automáticamente adore a cada pequeño demonio que corre por ahí lanzando chillidos y corriendo como pollo sin cabeza.
Porque, a ver, hay niños y niños. Los míos son buenísimos, sobre todo cuando están dormidos o viendo la tele que les absorbe por completo. ¡Es broma! Yo adoro a mis hijos, son niños revoltosos, movidos y dan guerra, como cualquier ser humano a esa edad, pero lo que no me pidas es que me caiga bien el hijo de alguien sólo por el hecho de que yo también tenga hijos.
Cuando salgo de casa sin mis hijos, pues no quiero niños cerca.
Muy de vez en cuando me puedo permitir alguna salida de casa sin mis pequeños. Alguna vez he podido dejárselos a los abuelos para que mi marido y yo salgamos al cine o a cenar. Pues si voy al cine en pareja, lo que menos me apetece es que me toque un mocoso en la butaca de detrás y que se pase la película dando patadas en mi asiento.
O si salimos a cenar y nos sientan en una mesa al lado de una familia, pido que me cambien de mesa. No llevo yo a mis hijos y no me apetece cenar escuchando una vocecilla diciendo “esto no me gusta”, “mamá, ¿me puedo levantar ya?”, o frases similares.

Me ha pasado también, quedar con una amiga para tomar café. Dejar a mis peques en casa con el papá y que aparezca ella con los suyos. A lo mejor soy egoísta, pero me apetece tomar un café tranquila, tener a mi amiga para mí solita y disfrutar de una conversación de adultos sin interrupciones, o sin tener que hablar en clave para que el niño no se entere.
Y luego está la opción de quedar con tu amiga que es mamá, que se lleve a sus churumbeles y tú a los tuyos, pero eso sí que ya es el caos. Los niños, que no son amigos entre sí, porque son los hijos de tu amiga y se han visto dos o tres veces en su vida, puede ser que les de por jugar y entenderse a la perfección, por ignorarse y dar la tabarra cada uno a su mamá, o por pelearse.
Otra cosa que me molesta muchísimo es cuando voy de compras y hay niños por todas partes: niños en el Mercadona montando el pollo a la madre porque quieren que les compren chocolate; niños en las tiendas de ropa corriendo como locos por los pasillos y tirando ropa al suelo; niños en la zapatería tirados por el suelo mientras la madre se prueba zapatos. Puedo empatizar con la mamá que está sufriendo la rabieta del niño y no sabe dónde meterse, pero la típica que está de compras tranquilamente dejando al hijo sembrar el caos por el centro comercial, merece ser castigada.

No creo que sea mala persona por no querer niños ajenos cerca, especialmente si no estoy con los míos. Entiendo que hay personas que adoran a los niños, pero no es el caso. Las mamás no somos seres mágicos que, tras parir, aman automáticamente a todos los niños que se cruzan en su camino.
Si algo he aprendido desde que tengo hijos es que puedes amar muchísimo a los tuyos y al mismo tiempo querer desaparecer cuando te rodean los niños de los demás. No me sale natural hacerles una carantoña, ni jugar con ellos. Porque no me gustan los niños.
Así que, sí, soy madre, pero los niños de los demás me agotan. Y si voy un día a cenar sin los míos, me siento a tu lado en un restaurante y veo a tu hijo correr alrededor de las mesas, quizás intente esbozar una sonrisa amable. Pero, por dentro, estaré cagándome en tu existencia y pediré otra copa de vino para sobrellevar la situación.