En el mundo, existen las personas normales con problemas de visión. Aquellas que, cuando se quitan las gafas, ven un poco regular, como cuando existía el canal plus en diferido y ya. Luego, está Clark Kent, que se quita las gafas y se convierte en Superhéroe. Y luego estoy yo: si me quito las gafas me quedo como Shakira (en sentido figurado, ya quisiera yo…)  cantaba en su canción: bruta, ciega y sordomuda.

De verdad, no sé por qué, si es una cosa de falta de confianza o de qué, pero en el momento que me quito las gafas mis demás sentidos dejan de funcionar. ¿No se supone que cuando te ves privado de un sentido los demás se agudizan para compensar? Los míos se deben de poner en modo vacaciones. Deben de pensar que no es justo tener que hacer horas extra mientras los ojos se echan una siesta o algo, porque dejan de funcionar.  Quiero decir, funcionan, pero en modo ahorro de energía. O sea, mal.

Por ejemplo, si algún rato están los peques tranquilos, intento ponerme a leer o a coser un rato. Es algo que me relaja mucho, pero, con dos enanos, es prácticamente imposible conseguirlo. Estas cosas suelo hacerlas sin gafas. Rara que es una, pero de cerca veo bien. Bueno, pues si se da el momento en el que  se alinean los planetas y consigo meterme en faena, si me llaman los críos, no consigo entender una palabra de lo que me dicen. De hecho, ni consigo distinguir si me está hablando el chico, la chica, o el gato. O si me llaman por teléfono cuando estoy durmiendo. Me despierto, contesto, pero hasta que no me pongo las gafas no se si me están hablando en inglés, en español o en arameo. En ese nivel de sordera hablamos.

Pero no os creáis que eso es todo, qué va. Sin gafas también pierdo el gusto y el olfato.

Soy un desastre de persona que, además, se cree que tiene buena memoria, así que por mucho que lo intente, la mitad de las veces que cocino me olvido de poner la alarma para echarle un ojo a la cena. Y  es que ni siquiera huelo a quemado. Normalmente tiene que venir mi  marido desde la oficina, que está en la planta de arriba, a preguntar si pienso apagar la placa o si espero a que salgamos ardiendo. Todo eso estando, literalmente, a tres pasos, sentada en la mesa de la cocina. La de veces que hemos terminado pidiendo una pizza porque se me ha quemado la cena no os la digo porque me da hasta vergüenza admitirlo.

Un día, mientras me estaba duchando, mi marido vino para que probara el guiso que estaba haciendo (porque si, esta familia parece que no sabe vivir sin mi ni cinco minutos, me visitan a menudo hasta cuando me ducho no vaya a ser que me pierda). ¡Y ni siquiera pude deducir que era! Podría haber sido pollo, ternera, salmón u ornitorrinco, ¡vete tu a saber!

Por suerte, llevo las gafas el 99% del tiempo (muchas veces no me las quito ni para dormir). Además, llevar gafas también tiene sus ventajas. Me veo la cara mas favorecida, y, como las llevo muy grandes, no me tengo que preocupar ni de las cejas, ni de las bolsas de los ojos. Y oye, si alguna vez necesito desconectar y tener tiempo a solas, ¡con quitármelas asunto arreglado!

Andrea M.