No sé si nací con un chip defectuoso o si los gemelos decidieron instalarme un caos permanente en el cerebro, pero estoy convencida de que mi mom brain viene en versión doble turbo. Sí, doble. Porque si una mamá de uno siente que pierde la cabeza de vez en cuando, yo ya voy por el nivel extremo, con bonus de olvidos y confusiones. 

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El otro día mis amigas se partían de risa mientras yo contaba mi última hazaña: dije “voy a buscar un poco de chocolate” y terminé en la nevera… mirando fijamente el yogurt por cinco minutos, preguntándome: “¿Qué demonios vine a buscar?” Ellas, entre risas, me dijeron que no era mom brain, que eso eran excusas porque siempre he sido medio despistada. Yo las miré con la cara más seria que pude y les dije: “No, chicas, esto es diferente… el otro día me preguntaron mi nombre y apellidos y no me los sabía”. Más risas, por supuesto.

Abrí la puerta del armario esta mañana para sacar harina y terminé sacando la sartén más grande que tenemos, pensando que la harina se había acabado. ¿Cómo pasó eso? Ni idea. Mom brain. Doble. Nivel extremo. Y eso sin contar que mientras intentaba cocinar cogí la cuchara pequeña de mis hijos pensando que era la espátula y me quemé la mano y la cuchara. 

Luego está la parte de hablar en voz alta y no recordar ni media palabra de lo que acabas de decir. Ayer mismo le explicaba a mi hijo de cuatro años que no podía poner ketchup en los calcetines pero sin embargo lo que dije fue “mmm… qué rico, cariño”. Sí, lo dije en serio. ¿Que como lo se? Pues porque me lo dijo mi marido que vino gritando diciendo “NOOO”. 

Y la misión nevera… Dios. Si alguien inventa un videojuego llamado El snack perdido, yo ganaría todos los niveles sin mirar. Abres la nevera, miras, cierras, abres otra vez, y de repente tienes tres huevos en la mano y sigues preguntándote: “¿Para qué vine?” Mis amigas se ríen y me dicen que eso le pasa a todas… y yo pienso que sí, a todas… pero a mí me pasa 1000 veces más, porque tengo gemelos y eso multiplica el caos por dos, por mil y por lo que queda del mes”. 

Lo peor es intentar explicarle a otra madre lo que te pasa. “Sí, mamá, entiendo… es normal, tu cerebro se ajusta a la maternidad”. ¡Mentira! No es normal que puedas estar cocinando, cambiando pañales, contestando WhatsApps, y cantando canciones que no existen mientras le das de comer a un niño y al otro le das tu zapato en vez del suyo. 

Camino por la casa con un pie en la realidad y otro en un universo paralelo llamado Mom Brain Extreme, preguntándome cuándo se supone que esto se acaba. Y luego recuerdo: nunca. Porque este nivel solo termina cuando los gemelos se independicen… y yo todavía voy a estar abriendo la nevera sosteniendo un huevo y preguntándome otra vez: “¿Que venía a hacer?”