Siempre me había parecido que los profesores de secundaria vivían muy bien, tengo alguna amiga profesora y a pesar de explicarme lo duro que es su día a día yo solo podía ver lo que pensaba que era su corta jornada laboral; sus vacaciones, que me parecían eternas comparadas con las mías, y su sueldo, que no está nada mal.
A mí siempre me han gustado los niños y enseñarles cualquier cosa me ha parecido siempre maravilloso, de igual forma que me parece enternecedor ver como aprenden y como se desenvuelven solos. Siempre he pensado que el trabajo de profesor debe ser muy gratificante.
Mi hijo mayor tiene trece años y su personalidad ha cambiado radicalmente desde hace poco más de un año. No le reconozco. Se pasa el día contradiciendo todo lo que le digo, pidiéndome explicaciones por cualquier norma que le impongo. Por si fuera poco, el pequeño, que está entrando en la preadolescencia, se une al mayor para cuestionar los límites que marcamos o las órdenes que les damos.
Siempre pensé que la peor etapa de la maternidad es la de bebés cuando no puedes dormir y ellos son totalmente dependientes de ti. Así como van creciendo, crees que lo peor ya ha pasado y vas disfrutando mucho más de ellos, hasta que llega la adolescencia. En mi casa, nos pasamos los días discutiendo; intento hacerlo lo mejor que sé, leo, me informo, pero aun así, la cosa no mejora. Tengo muchísimas ganas de que pasen estos años tan complicados. Mis hijos son buenas personas, sé que de lo que me quejo son tan solo simples actitudes de la adolescencia; son estudiosos y responsables, pero a pesar de ello me dejan sin energía a diario como si fueran una apisonadora emocional.
Entonces, reflexiono y pienso que si yo me siento así con dos niños adolescentes con los que comparto solo unas horas al día, y sé que son chicos responsables, ¿qué deben tener que aguantar los profesores lidiando con una treintena de niños, muchos de ellos maleducados, que no quieren esforzarse y solo tienen ganas de boicotear la clase? Ahora mismo, es pensar en más de veinte adolescentes juntos y me entran todos los males. He empezado a entender que si los profesores no tuvieran las vacaciones que tienen o no estuvieran mínimamente bien pagados, se buscarían otro trabajo. Ahora entiendo también que algunos de ellos hayan tenido que dejar la profesión o que a veces sientan que no les compensa su vocación. Lidiar con grupos de adolescentes debe ser agotador, te debe dejar sin energía a pesar de todo lo bueno que aportan viendo como aprenden y como responden a lo que se les enseña. Evidentemente, todo tiene su parte buena, pero en este mismo instante, si a mí me preguntaran a qué no quisiera dedicarme nunca, sería a ser profesora de secundaria.
En conclusión, creo que todos deberíamos cuestionar menos a los profesores y entender que la educación viene de casa; si no podemos nosotros muchas veces con un solo adolescente, o con dos, debemos entender lo complicado que es gestionar un aula con veinte o treinta adolescentes cada uno con su ritmo de aprendizaje, con sus más y con sus menos y muchos de ellos cuestionándolo todo hasta llevar al límite a cualquiera. Sé que es una etapa que debe pasar, y que pasará, y que forma parte de todos los humanos, pero no quisiera ser yo quien estuviera año tras año compartiendo la mayor parte de mi día con un grupo de adolescentes.

