A mi amiga Tamara sus padres la tuvieron muy jóvenes. Su padre acababa de cumplir la mayoría de edad, mientras que su madre acababa de cumplir los 16.

Eran otros tiempos, así que ambos dejaron de estudiar e hicieron lo que se esperaba de ellos: casarse y ponerse a trabajar en lo que pudieran para sacar adelante a aquella familia que habían creado. Y les fue bien. Tamara se crio como cualquier otra niña de su edad. Feliz.

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Pero, como en muchos casos, aquello no fue el amor para toda la vida que habían pensado. Cuando Tamara tenía 17 años, sus padres decidieron divorciarse.

Su padre salió del mapa casi por completo, y apenas volvieron a verle. Sus visitas consistían en recoger a sus hermanos del cole una vez cada dos semanas (que por aquel entonces tenían 3 y 10 años), y les llevaba a merendar a una cafetería cercana.

Meses mas tarde, su madre empezó una nueva relación, y otra, y otra. Y lo hizo de la única manera que sabia: saliendo prácticamente a diario, pasando todo el tiempo que tenía con el maromo de turno. Como si no tuviera responsabilidades o cargas familiares.

Tamara se encargaba de preparar a sus hermanos y llevarlos al colegio, donde ella misma también estudiaba bachillerato. Cuando volvían a casa, les preparaba un bocadillo para que pudieran comer algo si su madre no estaba.

Poco a poco, tuvo que dejar de ser una niña para convertirse en una mujer.

Aprendió a cocinar, pues no podían sobrevivir a base de bocadillos y leche con galletas. Aprendió a limpiar la casa y a poner la lavadora. A planchar y a hacer la compra, pues su madre solo pasaba por allí de vez en cuando, cuando discutía con el novio de turno.

Varios meses más tarde, había días en los que no podían ni comer, pues  su madre se había olvidado de dejarles dinero en su última visita.

Hablo con ella para hacerle entender que eso no podía seguir así. Sus hermanos la necesitaban. Ella la necesitaba. Le sugirió crear un plan para los fines de semana, incluso le ofreció quedarse al cargo de sus hermanos en fin des alternos. Al fin y al cabo, ella era una adolescente en edad de salir y divertirse. Pero todo cayó en saco roto.

Su madre le dijo que no pensaba sacrificarse mas por nadie. Que ya había dado toda su juventud por atenderla a ella y que, ahora que la vida le daba otra oportunidad, no pensaba desaprovecharla. Y que, obviamente, ningún hombre iba a aceptarla si supiera que tenía ya tres hijos.

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Mi amiga, siendo tan solo una niña ella misma, tuvo que madurar diez años de golpe y hacerse cargo de sus hermanos y convertirse en la madre que ambos añoraban.
Al día siguiente, fue al colegio y les informó de su decisión de dejar las clases, pues tenia que ponerse a trabajar. Por suerte para ella, el colegio era muy grande, pero con un espíritu muy familiar, y a ella la conocían de toda la vida, así que le ofrecieron un puesto en la cafetería. No era el gran trabajo, pero se aseguraba que solo fuera en horario escolar.

Así fue como, con 17 años, se vio convertida en madre de dos criaturas.

Su madre, finalmente se dio cuenta de cuan equivocada estaba y cuatro años más tarde volvió a casa. Curiosamente, fue una de sus parejas. En cuanto se entero de tenia hijos, en vez de salir corriendo como ella esperaba, los recibió con los brazos abiertos y la animó a intentar recuperarlos.

Han pasado casi 20 años de aquello y, aunque sea difícil de creer, mi amiga no le guarda ningún rencor ni a su madre por abandonarles, ni a sus hermanos por haber tenido oportunidades que a ella se le negaron. Han estado muchos años yendo a terapia, se entendieron y se perdonaron. Hoy, vuelven a ser la familia unida que un día fueron, junto con la pareja de su madre, que se ha convertido en el padre que no recuerdan haber tenido.

Andrea M.