La mitad de mis amigas acaba de tener hijos, y la otra mitad sigue haciendo planes de todo tipo finde a finde. A lo mejor estoy sobreanalizando el tema, pero veo que ni unas ni otras se limitan a disfrutar para sí mismas de las vidas que han elegido, sin más. Además de eso, tienen que demostrarle al mundo que ellas SÍ han tomado las decisiones correctas, y las otras no. Se nos ha ido mucho la pinza con esto de aparentar y demostrar felicidad, ¿eh? Estamos trayendo a la vida real las dinámicas de las redes sociales.

Mis amigas no-madres piensan que a las madres se les ha acabado su vida. Que no duermen, apenas comen, casi ni se bañan porque no tienen tiempo para ellas mismas. Creen que la maternidad las ha devorado mientras ellas siguen saboreando las mieles de lo que llaman “libertad”.

Mis amigas madres creen que la maternidad es un proceso por el que todas las demás van a pasar, y mejor antes que después, que, a más años, más bola se hace. Creen que las otras se están equivocando al posponer, y que más vale fiestas de menos que años de más.

Pero no quiero centrarme en ninguno de los dos grupos, sino en uno nuevo que se va erigiendo y que ha llamado mi atención últimamente. Es un híbrido entre los dos anteriores: el de los padres modernos que quieren demostrar continuamente que ellos siguen teniendo la vidorra que tenían, pero con hijos, y no han tenido que renunciar a nada.

La necesidad de reforzar las decisiones propias ante el mundo

En este afán de no perderse nada, y de demostrar que su nueva vida no está llena de cansancio y canciones infantiles, sino de experiencias increíbles que ahora son mucho mejores, estos padres jóvenes tienen un método: hacer todo lo que hacían antes, pero con sus bebés.

He visto a bebés durmiendo en un carrito en un festival de música en verano, a las 4 h de la mañana, cuando todo lo que hay alrededor es gente adulta eufórica hasta el culo de drogas.

He visto a un bebé pasar de mano en mano en la pista de baile de una boda, y no a una hora prudente, sino rozando la llegada al after.

He tenido que llevar con su madre a una niña de cinco o seis años que estaba llorando en la orilla de la playa porque la arena le quemaba los pies, mientras su joven mamá estaba de cháchara y coqueteo, bebiendo y fumando.

He visto a padres agobiados en la cola de un evento, con sus bebés apretujados contra el pecho, mientras la masa intentaba abrirse paso a empujones.

He visto a niños ser semiarrollados por una turba descontrolada bailando en las fiestas de pueblo, porque se han metido donde debían en el peor momento.

He visto a una niña pedir comida a las amigas de su mamá, de viaje en caravana, porque aquella estaba durmiendo a toda la larga hasta las 12 de la mañana.

A esto se le ha llamado de toda la vida ser un/a irresponsable. Lo que pasa es que antes muchos de estos bebés y niños fuera de contexto eran no deseados, pobrecitos. Vinieron al mundo en un desliz de sus padres, cuando aquellos no estaban preparados para serlo y, simplemente, siguieron siendo como eran, solo que con hijos.

Ahora no. Ahora son deseados, pero, igualmente, sus papás no quieren renunciar a nada. Ni a la fiesta, ni a las aventuras ni a la maternidad, a veces, mezclándolo todo, sin tener en cuenta la incomodidad de su progenie y el peligro al que los exponen. Y todavía nos tenemos que creer que se lo están pasando mejor que antes, porque antes iban solos y ahora van acompañados de sus “bendiciones”, las personitas que más quieren en el mundo y que son capaces de elevar a otra categoría cualquier experiencia.

Claro que se puede ir a festivales, conciertos, museos, restaurantes, bares y viajes con niños. De hecho, es importante que acudan. Sirven para su cultura y socialización, y tampoco es que sus padres hayan dejado de vivir por tenerlos. De ahí a querer llevarlos a todos lo que gusta a sus adultos responsables, sea lo que sea, hay todo un abismo lleno de malestares para la criatura. Basta con tener sentido común para verlo.

Esse