Todo empezó con un masajeador anticelulítico por mi 18 cumpleaños. 

Abro mi regalo de los 18 y, ¡sorpresa!, un aparato que vibra. ¿Será el Satisfyer? Pues no, queridas, es un precioso masajeador anticelulítico para que (cito literalmente) “te lo pases por las piernas, cariño, ya verás como te funciona”. Qué maravilla esto de alcanzar la mayoría de edad, ¿no? Puedes ponerle remedio a tu celulitis y todo. Gracias yaya, yo también te quiero. O eso creo.

No nos equivoquemos, mi abuela es maravillosa. Es experta en plantas, cocina de orgasmo y me envía audios y stickers por WhatsApp. Quizá la conozcáis por sus célebres frases como: “hay que ver, con lo delgadita que eres de arriba, qué jamones tienes, cariño” o “no, si tu problema siempre han sido las piernas, pero tú estás bien”, y no nos olvidemos de mi preferida, “si es que a ti se te va todo al culo”. ¿Te suenan? Eso es porque mi abuela no es el/la único/a familiar que (probablemente sin ser consciente de ello) crea complejos a sus seres queridos.

Como a muchas, en el colegio se metían con mis curvas día sí, día también. Yo intentaba camuflarlas con aquellos pantalones  como “cagados” aun sabiendo que la única cagada era ponérselos. Una vez incluso llegué a pegarle un botazo en toda la cara a un niño de mi clase. Para que se callase, claro. Todavía se acuerda de ese tacón. Lo siento, rey, más me dolían a mí vuestros comentarios. 

Pero a mi abuela, qué le iba yo a decir a la pobre señora que me venía cargada con 800 mil croquetas y, cuando veía el plato vacío, lo volvía a llenar. “Toma, cariño, que no me comes nada”. Así estaba yo, confundida perdida. Toda la vida creyendo que eso no se iba al culo. Manda croquetas.

Lo sorprendente ha sido darme cuenta de que no soy la única. Ocurrió el otro día hablando del tema complejos con mis amigas. Todas, to-das, habían tenido que lidiar de una forma u otra con comentarios negativos sobre su físico en el núcleo familiar. Nariz, acné, pecho, piernas, vello. Da igual. En casa, en nuestro refugio, también señalan a voces las que se suponen que son nuestras taras. Cómo no vamos a sentirnos acomplejadas si nos pasamos parte de la infancia y adolescencia escuchando nuestros defectos en boca de las personas que consideramos referentes. Y lo más triste es que lo que ella/os llaman defectos son reflejos de sus propios complejos. Si no que me expliquen eso de “has salido a mí, qué le vamos a hacer”. Pum, directo a la autoestima. 

Querámonos, aceptémonos. Y, sobre todo, comuniquémonos. Vamos a explicarle a esa madre, a esa abuela y a tu tía Mari Carmen que estamos hasta el moño de que nos quieran perfectas, de los peros, de las comparaciones. Porque sí, yaya, tengo más culo que la azafata monísima de La ruleta de la suerte. Y qué. Ni pasándome ese maldito masajeador anticelulítico al que tú llamas regalo, todas las noches durante 2 horas, conseguiría tener sus piernas. Simplemente porque somos diferentes. Y justo ahí está la gracia.

Vnessius