Volver a ligar después de haber tenido hijos le suma a la complicada ecuación del flirteo algunos miembros más, ¡y nunca mejor dicho! Y no solamente en el caso de intentar construir una relación estable… Simplemente en el hecho de intentar echar un polvo, también influyen los hijos. Primero porque te falta tiempo y a veces sitio. Pero es que además, aunque esto puede ser algo que solamente me pase a mí, prefiero un hombre sin descendencia. Y claro, ya empiezo a tener una edad en la que, o me voy con yogurín al que le falta confianza y le sobran tonterías, o tengo que quedarme con un recién divorciado con hijos. Digo lo de “recién” divorciado porque no suelen durar mucho sin emparejarse de nuevo. 

Yo antes creía que, como madre divorciada, lo ideal era que mi cita tuviera hijos para así estar en la misma sintonía. Pero enseguida descubrí que no, que los prefiero sin retoños. Y es que, para mí un tío pierde gran parte del morbo si no es un padre responsable. No lo puedo evitar, y me parece algo lógico y consecuente. No puedo estar criticando que el padre de mis hijos no quiera la custodia compartida, y que luego me atraiga un hombre que haga lo mismo con los suyos, o algo peor. En una ocasión, a un chico con el que no lograba quedar porque coincidíamos las mismas tardes con los niños, se le ocurrió la brillante idea de decirle a la madre de su hijo que tenía que trabajar y asílibrarse del niño. ¡¿CÓMO?! Si hay buena relación con tu ex y le pides cambiar el día: perfecto. ¿Pero mentirle poniendo de excusa el trabajo para quedar con una chica? Conmigo desde luego que no, se me quitaron todas las ganas.

Por eso, cuando empecé a hablar con el protagonista de esta historia que os venía a contar, tenía mis reticencias, ya que era papá de una niña de 4 años. De hecho tardamos bastante en quedar. Él estuvo a pico y pala un tiempo, me hablaba mañana y noche, me contaba sus planes y nos reíamos. Me cayó muy bien, pero no terminaba de animarme a quedar con él. Finalmente, una calurosa tarde de agosto en la que se me caía la casa encima, me decidí. Él aceptó sin dudar y nos fuimos de cervezas. Rápidamente congeniamos. Hablábamos sin parar, sentía que me entendía perfectamente en todo. Y, lo más importante, era la primera vez que podía charlar con una cita sobre temas de crianza. Ya sabéis que cada madre o padre lo hace lo mejor que puede, pero siempre me ha gustado informarme e intentar aplicar una crianza respetuosa y consciente. Pues él igual. Era una gozada esa sintonía, con un hombre que además cada vez me resultaba más atractivo.

Con un sueldo bajo, había hecho un gran esfuerzo por vivir solo ya que valoraba la relevancia de darle un hogar a su hija. Tuvo claro desde el principio que quería la custodia compartida y su vida giraba en torno a su niña, por encima de todo. Eso me sorprendía y me encantaba. La verdad es que me encantaba prácticamente todo él, y las horas se me pasaron volando. Al despedirnos ese día, me pidió un largo y sentido abrazo.

Durante la siguiente semana seguimos hablando a todas horas, aunque yo empezaba a tener un cacao tremendo en la cabeza. Me gustaba, pero sentía que habíamos congeniado tan bien que no quería estropear una posible amistad por un simple polvo. Además, a pesar de la química, no tenía muchas esperanzas de que el sexo fuese tan bien como la charla. Subestimé su timidez y su inseguridad, lo reconozco. Lo que sí tenía claro es que estaba deseando volver a verlo. Y no tuve que esperar mucho.

Esta vez nos aguardaba toda la noche para nosotros solos, sin prisas. Cenamos, nos reímos, nos entendimos… y yo todavía no sabía qué quería de él. No hacía más que pensar en qué debía hacer. ¿Le interesaría a él una amistad solamente? ¿Podríamos ser solo amigos habiendo atracción física? ¿Debía arriesgarme a caer en los brazos de un hombre que quizás no estaba preparado para una relación?

De la cena pasamos a intentar arreglar el mundo con unas cervezas. Filosofamos, bromeamos, nos quejamos y, por supuesto, hinchamos pecho hablando de nuestros peques. Recuerdo que estaba escuchándole, con los ojos llenos de sinceridad, y compartíamos tantos puntos de vista que me resultaba irreal. Creo que se me empezó a caer la baba mirando embelesada cómo me contaba su experiencia como padre con la lactancia, con el sueño de su hija, el control de esfínteres, la adaptación al cole, los castigos, el amor incondicional… Y cada vez me resultaba más y más atractivo, tanto que me fue irresistible. 

Me lancé. Yo, que nunca jamás había dado el primer paso porque siempre me ha provocado un montón de vergüenza meter la pata. Pero todas mis dudas se disiparon en ese momento en el que hablábamos frente a frente. De repente me levanté, me acerqué, me incliné sobre él y lo besé. Se sorprendió, obviamente, pero no dejó lugar a dudas de que le gustó tanto como a mí. Volví a mi sitio, pero ya no pudimos parar. Fue él quién se levantó la próxima vez, para seguir besándonos, después me acerqué yo de nuevo, luego él… y acabamos en su casa.

 

P.D.: Tuve que darme un puntito en la boca, una vez más. Como os dije antes, le había subestimado en el tema del sexo: fue un polvazo. 

 

Relato escrito por AROH basado en una historia REAL.