Pasé meses planeando cada detalle de mi boda con todo el mimo del mundo. Me encargué casi al cien por cien de la organización porque mi chico siempre me decía que todo le parecía bien y apenas se implicaba. Sin embargo, sí que se implicó en la única decisión que para mí no tenía debate: niños sí o niños no. Siempre he pensado que las bodas no son lugares para los niños. Considero que los cumpleaños, los bautizos y las comuniones son las celebraciones a las que deben acudir los más pequeños, pero no a una boda. Él, en cambio, consideraba todo lo contrario. Al parecer, en su familia los niños siempre habían ido a las bodas, «de toda la vida, vamos». El tema se quedó en stand-by durante un tiempo para no discutir, aunque ambos sabíamos que tendríamos que abordarlo tarde o temprano.

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El momento clave para mí llegó cuando fuimos a reservar el lugar de la celebración. Elegimos una bodega muy conocida. Me encantaba ese sitio, era precioso, desde que lo vi por primera vez tuve claro que ese tenía que ser el lugar de la celebración. Y al decidirnos por ese lugar, nos dieron una información que, para mí, dejaba clarísimo que los niños no debían ir. Nos advirtieron de que, por cada cuatro niños, debíamos llevar contratado a un cuidador. Esos cuidadores serían responsables de los menores en todo momento. La gerente nos dijo, literalmente, que si en aquellas instalaciones tan inmensas se perdía un niño, era muy fácil que se hiciese daño o incluso no apareciese y que por eso eran tan estrictos con la normativa infantil. Cuando escuché eso, un escalofrío me recorrió, y eso que no quise preguntar por eso de «no aparecer». Pensé que mi futuro marido habría cambiado de idea al instante al oír la advertencia. Pues no. Él seguía empeñado en que los niños debían estar presentes. Y al final, para evitar discutir, cedí.

Pues nada, catorce niños de entre dos y trece años. Es lo que tiene organizar un evento para más de trescientos cincuenta invitados; una vez que permites llevar niños, salen por todos lados. Y gracias a que algunos padres decidieron dejarlos en casa al cuidado de alguien de confianza, porque si no habríamos tenido veintitrés, nada más y nada menos. De locos. Tuvimos que contratar a cuatro cuidadores, aunque uno de ellos estuviera asignado a solo dos críos, porque la bodega lo exigía por contrato. Hubo que montar una mesa específica para niños, añadir un menú infantil, paquetitos de chuches, habilitar una zona de juegos con actividades… Aquello empezaba a parecer, a ratos, un cumpleaños infantil.

El primer gran problema lo tuve en la ceremonia. La prima de mi marido decidió que, por mucho que su hijo llorase a gritos, ella no quería salirse fuera de la iglesia para no perderse el «sí, quiero». Recuerdo que el niño berreaba como si lo estuvieran matando. Y el padre, por supuesto, como si aquello no fuera con él. Por otro lado, los tres niños que nos llevaron las arras y los anillos, también hijos de primos de mi pareja, no paraban quietos y hablaban altísimo. Yo habría preferido que los anillos y las arras las trajesen familiares adultos, no quería tener niños ni en ese momento, la verdad, pero no quise ponerme antipática y accedí. Por supuesto, el vídeo de la ceremonia se estropeó en gran parte por estas cosas. Cuando pude verlo por fin, cuatro meses después, que fue lo que tardó la empresa en entregarlo, me cabreé muchísimo.

Durante la comida del convite pareció que pasaban un poco más desapercibidos. Me encargué de que la mesa infantil estuviese bastante alejada. Pero resulta que los niños acabaron de comer bastante antes que nosotros los adultos, y empezaron a revolotear por las mesas buscando a sus padres o jugando entre ellos. Los cuidadores hacían lo que podían, pero algunos críos se enfadaban y lloraban cuando se los llevaban de vuelta a su zona con el resto.

Y poco después, tuvimos otro momentazo: dos de las cuidadoras contratadas eran también animadoras y, micrófono en mano, empezaron a crear juegos y actividades para los niños. Pero claro, ahora todo ese ruido daba lugar a un barullo enorme en la sala. La gente no podía ni hablar y gritaban para hacerse oír por encima del ruido. Le pidieron a la animadora que bajase el volumen y eso mejoró la cosa, pero de todos modos, los niños reían y gritaban muchísimo, así que aquello seguía pareciendo un cumpleaños infantil.

Llegó la apertura del baile y mi marido y yo fuimos a hacer el vals que habíamos estado ensayando. Y entonces, unos segundos después de empezar, comenzó a sonar en la zona infantil la canción de Elsa de Frozen. Los niños tenían el micrófono de las animadoras y algunos cantaban la canción, otros gritaban sin más o decían alguna tontería propia de chiquillos. Le hice señas a mi hermana y ella corrió a solucionarlo. Pero ya daba igual. No disfruté del baile, lo hice de forma mecánica y enfadada por dentro por lo que acababa de ocurrir. Al final del día, había pasado más tiempo enfurruñada por los inconvenientes que habían ido creando los niños que disfrutando de mi boda. Y claro, ahora mi recién estrenado marido me daba la razón. Decía que había sido un error, pero a esas alturas me daba lo mismo lo que opinase o dejase de opinar él, porque había sido su culpa.

En definitiva, los niños me amargaron el día de mi boda. Lo mío ya no tiene arreglo, pero tengo claro que a todo el que me pregunta, le aconsejo lo mismo: para convertir tu boda en un cumpleaños infantil, mejor cásate en el juzgado y vete directamente de viaje, porque no merecerá la pena.