Cuando le conocí, creí haber encontrado al chico de mis sueños. Era un hombre atento, cariñoso, detallista y considerado. Parecía mentira que existiera alguien así. Yo me enamoré de él en nada de tiempo. Sin embargo, él no se enamoró de mí ni tan rápido ni tan fácilmente. A mí me gustaba decir que me había ido ganando su corazón trocito a trocito, pero la verdad era que tardó bastante tiempo en corresponderme. Me pasé un año y medio babeando por él hasta que pareció fijarse en mí románticamente y no solo como compañeros de trabajo y amigos. Pero en cuanto empezamos a salir, toda mi vida pareció convertirse en un cuento de hadas.

Más testimonios reales en whatsapp

Había tenido varios novios antes, pero ninguno como él, no se le parecían ni de lejos. Mis relaciones pasadas habían sido tóxicas, en las que había sufrido desinterés e incluso abuso psicológico. Pero en este caso todo era completamente distinto: me sentía querida, respetada y súper enamorada.

La relación iba avanzando muy bien. Yo pensaba que iba a pedirme que viviéramos juntos pronto, porque me decía que «estaba preparando algo importante» y para mí ese era el siguiente paso lógico a dar con él. Llevábamos un año saliendo y ambos teníamos edad suficiente y estabilidad económica. Una noche me llevó a cenar a un sitio precioso que yo siempre había querido probar. Al salir, me dijo que tenía una sorpresa más: fuimos a un lugar apartado a las afueras, lo bastante oscuro como para poder ver bien el cielo plagado de estrellas. Y entonces, me pidió que me casase con él. Había preparado un discurso tan precioso y perfecto que yo solo pude decir que sí, emocionadísima y con lágrimas cayendo por el rostro.

No me podía creer lo afortunada que era en ese momento. Sentía que iba a explotar de felicidad. Estaba prometida con el hombre más increíble del mundo, al que amaba y que me amaba a mí. Muchos nos dijeron que era un poco pronto para casarse, que con tan poco tiempo de noviazgo, «solamente» un año, era demasiado rápido. Pero me daba igual. Yo era feliz, que opinasen lo que quisieran. Además, ambos teníamos ya más de treinta años, y las relaciones a esas edades maduran diferente, les respondía siempre.

Durante los últimos meses de preparativos de la boda las cosas se volvieron un poco más tensas sin aparente explicación. Yo me decía a mí misma que era el estrés de la boda, o que yo estaba más susceptible. Pero la verdad era que si discutíamos más, era porque él estaba más irritable de la cuenta, aunque en ese momento no lo supiera ver. En líneas generales todo seguía bien entre nosotros, aprendí a respetar más sus espacios y tiempos, y cuando me rallaba pensando que le veía raro, me decía a mí misma que me estaba montando una paranoia inexistente y ahuyentaba el pensamiento. Lo único que admitía que me preocupaba un poco era que no habíamos convivido al cien por cien antes de la boda. Él pasaba algunas noches en mi casa y yo en la de él, pero ambos conservábamos nuestra casa. Él decía que era muy tradicional y que prefería que fuera así para estrenar convivencia tras la boda.

A cuatro días de la boda, en plena recta final, llegó el mazazo. A día de hoy aún no sé si hubo señales y yo no las quise ver, o es que él fingía muy bien. Pero cuando llegó a mi casa esa tarde lo hizo serio y casi no me miraba a la cara. Me dijo que teníamos que hablar. Y me dejó. A cuatro malditos días de caminar hacia el altar. Con todo organizado, medio pagado, y con todo el mundo preparado para venir a compartir ese día con nosotros. Las explicaciones fueron vanas e incluso contradictorias: «no creo que encajemos del todo a largo plazo»; «llevo tiempo con dudas pero ahora es cuando lo he tenido claro»; «en realidad he dudado siempre pero no lo he querido admitir»; «mejor parar esto ahora, aunque te duela más, que después de la boda». Yo le pregunté que entonces por qué me había pedido matrimonio, porque si estábamos ahí era porque él había pedido mi mano. La única respuesta que le saqué fue: «no lo sé, pero así están las cosas ahora». Y ya está. Creo que está más que justificado que, a día de hoy, yo siga dándole vueltas al motivo por el que me hizo eso. Porque ninguna de sus explicaciones fue suficiente para mí.

Han pasado siete meses desde entonces. Recuerdo la vergüenza que pasé cuando tuve que decirle a todo el mundo que anulaba la boda porque él me había dejado. Al menos tuvo la decencia de asumir los costes de los pagos previos que no pudimos recuperar del catering, la finca, las fotos y la música. Pero confieso que vivo obsesionada con que me dejó por otra persona. Me han llegado rumores y comentarios. Me dicen que le han visto con otra mujer, y que realmente esa mujer es su ex, de antes de estar conmigo. Y eso me tiene el cerebro embotado, simplemente no puedo quitármelo de la cabeza.

Todos los días entro en su Instagram y en su Facebook, pero él apenas sube nada, lo cual me desquicia más. Y me paso el día nerviosa con una idea concreta en la cabeza: que él no quisiera convivir conmigo antes de la boda porque siguiese viendo a su ex, que ella estuviese presente en su corazón y en su cabeza mientras planeábamos la boda y que al final decidiese dejarme in extremis para apostar por su relación con ella. Y aquí sigo, presa de mi mente y mi sufrimiento, dándole vueltas y vueltas a esa hipótesis que nadie puede ni podrá confirmarme o refutarme.

La próxima semana empezaré a ir a terapia, porque no solo no puedo seguir viviendo así, sino que no puedo permitírmelo. Y ojalá ese sea el principio del cambio.