Fui ama de casa y me quedé en la calle
Poderoso caballero es don dinero y la independencia económica da una libertad (y seguridad) que no puede dártela una persona. Eso lo sé, así que, partiendo de esa base, os contaré mi pequeña historia.
Yo estaba loca, enamorada y locamente enamorada del que fue mi prometido, de modo que, cuando nos fuimos a convivir y me propuso vivir de su sueldo, acepté tras meses de reticencias. No es por lo que os pensáis: yo no tenía miedo, el sentimiento que surgía en mí era el de que «me sabía mal» no aportar económicamente y tener que hacer pequeñas trampas cuando quería hacerle regalos. Una vez más, no: no temía quedarme en la estacada. Mi propia seguridad. Me preocupaba que alguna vez no llegáramos bien a fin de mes por mi culpa, que yo no pusiera otra cosa que mis pequeños ingresos como escritora y mis manos en el hogar. (Limpiaba, ordenaba, hacía la compra y aún rascaba un rato para forniciar como presa de los demonios con mi prometido y, con suerte, escribir un rato en el ordenador).
Por supuesto que él no valoraba en exceso mi trabajo en el hogar, pero es que yo misma le quitaba mérito. Mi prometido era el que traía el dinero a casa, «el que nos cuidaba» al fin y al cabo. ¿Y yo? Mi contribución era menor, menos meritoria, claro está.

Y llegó el temido día. A pocos meses de la boda, creyendo fervientemente que mi mundo, nuestro universo estaba perfectamente construido y era maravilloso, me abandonó. Las causas aún las considero crueles y me duelen en el alma, porque la persona en la que más confiaba me dejó en la estacada, algo que no hubiera pensado nunca de él.
Me echó de casa «porque necesitaba espacio y estar solo» y, sorpresa, como quien pagaba el alquiler era él, ¿podía yo negarme? Reclamar algo, ¿a pesar de todo el tiempo que consideré esas paredes mi hogar? No. Si tenía el poder de echarme, nunca había sido mi casa, y si me abandonaba de ese modo por una crisis, hicimos bien en no casarnos.
Recuerdo una de las primeras cosas que me dijeron cuando me encontré compuesta y sin novio, sin casa, patria ni bandera: «Quien tiene el dinero tiene el poder». Y qué cierto es. Soy muy consciente de que hay parejas que funcionan de este modo, y sinceramente, me alegro. Eso significa que se han alcanzado unos acuerdos suficientes y un cuidado como para que no suceda lo que me sucedió. No obstante, queridas, nunca se sabe. Nunca digas de este agua no beberé ni este cura no es mi padre, que decía mi madre.
Tras encontrarme en la calle, busqué asilo en la familia y, confiando que sea de forma temporal, poder ganar con esfuerzo el suficiente dinero para tener un hogar… MÍO.