Yolanda falleció poco antes de cumplir veinticinco años en un accidente de moto. Yolanda era una de mis mejores amigas desde el instituto y, a día de hoy, más de 15 años después, sigo sin superar su pérdida y es que la muerte, sobre todo cuando llega de manera tan inesperada es una de las experiencias más difíciles de digerir.

Cuando me enteré de su muerte, mi mundo se detuvo. La sensación de vacío y el dolor eran tan intensos que me costó creerlo. Me quedé en shock, sin saber cómo reaccionar, sin entender cómo el universo podía ser tan cruel con alguien tan joven y llena de vida como ella.

Como decía, Yolanda y yo éramos amigas desde el instituto, formábamos parte del mismo grupo de cinco que íbamos juntas siempre y que seguíamos unidas una vez finalizada esa etapa, cada una con su vida, pero siempre en contacto, quedando y formando parte las unas de las otras y el solo hecho de pensar que ya nunca estaríamos las cinco otra vez juntas me llenaba de dolor.

Pasado un mes de la muerte de Yolanda y después del funeral que fue, para todas nosotras, un momento horrible, decidimos quedar las otras cuatro en la misma cafetería donde solíamos quedar siempre, para recordar a Yolanda y brindar por ella y fue entonces cuando no sé cómo a Ingrid se le ocurrió que podría ser buena idea tatuarnos algo todas igual en su honor. Y allí empezó la crisis.

A todas les pareció súper buena idea salvo a mí, y no porque no entendiese lo que querían simbolizar con aquello, sino porque yo no estaba tatuada, no me gustaban los tatuajes y para mí, la memoria de Yolanda no dependía de un dibujo en la piel. Aunque entendía que para el resto este gesto podría ser una manera de sentirla cerca, no compartía la misma visión. El tatuaje, por más simbólico que fuera, no podía ser lo que definiera el amor que sentía por ella. Yo prefería mantenerla viva en mis recuerdos, en las conversaciones que aún teníamos sobre ella, en las anécdotas que compartíamos, y, sobre todo, en todo lo que habíamos vivido juntas y que para mí se quedaba.

Cuando les dije que no quería tatuarme, hubo reacciones para todos los gustos, aunque dos de ellas no entendieron mi decisión. Dijeron que el tatuaje era una forma tangible de rendirle homenaje y que no entendían cómo podía ser tan inflexible. En un momento de discusión, me acusaron incluso de no estar dispuesta a hacer algo tan pequeño como tatuarme por ella e incluso se llegaron a burlar y a dudar de lo mucho que la echaba de menos.

 “Si realmente la querías, lo harías”, me dijo Bea llena de odio y rencor.

Esta frase resonó en mí y me hizo incluso dudar de la decisión que estaba tomando, pero también algo dentro de mí me dijo que debía ser fiel a mis principios y que, si Yolanda me estaba viendo desde algún lugar, estaría orgullosa de mí.

Por supuesto, la conversación se acabó en ese momento y yo volví a mi casa desolada. No solo por la falta de Yolanda, sino porque sabía que a partir de ese momento nada volvería a ser igual entre las que quedábamos aquí.

Con el paso de las semanas, la relación con mis amigas se fue deteriorando. Al principio, intentaron convencerme de nuevo, pero cuanto más insistían, más conseguían que me alejara de ellas. No era que no quisiera recordar a mi amiga o rendirle homenaje, era que mi manera de hacerlo era diferente. Y eso, al parecer, no era suficiente para ellas.

Finalmente, ellas se tatuaron y yo, no solo no me tatué, sino que me alejé por completo de ellas y a día de hoy no tengo relación con ninguna.

Miro hacia atrás muchas veces con pena y no han sido pocas las veces en las que las he echado muchísimo de menos, pero sé que tomé la decisión correcta ya que el solo hecho de no tatuarme hizo que entendiera que ellas al no respetarme no eran mis amigas.

A Yolanda la sigo recordando todos los días de mi vida, a mi manera, y no necesito tener nada pintado en la piel para que su recuerdo siga vivo para mí.