Amor en el vertedero: El idilio veraniego de mi mejor amiga
Corría el verano del 2000 y mi mejor amiga y yo, que además de amigas éramos vecinas, teníamos 16 añitos y pasábamos todas las tardes ideando planes para entretenernos y pasar las vacaciones en la ciudad porque nuestros padres trabajaban y nos tocaba quedarnos en casa.
Hacíamos un sinfín de cosas cada día, íbamos a la piscina municipal, al parque, al centro comercial, al cine, alquilábamos pelis en el videoclub y echábamos la tarde viéndolas y poniéndonos moradas de chucherías e, incluso, empezamos a hacer nuestros primeros pinitos con aquello “del internet” y nos íbamos a echar la tarde al cibercafé a chatear que era lo más.
Una de estas tardes, inauguraban justo frente a nuestras casas, una nueva cafetería que ofrecía gran variedad de cosas ricas para el desayuno y la merienda (en aquel entonces no había 30 cafeterías de especialidad y sitios de cuqui brunch en cada esquina por lo que la expectación y la euforia eran máximas) y nos aventuramos ilusionadas por la novedad a entrar.
Aquel día, marcó el resto de nuestro verano.
Nos sentamos en una mesa junto a la cristalera desde donde teníamos unas vistas perfectas para marujear la calle, pero, a la vez, el ángulo ideal para ver la barra y los expositores. Estuvimos un buen rato ojeando aquella carta interminable sobrepasadas por la gran variedad tratando de decidir que pedir porque queríamos probarlo todo y, de pronto, se aproximó el camarero a tomarnos nota y allí se detuvo el tiempo.
Mi amiga levantó la vista ojiplática tratando de mantener la boca cerrada y contener las mariposas de su estómago y yo hice mi mejor esfuerzo por aguantarme la risa mientras observaba la escena.
Resultó que mi amiga se quedó prendada de aquel camarero que era un chico alto, moreno, delgado, de sonrisa tímida y mirada adorable que se puso igual de nervioso que ella.
Nos tomó nota y rápidamente se retiró a la barra mientras mi amiga y yo comentábamos la jugada. Empezamos a fijarnos en todos los camareros y resulta que eran un grupo de chicos jóvenes de entre 18 y 25 años, monísimos todos, super simpáticos y parecían colegas entre ellos.
De inmediato, aquella cafetería se convirtió en nuestra segunda casa por lo que nos pasamos cada tarde de aquel verano allí metidas como un ritual sagrado.
Empezamos a conocer más a los camareros, a hablar con ellos, a reírnos, a bromear, había un tonteo sano considerable en el aire y, eso, con la inocencia de aquel entonces, era pura magia.
Ya nos sabíamos sus turnos de trabajo, donde vivían, lo que estudiaban, si iban al gimnasio, cuando salían de fiesta, en fin, que parecíamos ya de su pandilla. El camarero que le gustaba a mi amiga se llamaba Raúl y era extremadamente tímido por lo que el tonteo era lento, sutil y adorable.
Mi amiga, era más echa’ pa’ lante pero muy chapada a la antigua y no estaba dispuesta a dar ningún paso en falso ni a tomar ninguna iniciativa, así que aquello estaba atascado, y, nosotras, continuábamos nuestro peregrinaje religiosamente cada tarde, pero sin avances.
Total, que, un día, ya acercándose el final del verano y viendo que aquello no iba ni para delante ni para atrás, decidí tomar cartas en el asunto.
Curiosamente, yo siempre era muy vergonzosa para mis cosas, pero, cuando se trataba de los demás, yo sacaba un desparpajo, un morro y un empuje que me río yo de la Esteban.
Yo sabía que tenía que abordar a aquel chico en privado porque en público con lo tímido que era no iba a lograr nada así que, en uno de esos momentos de iluminación que me daban, tuve una idea de bombero que nos regalaría grandes risas por generaciones.
Era tan milimétrico el estudio de sus horarios que les teníamos hecho (ríete tu de CSI) que sabíamos exactamente a que hora salían a tirar la basura a los contenedores al cerrar cada noche.
Así que, ahí que me fui yo, con mi brillante idea a pedirle a uno de sus compañeros que aquella noche se asegurase de que el que iba a tirar la basura fuera Raúl y que, por favor, fuera solo. El colega me miró extrañado pensando en que cojones íbamos a hacer en el vertedero a las 12 de la noche pero solo por echarse las risas accedió a ayudarme.
De modo que llegó la noche y con ella la hora de tirar la basura. A todo esto, yo en mi casa soltándole un rollo a mi madre para poder bajar a la calle a las 12 de la noche que me inventé una historieta que da para otro post.
Y allí estábamos, 12 de la noche, el vertedero, Raúl y yo.
Y allí, entre los contenedores de basura, mientras él reciclaba, yo, procedí al interrogatorio ante la perplejidad del muchacho que no se lo había visto venir.
Le pregunté que si le gustaba mi amiga que yo los llevaba viendo tontear todo el verano pero que como no movía ficha porque era tímido yo solo quería decirle que se animara que iba sobre seguro porque mi amiga estaba receptiva y que porque no la invitaba al cine o a tomar algo.
Y entonces, se hizo un silencio sepulcral y algo en mi interior me dijo que la acababa de cagar a lo grande y contuve el aire mientras, Raúl, como en una exhalación, me respondió: “Es que tengo novia”.
¡Madre mía que momentazo de tierra trágame por meterme donde no me llaman y hacer de celestina clandestina!
¡Eso sí que era un giro de los acontecimientos y no los de Fermín Trujillo! ¡Ni en 1000 vidas me podía yo haber imaginado que tenía novia!
Os juro que si hubiera podido me hubiera metido en el contenedor y me hubiera reciclado a mí misma.
Total, que ya os podéis imaginar mi cara de OMG que coño hago yo ahora para salvar la dignidad de mi amiga que, a todo esto, no tenía ni puta de idea de que yo estaba allí haciéndole la intendencia porque, en el plan sin fisuras de mi imaginación, debía ser una sorpresa.
Así que me retiré dignamente rezándole a San Pedro para que cuando se lo contara a mi amiga todo quedara en una entrañable anécdota y no quisiera arrancarme la cabeza.
Como era de esperar, mi amiga se trincó un sofoco del copón bendito y después de un ataque de pánico pensando que no podría volver a salir de su casa hasta el 2040, porque la cafetería estaba literalmente frente a nuestras casas, se recompuso y, en un ataque de dignidad, me dijo:
“Tía, tú y yo sabemos que le gusto, todos hemos visto el tonteo del verano, pero ahora entiendo porque nunca se atrevió a invitarme a salir, claro, tiene novia. Nosotras no hemos hecho nada malo así que lo que tenemos que hacer es ir esta tarde como todos los días y actuar como si nada, cabeza alta y dignidad ante todo”
Dicho y hecho, allí que nos fuimos a aguantar el tipo entre las risas y las bromas de los compañeros que no paraban de azuzar al pobre Raúl mientras mi amiga se mantenía más tiesa que un ajo al puro estilo de Isabel Pantoja “dientes, dientes, que es lo que les jode”.
Y, desde entonces, yo aprendí que es mejor quedarse quietecita y, tras pasar la que quizá fue una de las mayores vergüenzas de mi vida, terminé con mi fugaz afición de ejercer de celestina.
Firmado: Happy Gyal
