Mi madre es la mejor abuela que mis hijos podrían tener. De esas que se ofrecen a quedarse con los niños para que tu te vayas al cine con tu marido. De las que preparan los platos favoritos de sus nietos cuando vamos a comer, y les hace bizcocho casero para que coman azúcar, pero de una manera más saludable.
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Da igual que tiren en medio del salón la caja de juguetes que tienen en su casa. Ella luego lo recoge todo con una sonrisa, sin levantar la voz, sin ese resoplido cargado de reproche que yo conozco tan bien… “No pasa nada” repite, y sigue tirada en el suelo metiendo coches y piezas de Lego en la caja.
La veo con mis hijos y no la reconozco. De verdad que no. A veces me quedo mirándola en silencio, esperando a que estalle, a que grite o les tire la chancla, como me hacía a mí. Pero no. Les habla con una dulzura que a mí nunca me dedicó, se agacha a su altura para hablarles, los escucha con atención, los abraza con cariño.
Y entonces me pregunto: ¿por qué esa versión nunca fue para mí?

Digamos que mi infancia está llena de recuerdos bonitos, pero también de silencios incómodos, de gritos que aparecían sin previo aviso, de miradas que juzgaban, que pesaban, que hacían daño. Mi madre no era paciente. Era imprevisible. Podía estar tranquila y, de repente, estallar por cualquier cosa: un vaso mal puesto en la mesa, una respuesta que no le gustaba, un simple “no sé”.
Aprendí muy pronto a medir mis palabras, a anticipar sus reacciones, a vivir en una alerta constante que no debería formar parte de la vida de ningún niño.
Nunca fui suficiente para ella. Nunca. Siempre había algo que mejorar, algo que criticar, algo que señalar. Si sacaba buenas notas, era lo mi deber. Si fallaba en algo, era una decepción. No recuerdo una sola vez en la que me dijera “estoy orgullosa de ti”.
Crecí en una casa donde no se decía te quiero, donde no se abrazaba, donde sólo se daba un beso si te ibas de viaje e ibas a estar muchos días fuera.
Creo que les he dicho a mis hijos más veces “te quiero” en sus cortas vidas, que a mí ella en mis 42 años de existencia.
Y les doy besos cada día. Cuando se levantan, como despedida cuando se quedan en el cole y cuando los recojo también. El beso de buenas noches cuando se van a la cama es sagrado. Nunca nos acostamos sin darnos un beso. Y si estamos enfadados, pues se hacen las paces antes de irnos a la cama.

Quiero que mis hijos crezcan en una casa donde vean amor, donde se sientan queridos y respetados.
Porque yo crecí aprendiendo a no molestar, a no destacar demasiado, a no pedir demasiado. Aprendiendo que el amor me lo tenía que ganar, que las personas que se supone que deben protegerte también pueden ser las que más daño te hacen.
Y ahora la veo con mis hijos. Les deja hacer cosas que a mí jamás me habría permitido. Les habla con una paciencia infinita cuando se equivocan. Les consuela en lugar de ridiculizarles, como me hacía a mí. Los quiere de una forma visible, tangible, sin condiciones.
El otro día, mi hijo mayor derramó un vaso de leche en la mesa. Se quedó quieto, con esa cara de “la he liado” que todos los niños ponen. Yo me tensé. Fue automático. Algo en mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Y entonces ella, mi madre, sonrió y dijo: “No pasa nada, cariño, ahora lo limpiamos”.
No pasa nada… a mí de niña, en situaciones similares, me habría gritado y llamado inútil.

No quiero que se me malinterprete, estoy muy agradecida de que se comporte así con mis hijos. Si siguiera siendo una tirana, si les dijera las cosas que a mí me decía, mis hijos ya no tendrían trato con su abuela.
Pero no, con ellos se comporta de otra manera mi distinta. Y me duele que no hubiera un poquito de eso en mi infancia.
He intentado entenderla. De verdad. He pensado en su historia, en lo que pudo haber vivido, en lo difícil que pudo ser para ella ser madre. Porque ser madre es muy difícil, y yo a veces hago las cosas mal. Pero también sé como madre que no es bueno gritar a un niño, dar un cachete o reírte de él cuando algo no le sale bien.
No odio a mi madre. La quiero porque es mi madre, pero cuando la veo con mis hijos pienso en esa versión que yo necesité y nunca tuve.
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