La mayoría de las personas vamos por la vida cargando con mochilas emocionales. No las elegimos, pero ahí están, condicionando nuestra forma de vivir.

Son traumas que arrastramos de nuestra infancia: a lo mejor tu padre estuvo ausente. Era como un fantasma que solo aparecía en Navidad para traerte un regalo y desaparecer de nuevo. Algún año hasta se acordaba de tu cumpleaños.
Quizás tu madre te quería tanto que confundió el amor con el control absoluto y no te dejaba respirar. O puede que hayas tenido amigas que te daban la espalda en el recreo y tú te quedabas sola con tu bocadillo de nocilla.

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Las más comunes son el rechazo, abandono, humillación, traición e injusticia. Seguramente todos tenemos alguna de ellas. Para sanar lo primero es asumir que nadie va a venir a curarte y que tu única opción es reconciliarte con tu pasado.

Duele sentirte la niña ignorada, la hija poco querida, la amiga descartada. Pero el resto del mundo no va a retroceder en el tiempo, pedirte perdón y compensarte por todo lo que sufriste.

Tus padres no van a convertirse de repente en esos adultos emocionales, conscientes y amorosos que te hubiera gustado tener. Tus amigas de la infancia no te van a llamar ahora para decirte que se equivocaron. Nadie va a llenar ese hueco. Solo tú puedes hacerlo.

En cuanto asumas que sanar depende de ti, mejor te irá

A veces seguimos con treinta, cuarenta o cincuenta años esperando a que alguien nos abrace y nos diga: “perdona, lo hice fatal, no merecías aquello”. Y sí, sería maravilloso, pero no va a pasar. Y mientras tanto, ahí estas, siendo una persona adulta independiente, pero aceptando migajas de cariño de cualquiera porque te acostumbraste a no recibir amor. O esforzándote en ser superbuena amiga y complaciente con los demás para que no se vayan de tu lado.

Las heridas de la infancia van a determinar hasta tus relaciones de pareja. ¿Por qué estas con ese tío que te trata fatal? Porque no quieres estar sola. ¿Y por qué cuando llega a tu vida un chico que es un amor y te da todo el cariño que antes no habías tenido, vas y lo saboteas? porque no está acostumbrada a la estabilidad, lo normal te parece aburrido o sospechoso.

La niña que fuiste merece que la cuides tú ahora. No tu madre, no tu pareja, no tu ex, no tus antiguas amigas. Eres tú la adulta que puede coger a esa niña interior, darle un beso en la frente y decirle: “tranquila, ya estoy aquí para protegerte”. Suena raro, y cursi, pero es así. No hay otra opción. Tienes que salvarla a ella para salvarte tú.

¿Cómo saber cual es mi herida?

En muy sencillo: fíjate en los problemas que tuviste en ti infancia y cómo actúas ahora siendo adulta.

Si tus padres no estaban presentes porque trabajaban muchas horas fuera de casa o porque se divorciaron y uno de tus progenitores desapareció. Posiblemente tengas la herida del abandono. Ahora tienes miedo a estar sola y te vuelves dependiente en pareja o amistades.

Si sentías que te rechazaban o invalidaban cuando te mostrabas como eras porque eras “muy pesada”; si tus padres jamás alabaron tus logros, tu herida es la del rechazo. Ahora eres una persona con el autoestima por los suelos y tiendes a aislarte cuando conoces gente nueva por miedo a no encajar y que te rechacen.

Si de niña te comparaban con tus hermanos o con otros niños, o te ridiculizaban llamándote torpe, o casas peores, es posible que sufras la herida de la humillación. Ahora, tienes dificultad para poner límites y permites que los demás te falten el respeto.

Si alguna vez tus padres te prometieron cosas que para ti eran importantes, como ir a verte a la función del cole, y no cumplieron, ahora sufres la herida de la traición. Seguramente eres una persona desconfiada y celosa.

Si en casa trataban a tus hermanos de manera distinta, había un favorito y no eras tú, la herida de la injusticia está en ti. Ahora te has convertido en una persona perfeccionista, autoexigente y muy rígida.

 

Cuanto antes identifiques tu herida, antes podrás cerrarla. Si las mamás del cole de tu hijo han quedado para tomar café y no te han avisado, y eso te hace pensar en cuando las niñas te daban de lado en el patio del colegio, sin duda estás conectando con una herida de la infancia y deberías sanar.

Y que conste que sanar no es olvidar, pero tampoco hacer como que no pasó. Sanar es mirar de frente, aceptar que te dolió, y decidir que no quieres seguir arrastrando esa niña herida en cada relación de amistad, en cada trabajo, en cada discusión absurda con tu pareja.

Haz terapia, escribe, grita, llora, habla con tu yo de cinco años y dile que ya no está sola. Pero, sobre todo, deja de culpar a tus padres de todo lo que haces mal en tu vida adulta. Posiblemente ellos tienen la culpa, pero ya no lo van a arreglar, así que pasa página y empieza a liberarte de esa mochila.