Cuando, hace ya la tira de años, terminé el instituto, estaba más perdida que el alambre del pan de molde y la verdad es que no sabía qué hacer con mi vida…
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Veía cómo, a mi alrededor, todas mis amigas tenían sus planes, sueños, sus objetivos. Yo, en cambio, no estaba interesada en nada en especial y no sabía qué camino tomar y cómo llegar a una determinación.
Un vacío muy grande se hacía cada vez más grande dentro de mi. No era consciente en ese momento, pero ahora creo que estaba atravesando algún tipo de proceso depresivo.
No me encontraba mal pero tampoco bien. Se puede decir que vivía mi vida de manera automática, sin terminar de disfrutar nada con plenitud, sin sentir demasiado…

Mi relación con mis padres no era demasiado estrecha e igual con mis hermanos. Mis relaciones sociales eran prácticamente inexistentes, a excepción de un par de amigas cercanas con las que tampoco es que tuviera demasiado contacto.
Había terminado mis estudios en el instituto sin pena ni gloria y me sentí en la obligación de cumplir las expectativas familiares y sociales que tocaban. Así que decidí matricularme en la carrera de «moda», esa que decían que tendría muchas salidas y que podría estudiar en mi misma ciudad.
Intenté tomármelo en serio cuando comenzó el curso. Pero en seguida entré en un estado de aburrimiento y desidia brutal.
Desde prácticamente el primer momento, no entendía prácticamente nada de los libros ni de lo que explicaban los profesores. Mis compañeros parecían enterarse de todo, pero mi mente desconectaba y me sentía como si estuviera acudiendo a clases avanzadas de chino.

Empecé a faltar a clase, cada vez con más frecuencia. Total, ahí no estaba haciendo nada ni estaba aprendiendo. Ya me pondría yo sola en casa e intentaría ir descifrando por mi cuenta los contenidos de los libros y los apuntes que algún compañero considerado me prestaría.
Pero fui procrastinando todo esto hasta el último momento, y para cuando llegó la temporada de exámenes, estaba más hecha un lío que al principio y no había dedicado el tiempo suficiente como para estudiar en condiciones.
Aún así, me presenté a varios de ellos. Y cuando vi que no había aprobado ni una asignatura, me vine abajo y decidí que no iba a perder ni un solo segundo más de mi tiempo y que no continuaría esos estudios.

Y me sentí tan avergonzada y culpable que no supe cómo afrontar la situación ante mi familia. Me daba miedo decepcionarles o que me forzaran a seguir, así que decidí tomar el camino más fácil:
Para evitar que mis padres se enteraran, empecé a mentirles. Les decía que iba a clase, cuando en realidad me quedaba en casa viendo la tele o enganchada a internet. Ellos, por los horarios de sus respectivos trabajos, nunca me descubrieron.
Y aunque al principio llegué a sentir ansiedad, poco a poco me fui acostumbrando a ese modo de vida. Y me convertí en una experta en disimular y llevar siempre esta mentira conmigo.

Cuando acabó el curso, me atreví a hablar con mis padres y comunicarles que me había equivocado de carrera, que me resultaba demasiado dura y además había descubierto que no me interesaba. Quería probar otras opciones.
Mis padres, comprensivos, me apoyaron y volví a matricularme en otros estudios. En esta ocasión, en un módulo superior que realmente creí que podría motivarme y hacerme cambiar.
Pero tampoco fue así…
No sé por qué, al curso siguiente sucedió lo mismo. Cuando acabó el primer trimestre, apenas me volvieron a ver por el instituto. Alguna vez aislada lo hacía, sí, pero cada vez menos.
Y, automáticamente, volví a las andadas de encerrarme en casa solo para dormir, ver tele y conectarme a Internet. Y a disimular ante el mundo entero.

Me sentía atrapada en una mentira que no podía mantener demasiado tiempo, pero al mismo tiempo, cómoda y tranquila en esa situación, que se alargó durante todo ese curso y también durante el siguiente, que supuestamente sería el último año de esos estudios.
Y entonces fue cuando todo salió a la luz…
Mi ciudad es muy pequeña y, un día, mi madre conoció, de pura casualidad, a uno de los profesores de mi instituto que, además, daba clase precisamente a los alumnos de mi curso…
Y, hablando entre ellos y decirle ella que era mi madre, él le preguntó con naturalidad cómo me iban las cosas y por qué había abandonado el módulo en el comienzo del primer año. Mi madre, os lo podéis imaginar, se quedó a cuadros.
Recuerdo que ese día noté a mis padres fríos y distantes, muy raros. Yo simplemente pensé que habían discutido entre ellos. Pero, por la noche, me llamaron y me dijeron que teníamos que hablar.
Mi madre tenía los ojos rojos de tanto llorar. A ambos los veía extremadamente dolidos. Cuando por fin me dijeron todo lo que sabían, me derrumbé y les confesé que les había estado mintiendo.
Me dolía tanto, en el alma, verles así y ser consciente de que les había hecho daño. Estaba destrozada…
Después de una larga charla llegó una temporada de reflexión en la que debía decidir qué hacer con mi vida: si trabajar o estudiar algo en serio. Era la última oportunidad que me iban a dar y decidí aprovecharla.
Ese tiempo me vino muy bien para aclarar mis ideas y también para trabajar en mi salud mental, que falta me hacía. Empecé a sentirme mejor y a descubrir mis pasiones y mi camino.
Así que decidí volver a estudiar, esta vez algo que realmente me motivaba y por lo que me esforcé al máximo. Y esta vez no volví a decepcionar a mis padres ni, sobre todo, a mí misma.