Nos la han metido doblada con la incorporación de la mujer al mundo laboral. Y me da igual que me llaméis antigua y que me funeis por esto que voy a decir.

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Antes se les pedía a las mujeres que fueran buenas esposas y buenas madres, ahora te piden eso y que además seas una buena profesional en tu trabajo, que te maquilles, que te vistas bien, que tengas tu casa impoluta, que hagas deporte, que tengas aficiones… ¿sigo?

Somos como el meme ese de la señora con música estridente moviéndose de un lado a otro, dando vueltas sobre sí misma, que quiere hacer tantas cosas a la vez que no llega a todo.

Así somos las mujeres de hoy en día.

@maximou36

#Meme #MemeCut #CapCut

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Durante décadas, a las mujeres se nos dijo que nuestro papel en la vida era ser buenas esposas, buenas madres y llevar una casa. Mientras, el hombre trabajaba fuera de casa para traer el dinero y no se ocupaba de nada más.

Luego llegó la liberación de la mujer. O eso nos dijeron.

Las mujeres empezamos a incorporarnos masivamente al mercado laboral y aquello se vendió como una revolución histórica. Y lo fue, no me malinterpretéis. Poder estudiar, trabajar, ganar nuestro propio dinero y no depender económicamente de nadie es uno de los grandes avances sociales de nuestro tiempo. Nadie con dos dedos de frente querría volver atrás.

El problema es que, en algún punto del camino, alguien decidió que esta nueva libertad no sustituía a las tareas de antes. Simplemente se sumaba.

La diferencia es que ahora, además de ser madre, esposa y de llevar la casa, se espera que tengas una carrera profesional brillante, que cumplas con unos cánones de belleza establecidos por la sociedad, que tengas energía para todo, sonrisa permanente y, si puede ser, que no te quejes demasiado, no vaya a ser que parezca que no estás agradecida por todo lo que has conseguido…

Y el problema no es que las mujeres trabajen. El problema es que el resto del sistema no se ha reorganizado alrededor de esa realidad.

Durante siglos, el mundo se construyó bajo la premisa de que había una persona —la mujer— dedicada a sostener la vida doméstica. Alguien que se encargaba de los niños, la comida, las enfermedades, los horarios, las compras, los cumpleaños, los uniformes, las citas médicas y, en general, de que todo funcionara.

Ahora esa misma persona también tiene un trabajo fuera de casa. Hemos convertido la vida de muchas mujeres en una carrera de obstáculos: trabajo, casa, hijos, pareja, familia, amigos, ejercicio, autocuidado… todo debe encajar en el mismo día de veinticuatro horas. Lo más normal es que no llegues a todo, y eso crea una sensación de angustia y de culpa que los hombres nunca han sentido en siglos.

Los hombres. Sí, hablemos del hombre… ¿por qué a la mujer se le han sumado tareas sin restar las anteriores y al hombre no?

Ojo, no quiero generalizar. Hay muchos padres de familia que se encargan de sus hijos, que limpian la casa, que cocinan y que se ocupan de todo a medias con su mujer. Pero no todos. Y los que lo hacen se les alaba, se les aplaude, son tratados como casi superhéroes. Por hacer lo mismo que las mujeres llevamos haciendo siglos.

Y ni siquiera esos padres que se involucran tanto en la crianza de sus hijos, son capaces de aliviar la carga mental de una madre. Porque tu marido puede ser un padre ejemplar, pero la que está pendiente de que tus hijos tengan ropa nueva cuando van creciendo, de comprar la cartulina que han pedido en el colegio, o de rellenar la autorización para la excursión, eres tú.

Porque de la carga mental que tenemos las madres de hoy en día, no nos libra ni el padre más comprometido del mundo.

Otra de las grandes trampas modernas es que, además de hacerlo todo, también tenemos que sentirnos agradecidas por poder hacerlo. Si te quejas, parece que estás cuestionando derechos que otras mujeres lucharon por conseguir. Y no es eso en absoluto.

Nadie quiere volver a una época en la que una mujer dependía económicamente de su marido. Nadie quiere renunciar a su independencia. Pero independencia no debería significar sobrecarga de tareas.