Recuerdo perfectamente cuando empezó mi relación de pareja.
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Esa fase maravillosa en la que todo es intensidad, misterio, química, pasión y cochinada, mucha cochinada.
Antes yo quería que me arrancara la ropa. Era todo muy cinematográfico.
Mucha pasión, muchos mensajes inesperados, muchas ganas de verse. Todo parecía urgente, emocionante, casi dramático.
Ahora han pasado unos años, tenemos casa, niñas, responsabilidades… y debo decir que mis prioridades románticas han evolucionado o des-evolucionado.
Hoy, casi tengo miedo de que mi pareja me mire con intensidad, porque ya me da pelo tener que rechazarle de nuevo.
Pero os juro que por mi mente pasan cosas como:
«Cariño, si de verdad me quieres, no me folles, saca la basura»
Porque hay algo que nadie explica sobre la vida en pareja a largo plazo: el deseo cambia de forma.
Antes el gesto romántico era una escapada improvisada o un beso robado en mitad de la calle. Ahora el gesto romántico supremo puede ser algo mucho más sencillo.
Por ejemplo:
Que alguien cambie el rollo de papel higiénico cuando se acaba.
Que alguien se acuerde de comprar leche.
Que alguien vacíe el lavavajillas sin necesidad de una reunión estratégica previa.

Hay una sensualidad muy poco reconocida en ver a tu pareja haciendo cosas útiles por la casa. Yo no sé si esto aparece en las películas, pero debería.
Porque hay algo profundamente atractivo en ver a alguien recoger la mesa sin que se lo pidan. Es una especie de erotismo logístico que la sociedad todavía no ha sabido apreciar del todo. Y no es que el amor desaparezca. Al contrario.
Es solo que se vuelve más práctico: Menos fuegos artificiales y más cooperación doméstica.
Pocas cosas reactivan más el cariño que ver a tu pareja asumir su parte sin necesidad de recordatorios constantes, broncas o charlas introspectivas.
Es así chicas, antes quería que me arrancara la ropa.
Pero hoy, si llega a casa, deja las llaves, mira la bolsa llena en la cocina y dice tranquilamente «Voy a bajar la basura» sin que nadie le diga nada..
¡A mí, el mochi se me hace pesicola!
Tengo que admitir que una parte de mí sigue pensando lo mismo que pensaba al principio de la relación: Este hombre es increíblemente atractivo.
¡Sobre todo cuando le veo barriendo, fregando o cumpliendo con sus responsabilidades domésticas!