Admito que estoy un poco loca, pero estas son de las cosas que estoy segura que le contaré a mis nietos, si es que alguna vez los tengo.

El verano pasado me fui con dos amigas de viaje por la costa oeste de Estados Unidos. Una pasada de viaje, totalmente recomendable. El caso es que nos lo pasamos pipa todo el rato, pero en las Vegas… eso ya fue otro nivel.

Estuvimos allí 4 días. Aquello es una fiesta continua, todo lo que engloba las Vegas te invita a ello y en general todo aquel que está allí, tiene muchas ganas de pasárselo bien.

El segundo día conocimos a un grupo de chicos españoles, algo más jóvenes que nosotras, pero con las mismas ganas de exprimir la experiencia.  Estuvimos ese día de casinos, de discotecas, comiendo perritos por la calle y viendo cosas muy molonas. Uno de ellos y yo conectamos muy bien, el chico me gustaba y la verdad es que estaba muy a gusto con él.

Al día siguiente los chicos se vinieron a nuestro hotel y estuvimos toda la mañana en la piscina bebiendo y bailando, la verdad es que ese día bebimos mucho, muchísimo. Después salimos por Las Vegas y en una de esas empezamos a enrollarnos. El tío me ponía un montón, y en un momento dado, me insinuó si nos íbamos a su habitación.

Yo, ni corta ni perezosa, le dije de coña, “no no, yo hasta la noche de bodas nada de nada”, no porque no me apeteciese echarle un polvo, sino porque me daba palo separarme de mis amigas. Él dijo: “¿si? Eso lo solucionamos rápido” y empezó a decirle a todos nuestros amigos que él y yo íbamos a casarnos sobre la marcha allí en alguna capilla. Y ya… podéis imaginaros el resto.

Entre las risas, lo que habíamos bebido, y lo surrealista de la situación, nos pusimos los 8 a buscar una capilla. Yo creía que era una coña, pero la broma se me fue de las manos, porque cuando me di cuenta llevaba un ramo de flores y estaba sonando la típica canción de las bodas. Íbamos muy bebidos, por lo que lo recuerdo todo como si fuera un sueño.

Yo en vaqueros, con una coleta y un velo improvisado, él con una pajarita, pero en bermudas, con unas chanclas. Muy pintoresco todo. Nuestros amigos muertos de risa allí jaleando la boda, a cual más piripi. Tengo que admitir que fue súper divertido, y obviamente, después nos fuimos a bailar y a celebrarlo y por último mi recién estrenado marido y yo, pasamos en mi hotel nuestra loca noche de bodas.

Fue ya por la mañana, cuando me desperté con el rímel corrido, cuando tomé conciencia real de la cagada máxima que había hecho, porque siquiera sabía de la validez legal que tenía aquella locura. Desperté al maromo, le pregunté si se acordaba de que nos habíamos casado, y al chaval se le cambió la cara también. Vaya marrón.

Estuvimos mirando en internet pero esperamos a llegar a España, él a su ciudad y yo a la mía, para confirmar que esas bodas en nuestro país sólo tienen validez si después se recogen los papeles y se tramitan, es decir, que si pasábamos de papeles, todo quedaría en una anécdota para contar a nuestros nietos, como así ha sido.

Por cierto, desde entonces mantengo el trato con mi exmarido y hasta lo tengo así guardado en la agenda de mi móvil.

 

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