Así fue el peor cumpleaños infantil al que he asistido en mi vida
No suelo ir a cumpleaños infantiles. Ya expliqué mis motivos en un artículo anterior. Es un despilfarro de dinero, alimenta el insano espíritu competitivo y de rivalidad, hay más virus que niños, etcétera. Sin embargo, no podíamos faltar a esta fiesta. Lo organizaba mi mejor amiga, amigas de la infancia con niñas de la misma edad. La vida la ha vuelto un poco “clasista”. Quizá tiene que ver el colegio que ha escogido para su hija, que le cuesta unos 1000 pavos al mes, y se relaciona con personas que pueden permitirse ese gasto. Ella ha caído víctima de la rueda de fiestas infantiles a la que yo me negado a entrar, pero hice la excepción por esta ocasión.

Maldita la hora
Un local sin ventanas, sin sillas y sin entretenimiento para los niños. No había ni una columna para jugar al escondite ni una pelota para que tirasen la única botella de refresco que había sobre la mesa. Cuando digo una botella de refresco es literal. Una de refresco y una de agua, las cuales se acabaron antes de que terminasen de llegar los 20 adultos y los 10 niños que estaban invitados.
Sin bebida ni comida
¿Qué había de comer? Había dos menús: el de adultos y el de niños. Los papás y mamás disponíamos de un bol de patatas frías, un puñado de galletas saladas y un bote de olivas CON hueso. Además, llegué de las primeras y ya había huesos chupados mezclados con el resto de aceitunas. Los niños tenían sándwiches de pan de molde con queso, en una fiesta con celíacos e intolerantes a la lactosa. A más de un crío hambriento le tuve que meter el dedo en la boca para sacarle huesos de oliva del gaznate.

En un momento dado, mi hija se nos acercó diciendo que el bocadillo estaba malo. Pensé que quizá el fuerte estaría un poco fuerte, pero no: no era el queso el que tenía moho, sino el pan. Yo tuve las arcadas, pero mi hija los vómitos. Se convirtió en una fuente de bilis.
La tarta de ‘Los Diminutos’
Por desgracia, no hablo de la mítica serie de la década de los 80. No sé si alguna veis habéis pedido una pizza en un avión: en la foto del menú parece enorme, pero a la hora de la verdad no es más que un CD. Esta tarta no engañaba ni a través de la foto: era diminuta. Tan pequeña que apenas la probó la cumpleañera y el resto de niños se quedó mirando. Después de la experiencia del sándwich, lo llegué a celebrar.

Por supuesto, sin detalles
El nivel de los regalos era elevado. Una media de 30/40 euros por familia. Disfraces, juguetes electrónicos, herramientas Montessori. Ropa de marca. Y ni una piñata ni un cono de chuches, nada de nada para los más pequeños. Sé que no estaban obligados, pero la ausencia de estos pequeños detalles hizo que la celebración perdiera la esencia misma de un cumpleaños infantil. Fue un evento marcado por la carencia, la decepción y la sensación de que, quizás, haberse negado a participar no había sido una decisión tan descabellada.
Este cumpleaños se convirtió en un recordatorio de por qué había optado por evitar este tipo de compromisos. ¡Uno y no más!
Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.