Qué no daría yo por una buena bola de cristal. Cuántos quebraderos de cabeza y situaciones del todo surrealistas me hubiera ahorrado en mi cada vez más extraña vida. Al menos así habría sabido hace cuatro meses que no debía emocionarme con aquel chico que mi mejor amiga me presentaría como el hombre perfecto. Y es que aquel tío resultó ser un jeta con la responsabilidad emocional de una ameba, un cara dura y un chapapote viviente.
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Por entonces, mi amiga acababa de empezar a salir en serio con su churri, del que no se despegaba ni con agua hirviendo y tan enamorada estaba que comenzó a obsesionarse con que yo también debía encontrar al amor de mi vida, que según ella no era otro que un colega de su novio. Porque cuando mis amigas abandonan el mercado de la soltería les posee el espíritu de Carlos Sobera y me montan un First Dates con cualquiera de los colegas de sus novios en un momento. Y precisamente eso fue lo que pasó con Rober, el chaval con el que me preparó una cita nivel encerrona la noche que quedamos para salir por ahí.
El plan era salir nosotras dos solas por ahí a tomar algo como solíamos hacer, lo que yo no sabía es que mi amiga se guardaba un as bajo la manga y que su hobby de casamentera le había llevado a decirles a su novio y a su amigo que se apuntaran. En cuanto les vi aparecer supe que la única intención de mi amiga desde el principio era que Rober y yo nos conociéramos y sí, quise estrangularla con mis propias manos. No sabía dónde meterme, estaba enfadadísima pero aquel chico no tenía la culpa de que mi amiga fuese una Isabel Gemio en potencia. Marcharme de allí me parecía feo y tenía que reconocer que el chaval estaba de muy buen ver, así que decidí dejarme llevar y darle una oportunidad a todo aquello.
Tengo que admitir que terminé pasándomelo mucho mejor de lo que esperaba y mi cita a ciegas resultó ser tan perfecta que intercambiamos los números de teléfono para seguir hablando. Porque, ciertamente, había bastante tonteo entre los dos, pero liarme con él con mi amiga mirando como un búho me cortaba bastante el rollo. Y supongo que a él le pasaba lo mismo, porque después de pasarnos la siguiente semana mandándonos mensajes sin parar, me propuso quedar a solas para conocernos mejor, sin amigos de por medio. Cuando por fin nos vimos de nuevo, no había pasado ni una hora cuando ya nos estábamos comiendo a besos. Mi amiga tenía razón: no sólo era guapo, sino que nos gustaban las mismas cosas y teníamos una forma muy parecida de ver la vida, o eso pensaba yo.
Después de aquella segunda cita vinieron muchas más, aunque al principio lo nuestro se limitaba únicamente a un montón de revolcones y sexo desenfrenado. Contra todo pronóstico, en un abrir y cerrar de ojos, Rober y yo llevábamos cosa de tres meses quedando y aquella relación o lo que fuera aquello, parecía ir viento en popa a toda vela. No sólo nos acostábamos, sino que además iba a buscarme a la salida del trabajo, me llamaba todas las noches, me daba los buenos días con un mensajito cariñoso… Todo era tan bonito que yo empecé a ilusionarme, pensando que ahí había algo más allá de unos cuantos polvos. Fue entonces cuando cometí el error de sacar a colación el tema que tantos hombres ha espantado a lo largo de la historia: ¿qué somos y hacia dónde va esto?
No sabía que hablar de mis sentimientos iba a suponer que a Rober se le metiera la picha hacia dentro cual cabeza de tortuga y mucho menos que empezara a actuar como un capullo con apego evitativo conmigo. Como por arte de magia, ya no podía quedar y la mayor parte del tiempo se le «olvidaba» contestar mis mensajes o mis llamadas. Lo cierto es que a esas alturas sabía de sobra que aquello se había puesto demasiado serio para su gusto pero que no tenía huevos para decírmelo. Que no quisiera nada formal conmigo me parecía totalmente respetable pero, ¿a qué estaba esperando? ¿Tan difícil era comportase como un adulto? Pues parece ser que, efectivamente, le costaba tanto hacerme frente que optó por dejarme de la manera más épica -o patética, aún no lo he decidido- de la historia.
Una tarde, tras varios días sin saber de él y sin recibir respuesta, me envió un mensaje diciéndome que sintonizara una famosa emisora de radio a una hora en concreto. Retrasada, idiota, ilusa de mí, pensé que me dedicaría una canción romántica después de todo, alguna que dijera lo estúpido que había sido y lo mucho que le gustaba. Cuando el locutor dijo mi nombre, se me aceleró el corazón, pero al escuchar lo primeros acordes, se me borró la sonrisa de la cara. La cancioncita en cuestión era Sexed Up de Robbie Williams que, entre otras lindezas, viene a decir cosas como «por qué no lo dejamos, no nos queda nada que decirnos», «ya no nos excitamos» y «ojalá desaparecieras». Las caras Juan, las caras.
Cuando quise escribirle para darle recuerdos a todos sus muertos más frescos, resulta que el tío me había bloqueado de todas partes. No sólo no tenía la oportunidad de decirle cuatro cosas, sino que ya no podría volver a escuchar aquella canción sin recordar el día en el que mi rollete me dejó con cara de tonta mirando una radio.
Mar Martín.