Llevo soñando con el día de mi boda desde que tengo uso de razón, sé que a unas nos hace más ilusión que a otras, pero yo soy de las que nació pensando en el día que me iba a casar. Soy una tía que se considera moderna, pero que ha tenido una vida más casta y pura que un cura. Me eché a mi novio en primero de carrera con dieciocho y de ahí al altar, perdí la virginidad con él y todo con él, siempre él. Le quiero, estoy enamorada hasta las trancas y hemos tenido una relación sana, sencilla y llena de amor lo mires por donde lo mires.
Pues bien, él tiene tres años más que yo, nos conocimos en el cineforum de la universidad, yo estudiaba publicidad y él comunicación audiovisual. Fue flechazo, café y morreo dos semanas después, durante las cuales dejó a su novia de entonces por empezar algo conmigo. Yo la conocía porque estaba también pululando por la facultad, iban juntos a clase y llevaban siendo pareja desde su primero de carrera, casi tres años. No voy a deciros que la odiaba, pero la odiaba. Perdón, viva la sororidad y siempre la mujer delante, pero lo siento, me caía mal por ser quien era.

Pues la señora, a la cual entiendo perfectamente, le costó asumir que no estaba con él, que él estaba conmigo y que no estaba en sus planes volver con ella. Todo fue mucho más fácil cuando dejaron la facultad y ya no se tenían que ver absolutamente todos los días en la misma habitación llena de pupitres, pero aún así jamás llegó a desaparecer del todo. Nosotros nos hemos casado en 2019, tengo 31 años, es decir que esta señora lleva 13 años sin estar con mi recién estrenado marido.
Cada X tiempo lo llamaba de madrugada, le escribía un WhatsApp para preguntarle qué tal le iba, le respondía a alguna que otra historia… Yo no soy celosa, vamos, eso quiero pensar. Siempre he confiado ciegamente en él, hasta donde yo sé siempre me ha contado cuándo hablaba con ella y las pocas veces que por azares del destino hemos coincidido con ella en alguna parte, ellos han hablado, se han contado cómo les iba la vida y a mi me la ha sudado, no del todo, pero yo qué sé, jamás se me ha ocurrido decirle un ‘no hables con ella’, porque pensaba que era darle más bombo del que en realidad tenía el asunto.
Pues bien, nos casamos en septiembre, en la iglesia de mi pueblo, se trajo allí a todos sus invitados y llevábamos planeándolo todo pasito a pasito desde la Noche Vieja de 2018 que me lo pidió, es decir, nueve meses de preparativos intensos porque yo quería que todo fuera perfecto y mirad lo que os voy a decir, las cosas nunca salen perfectas y por más que te rompas la cabeza, las intenciones y las ganas, si algo tiene que salir mal, saldrá mal. Ojalá alguien te prepara cuando te vas a casar para que supieras asumir que aunque una cosita salga distinta no tienes que hundirte, tienes que seguir adelante con el día, disfrutando de cada momento y viviéndolo a tope porque, spoiler: no se volverá a repetir.

Pues nada amaneció un 14 de septiembre precioso, mi familia estaba guapísima y todo iba perfecto. Mi vestido en su sitio, mi maquillaje y mi pelo como lo había soñado… Vaya, que todo bien. Me acompañan a la Iglesia, mi padre me lleva al altar de mi brazo, mi yaya está en primera fila mirándolo todo y llorando y él, él al final, esperándome. Más guapo que nunca, más guapo que cuando lo conocí, más guapo que en mis mejores sueños. Todo era perfecto, todo, hasta que llegó ella, en plan peliculera.
Empieza la ceremonia, suena un piano, un violín y la voz de mi mejor amiga cantándonos el ‘A thousand years’, el sacerdote empieza con la parte interesante y cuando llega el momento de los votos… Alguien grita ‘no, por favor, no lo hagas’. El mundo se congela, yo me giro, la veo entrando por la Iglesia en plan Aragorn en el Señor de los Anillos, con unos vaqueros, una sudadera y borracha. Empiezo a llorar, miro a mi chico y no entiendo nada… De todo esto me acuerdo porque lo tenemos grabado, pero en mi mente no está. Él me abraza, me dice que no pasa nada, mi hermano va corriendo y la saca de allí. La boda sigue, él pronuncia sus votos, yo los míos, pero… Pero no lo disfruto, no lo recuerdo, no me acuerdo de absolutamente nada del momento que creía que sería el más importante de mi vida.
Luego a mitad del banquete remonté el vuelo, empecé a pasármelo bien, a disfrutar, a sentirme querida, a sentir que era el mejor día de mi vida. Bebí, comí, besé y reí… pero me perdí la mitad y sé que nunca me lo voy a perdonar.
Sé que no podía hacer otra cosa, que nadie me había preparado para que aquello sucediera, que cuando imaginas tu boda lo último que esperas es que su ex se plante en la iglesia para impedir que os caséis, pero es que creo, sinceramente, que pase lo que pase, sea lo que sea, no debes dejar que nada te estropee tanto esfuerzo, tanto trabajo, tanto cariño y tanta magia. Ni su ex, ni un invitado que no te cae bien, ni el temporal, ni absolutamente nada que se escape de tu poder.
Ojalá poder volver atrás y sacarla yo misma de allí del brazo, sin alterarme, para luego continuar mirando al puto marido perfecto para mí a los ojos y sintiendo que es un día que jamás olvidaré.

Queridas si algún día os casáis, sabed que no hay boda perfecta, siempre habrá algo que se saldrá del tiesto, ojalá no sea nada parecido a lo que me pasó a mí, pero sobreveníos a los inconvenientes, es vuestro día, de los dos, no dejéis que nada ni nadie os lo estropee.